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La metamorfosis

Por [Ankama]DOFUS - ANKAMA - 29 de Julio de 2021 17:30:00
AnkaTracker Noticias

Una nueva amenaza ha hecho aparición hace poco en el Mundo de los Doce. Frente a las costas de Pandala, al nordeste de la isla de Grobe... Ahí es donde operan, entre las sombras. O más exactamente entre la bruma... Cuentan que nadie sale indemne de su guarida. Sino transformado. Para muchos, es motivo suficiente para mantenerse alejados. Para otros, un argumento válido para salir en su busca...

Tensadas al máximo, las pieles de cochinillo vibraban bajo el impacto de los mazazos, emitiendo ruidos primitivos, casi hechizantes. Dispuestos en corro, los colosos de piedra ejecutaban una danza con un dominio impecable. Podía parecer un ritual chamánico, incluso sacrificial.

Pero eran claramente los crujidores de las llanuras de Cania en una noche de parranda.

Una fiesta a la que Aperdón no había sido invitado. Otra vez…

Los ecos de las risotadas resonaban hasta el fondo de su cueva, como burlándose de él. Las sacudidas provocadas por los saltos retumbaban en la roca. Y en su corazoncito...

Aperdón era un crujidor de buenos modales originario de la isla de Otomai. Y, como poco, se puede decir que hacía honor a su nombre. Desde que no era más que un crujibola, se había pasado la vida deshaciéndose en disculpas por todo y por nada. Cuando alguien lo empujaba: ah, perdón... Cuando apartaba una babosa para recolectar una lechuga: ah, perdón... Cuando se golpeaba el pie contra una roca: ah, perdón...

Cuentan incluso que esas fueron sus primeras palabras cuando su madre lo trajo al mundo. Y que por eso ella decidió llamarlo así.
 

Aperdón carecía absolutamente de confianza en sí mismo y se dejaba pisotear constantemente. Además, hay que decir que la naturaleza no había sido magnánima con él. Su frágil constitución y su voz débil lo convertían en el hazmerreír de toda su comunidad de crujidores... A menudo pensaba que tal vez sería mejor volverse a vivir a su tierra natal. Pero había algo que lo retenía. O mejor dicho, alguien. Rocalía...  Una crujidora de una belleza increíble. Rocalía tenía la piel lisa y nacarada. En lo alto de la cabeza, la coronilla le resplandecía. Parecía una piedra preciosa... Cuando se movía, el suelo casi no temblaba. La crujidora, sin duda más que ninguna otra, estaba que crujía...

Pero Rocalía también tenía el corazón de piedra... Totalmente indiferente a las demostraciones de afecto de Aperdón, se aprovechaba alegremente de él y lo usaba como fiel y devoto sirviente. Cuando conseguía lo que quería de él, Rocalía lo ignoraba por completo para lanzarse a los pétreos brazos de Espiedraco, un crujidor legendario de tres kámetros de altura, campeón de lanzamiento de dopeuls e idolatrado por todas las crujidoras.

—Ojalá fuera tan alto, fuerte y granítico como un crujidor legendario. Rocalía se enamoraría de mí, seguro...

Hecho un ovillo en un rincón de su cueva, Aperdón se compadecía de su suerte mientras, fuera, la fiesta seguía por todo lo alto.

—¡Madre mía, menuda cara tienes!

—¿Hay... hay alguien ahí?

—Aquí, pedazo de adoquín.
 

El que hablaba era un ratón verde, que mordisqueaba un kesitufo dos veces más grande que él haciendo un ruido profundamente nauseabundo. Su pelaje se confundía con la vegetación que bordeaba la entrada de la cueva.

—¡Mmpff, glup!

Se tragó un bocado tan grande que se adivinaba su forma mientras le descendía lentamente por la garganta.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Has venido a burlarte de mí también?

—Para nada, ¿por qué iba a burlarme?

—Porque es lo que hacen todos...

—¿Ah sí? ¿Y eso por qué?

Aperdón se señaló a sí mismo, desde la cabeza a los pies.

—¿Tengo que hacerte un croquis?

—Sí, bueno... Es verdad que eres enclenque como una bamga para ser un crujidor.

—Y tengo la voz chillona. Hasta la tuya es más viril.

—¡Mmpff, glup!

La barriga del ratón dobló inmediatamente de tamaño.

—¿Y has pensado pedir ayuda a un hechicero? Tengo una amiga que ya no soportaba ser un ratón verde. Un tipo la sumergió en aceite, luego en agua, y ¡PUF! Se transformó en kasrakol.

—Pero... Yo no quiero transformarme en kasrakol. ¡Qué cosas dices!

—¿Y en qué te quieres transformar?

—No he dicho que quiera transformarme en nada, ¡deja ya de decir eso! Bueno... Sí... En realidad, lo único que me gustaría ser es un crujidor legendario. Como el dolmen impresionante que es Espiedraco.

—Ah, sí, pero ahí ya... a menos que se lo pidas a los dioses, me parece que no va a ser posible. A menos que… ¡Los demonios! ¡Pues claro! ¡Ellos pueden convertirte en una criatura legendaria, segurísimo!

—¿Los demonios? ¿Qué demonios?  

—Has oído hablar de los devastadores, ¿no?

—Sí, un poco... Sé que merodean por la isla de Grobe y que poseen a doceros que se convierten en criaturas superbestiales y... espera... ¿No estarás diciendo que tengo que dejar que me posean?

—Puef claro que fí, ¡efo ef jufto lo que te eftoy dificiendo! ¡Mmpff, glupff! Au, ese pedazo era enorme.

—Pero... ¡Qué idea tan ALUCINANTE!

Aperdón se levantó de un brinco. Llevaba tanto tiempo sin sonreír que los músculos de la cara le dolieron.

¡Voy a ir al atolón de los poseídos a entregarme a los devastadores! Total, ¡no me queda nada que perder! ¡Cuando vuelva, seré tan fuerte y robusto que Rocalía no podrá resistirse a mí! Qué ganas de ver la cara de Espiedraco cuando le restriegue mis fornidos brazos por las narices... ¡Ja, ja, ja!

Aperdón metió en un hatillo una cantimplora con agua fresca y un viejo sándwich empezado y duro como una piedra, y salió con tanta prisa de su cueva que casi espachurró al ratón al pasar.

—¡Ah, perdón!

—No ef nada. ¡Buena fuerte, amigo! ¡Mmpff, glupff!

El recorrido que llevaba a la isla de Grobe era largo y peligroso para un crujidor que nunca había aventurado sus guijarros fuera de casa. De camino, Aperdón se disculpó un buen centenar de veces. El bullicio de Astrub fue un verdadero suplicio para él. Afortunadamente, Pandala le ofreció un poco de tregua. El crujidor descubrió un lugar apacible y mágico, una región de mil caras, llena de cosas por descubrir. Decidió que un día se mudaría allí. En aquel remanso de paz formaría una familia, con Rocalía...

Pero antes, tendría que demostrar un gran valor. Entrar en la boca del milubo: es muy fácil decirlo, pero hacerlo... Aperdón nunca había visto a un devastador. Pero había oído hablar de ellos... El ritual de posesión que describían algunos era digno de erizarle el líquen. Aperdón sentía un nudo de angustia cerrarle la garganta. El crujidor estuvo a punto de darse media vuelta varias veces. Al fin y al cabo, si Rocalía no lo amaba tal y como era, a lo mejor es que no le merecía...

—Pff... ¡Déjate de tonterías, Aperdón! Es demasiado tarde para cambiar de parecer, ¡no es momento de ser un blandengue! —se decía para sus adentros.

Por fin tenía la clave de su felicidad al alcance de la mano, no tenía alternativa: tenía que ir hasta el final. En el peor de los casos, ¿qué podía pasarle? ¿Que lo devorasen los demonios? Eso ya casi le daba igual...

A medida que se adentraba más y más en el nordeste, en dirección a Tierradala, la tensión se iba haciendo palpable. El remanso de paz había quedado lejos...

—¡Oye! ¡Tú! Si no te dan miedo los fantasmas, puedo llevarte hasta la isla maldita... ¡Sensaciones garantizadas! —le gritó un pandawa entrado en carnes y con un ojo tapado con una venda, sin duda porque le faltaba. 

Aperdón asintió tímidamente con la cabeza. La travesía se hizo con la mayor calma.

—Oye, cuando atraquemos, ¿cómo se va al atolón de los poseídos?

—¡Por la diosa! Resulta que eres un temerario, por lo que veo... El atolón está junto al monte de las Tumbas. Pero ve con cuidado, los autóctonos son... digamos... un poco invasivos.

La embarcación atracó pesadamente contra una orilla envuelta en la bruma. En cuanto Aperdón puso el pie en la isla, el barquero volvió a hacerse a la mar. El crujidor fue recibido por un ejército de espectros pandaleños de una agresividad nunca vista. Tras disculparse por haber desembarcado en sus tierras, Aperdón huyó a toda prisa, zigzagueando por entre estelas funerarias y altares. Estaba al límite de sus fuerzas cuando llegó al pie del famoso monte de las Tumbas. Donde se decidiría su destino...

—Venga, Aperdón... Recuerda: el remanso de paz, Rocalía, tú y vuestros futuros hijos. Todo esto vale la pena, ¿no?

El crujidor dejó escapar un largo suspiro para armarse de valor e inició el ascenso. En la cima, el fuego de la maldición de Dark Vlad ardía en un paraje que no era más que muerte y desolación. A lo lejos, por entre la bruma, una masa de aspecto monstruoso captó su atención. Un navío con una proa perlada de colmillos ejercía una irresistible atracción sobre él. Se subió a bordo sin pensarlo.

El trayecto fue corto y culminó en un lugar demoniaco donde se erigían unos monumentales cuernos negros. Otros barcos, parecidos al navío en el que se encontraba él con fauces abiertas de par en par, estaban amarrados a muelles de coral negro. Parecían estar hechos de carne, casi orgánicos. En el suelo, unos extraños símbolos grabados en la tierra captaron su atención.

Había llegado al atolón de los poseídos.

—Dirígete al Pandamonium. Allí encontrarás una multitud de devastadores dispuestos a poseer a todo lo que se mueve. Pero ¡cuidado! Para acceder, antes tendrás que enfrentarte a uno de ellos y hacerte con una señal cabalística de entre sus despojos...

Las palabras del barquero aún retumbaban en su interior. Por suerte, Aperdón no tuvo que luchar contra ningún devastador. Ahí mismo, a sus pies, había una señal cabalística esperando a que alguien la recogiese. ¿Casualidad? ¿O más bien una señal evidente de que ese era su destino...?

Frente a él, un imponente edificio parecía salir de las profundidades de la tierra. Aperdón se armó de valor y entró en lo que parecía un anfiteatro. El barquero había dicho la verdad. Había varios devastadores en plena reunión oficial. Cuando se aclaró la garganta para hablar, todas las miradas se volvieron hacia él.

—Ehm... Disculpen... ¿Es aquí el departamento de posesiones?

Los devastadores estallaron en risotadas a coro.

—¡Esa sí que es buena! ¡Eso nunca nos lo habían dicho! —exclamó el más imponente de todos.

Automáticamente, los devastadores formaron un círculo en torno al símbolo grabado en el suelo e invitaron a Aperdón a colocarse en el centro.

Un demonio empezó a entonar un extraño lamento con las palmas de ambas manos con sus dedos longilíneos vueltas hacia el cielo. Los ojos le llameaban. Los demás demonios se unieron a él, primero murmurando, después levantando más y más la voz...

Una bruma rojiza emanó del suelo y envolvió a Aperdón como una sábana. El crujidor ya no veía nada, y a sus oídos solo llegaban los lamentos de los demonios. Sintió algo arder en lo más profundo de su ser. Una rabia casi animal. Una sensación que le invadía a menudo cuando era víctima de burlas, pero que ahora sentía exacerbada hasta el extremo. Por su brazo derecho se extendió un dolor tan agudo que, al límite de sus fuerzas, Aperdón cayó de rodillas. Era como si varias decenas de puñales le estuvieran atravesando el cuerpo. Un extraño ruido llamó su atención. Como si hubieran desperdigado un saco de gravilla por el suelo. Se pasó la mano por el vientre y notó la piedra desmoronarse entre sus dedos.

Su transformación comenzaba.

Durante unos largos minutos, sus gritos de dolor se confundían con los cantos de los demonios. Y de repente: la calma chicha. La nubareda púrpura que lo cegaba fue como aspirada por el suelo. Aperdón se quedó ahí, inmóvil, con los ojos cerrados.

—¡Abre los ojos, pedazo de pedrusco! —le ordenó uno de los devastadores.

Aperdón obedeció y descubrió su nuevo aspecto con estupor. Su brazo derecho habría triplicado de volumen y en el hueco del codo le había aparecido algo semejante a una bola de lava. Una cresta de afilados pinchos le recorría los hombros pasando por la nuca. Se sentía decididamente más alto, más derecho, más sólido.

Como una roca.

En el camino de vuelta, Aperdón se sentía rebosante. ¿Qué era esa sensación tan extraña...? Era agradable. Le daban ganas de hinchar el pecho, levantar la cabeza y caminar a grandes pasos. ¿Eso era sentirse seguro y confiado? ¿Creer en sí mismo? ¡Qué sensación tan embriagadora! Los que pasaban a su lado se apartaban, algunos incluso se escondían de tanto miedo que les inspiraba. Aperdón se pavoneaba. Su espalda arqueada y su aspecto de wauwau apaleado ya no eran más que un lejano recuerdo.

Por primera vez en su vida, se sentía en ventaja.

Tras varios días de marcha, el jaleo y los cánticos de sus congéneres le indicaron que había llegado a casa. No era raro que las fiestas de los crujidores durasen varios días. Cuando llegó hasta ellos, estaban todos reunidos alrededor de una hoguera. Espiedraco tocaba el último éxito de Badiz Mustabante al ukelele, ante la mirada enamorada de Rocalía.

«Desnuuuuudos están los guijarros, nos despellejamos codos y rodill... ¡CHOING!»

Pillado por sorpresa, Espiedraco había roto una cuerda de su instrumento. Todos los crujidores se giraron hacia Aperdón estupefactos.

—¿Aperdón? Pero... ¿¿qué te ha pasado?? —le saltó un crujidor de las llanuras.

—Tío, ¡estás esculpido en pura roca! —añadió otro.

—Nunca había visto unos brazos tan rocosos... —dijo Rocalía batiendo vigorosamente sus interminables pestañas.

El encantamiento estaba funcionando. Aperdón sentía como si flotase. Avanzó al centro de la asamblea exagerando deliberadamente la contracción de los músculos. Cuando llegó a un metro escaso de Rocalía, notó el corazón latirle con fuerza en el pecho. Como si también hubiese duplicado de tamaño.

Aperdón le tendió una flor que había recogido en el camino. Una hermosa rosa con pétalos de un intenso rojo brillante. Al tomarla en su mano, Rocalía se pinchó la punta del dedo con una espina.

—¡Ah! ¡Perdón!

 

Apenas audible, casi cristalina, la vocecilla de Aperdón contrastaba con su físico colosal. El ritual no había hecho ningún efecto en sus cuerdas vocales... Rocalía, Espiedraco y los demás se desternillaron de risa a más no poder. El pobre crujidor sentía como si el cuerpo entero se le deshiciese en guijarros, llevándose por delante su confianza recién conquistada.

¿Qué había hecho para merecer eso? ¿Es que nunca iba a recibir el amor y el respeto de nadie...?

Aperdón estaba a punto de resignarse a que así fuera.

 

 

Continuará...


 

Reacciones 10
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mucho texto

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tu nombre si que es es mucho texto

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Y?

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No deberían poner a esto el Tag de info , yo pensé que era algo relevante a jugabilidad o evento. Pónganle lore o algo así :v

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Cringe

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Lo mejor que tiene este juego es el lore y literal, su comunidad no sabe valorar eso, Dofus y Ankama tendran muchos puntos negativos y criticables, pero en tema de lore, es completisimo, y solo sale a relucir el asco de comunidad que hay. Que triste.

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El problema es que el lore de Dofus es opacado por la condición actual del juego, los que juegan ya conocieron gran parte del lore y los jugadores nuevos prefieren jugar otra cosa en vez de Dofus y adentrarse a sus misiones (a mi me encantaba pero por culpa de los cobradores de mazmorras me rendí y dejé Dofus).

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Puro endgame, no me interesa 

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