Si sigues navegando por este sitio web o haces clic en la cruz, aceptas el uso de cookies para la realización de estadísticas de visitas y para proponerte vídeos, botones de compartir, publicidad personalizada y un servicio de chat. Para más información y parametrar las cookies X

FR EN DE ES IT PT

Este fin de semana, nuestros dos agentes del F. B. A. no iban a trabajar. Su superior tenía que convencer a las autoridades más altas de que su equipo trabajaba día y noche para resolver el «Misterio de los zaaps», ¡y de que no, no habían sido ellos los que habían sugerido ese título a la prensa! Poco propenso a la ociosidad, Fux no aguantó más y le hizo una visita a Diana

Residencia de Diana Scuelet

Montaña de los koalaks

10:54

Al pie de la montaña, se dibujaba una verde pradera que ofrecía espléndidos pastos para los rebaños de dragopavos. Aquí y allá, algunos árboles se alzaban como fuera del tiempo, con sus grandes hojas oscilantes abiertas para captar toda la luz del sol. Un carro tirado por dos animales avanzaba silenciosamente en esta inmensidad. Se paró frente a una encantadora casita de piedra. En el mismo terreno, se veía un granero. Un aventurero cubierto de vendajes se bajó del carro, se despidió del carretero y se dirigió directamente hacia el henil.

En el interior, una dragopava de pelaje oscuro se dejaba cepillar por su ama mientras picoteaba unos granos.

—No es la primera vez que te veo meterte en el barro, ¡pero nunca con unas botas tan bonitas!

La agente Scuelet estaba irreconocible: se había sujetado el pelo en un moño, llevaba un mono gris oscuro, guantes de trabajo y botas de pescador. En torno a ella, se veían varios corrales con dragopavos descansando sobre la paja.

—¡Hola, Milster!

El xelor notó las inscripciones en los cuartos traseros de la montura:

—Veo que todavía no has podido borrar el recuerdito que nos dejó Reki Zenémij

  • —No… — confirmó Diana hundiendo el cepillo en un cubo de agua con espuma. —Pero… (lo sacó del agua y lo estampó en el trasero de la bestia, que se sobresaltó) ¡lo conseguiré!

La sram cubrió las inscripciones con círculos espumosos, provocando, tras el susto, cierto bienestar en la dragopava.

—Vaya... ¡No me esperaba semejante espectáculo!

  • —¿Cuál?
  • —¡Tú! Así vestida, toda mojada, mientras... extiendes espuma... en los cuartos traseros de tu montura… —ilustró Fux, bajando la voz a medida que tomaba conciencia de lo que estaba diciendo, irremediablemente impotente ante su lento descenso en las arenas movedizas de las insinuaciones…

Diana le lanzó una mirada entre atónita y divertida. Los vendajes de Fux podían ocultar sus rubores, pero nada podía disimular su bochorno:

—Yo… ¿Quieres que te eche una mano?

  • —No, gracias, Milster — dijo antes de cambiar de tema. —¿Qué te han dicho, por cierto?

El agente Milster se encogió de hombros, no convencido de haber entendido la pregunta. Diana agarró el cubo y lo vació sobre la grupo de la dragopava, que glugluteaba con vehemencia, y descifró:

—ANIXONOTORP… AIFNOCSED… ¡Ah, sí! «Desconfía»

  • «Protonoxina»
  • —¿Se te ocurre qué es lo que puede ser?
  • —¡No!

 

Pasaron el resto del día hablando de todo menos de la investigación. Era la primera vez que pasaban tanto tiempo libre juntos. Diana le contó a Fux que había pasado gran parte de su infancia en el pueblo de los salteadorillos con sus padres, y que allí había aprendido todo lo que una sram debe saber antes de hacerse mayor y tomar sus propias decisiones. Y ella lo supo enseguida. Quería utilizar su astucia para hacer el bien. ¡No era algo muy común entre srams y tymadores! Pero los padres de Diana fueron comprensivos y fue en gran parte debido a su hija por lo que se mudaron y vivieron en un entorno más rural y en contacto con la naturaleza.

—Al final, Diana… en el fondo… ¡resulta que tienes madera de sadida!

  • —En mi pueblo, Milster, se mata por ofensas menores que esa…

 

*****

Fux había perdido la diligencia de la noche que debía llevarle a su casa, así que pasó la noche en casa de Diana. En su cama, con los ojos fijos en el techo, el xelor pensaba en el día que acababa de pasar. Renniks le había recetado «una cura de naturaleza». ¡Era la primera vez que había seguido sus recomendaciones al pie de la letra! Este pensamiento le dibujó una sonrisa y cerró los ojos. Se quedó dormido casi de inmediato.

 

Un zumbido.

Unas alas batían a gran velocidad. ¿Un insecto? Fuera lo que fuera, el sonido era tan desagradable como un moskito que te despierta en plena noche dibujándote círculos en la oreja. En tal tesitura, lo normal es intentar pegarse un guantazo en toda la oreja, a ver si con un poco de suerte aplastas al bichejo de un solo golpe con la precisión de un maestro de pandawushu y así no tener que levantarte.

Pero Fux no conseguía mover ni el dedo meñique. Estaba paralizado. Curiosamente, no sentía el cuerpo pesado como una piedra, sino que le parecía de una asombrosa ligereza. Tenía la impresión de volar. La sensación de ingravidez era agradable y el zumbido se atenuó cuando un resplandor azulado invadió la habitación. El xelor consiguió con esfuerzo entreabrir un ojo. La luz parecía venir de la ventana de su habitación. Vio dibujarse una sombra: el insecto de forma ovalada planeaba sin moverse. Se dispuso como un vector entre el resplandor azulado y el agente Milster, que se dio cuenta de que, efectivamente, estaba levitando y que en ese momento estaba moviéndose. El xelor tenía la sensación de que el espacio no tenía arriba ni abajo. La habitación había oscilado, la ventana le apareció bajo los pies y la puerta del cuarto, la salida, se encontraba en ese momento sobre su cabeza. Tenía la impresión de estar bajo el agua y de ver la superficie alejarse poco a poco, a medida que se aproximaba a los abismos. El cuerpo de Fux pasó por delante del insecto mecánico y entonces lo reconoció: era la protonoxina. No lo había adivinado. Lo dio por sentado cuando le apareció flotando frente a los ojos. Bajo sus pies, la ventana había desparecido. Era un zaap. Una silueta masculina de largo pelo rubio le esperaba. De pronto, se dirigió a él:

—Por fin te conozco.
 

En ese momento, la sensación de vaivén y de lento descenso hacia las profundidades se intensificó aún más, pues la voz de la silueta se oía amortiguada. Como un grito en el agua.

—Te observo desde hace un tiempo gracias a mi prototipo. Ha recopilado información muy valiosa. Sobre ti. El viejo búho. Tu amiga... Tal vez tú me ayudes a comprender, Fux.

Fux dejó escapar una sonrisa. Diana y él llevaban semanas buscando respuestas y cuando por fin se acercaba más al misterio, ¡era a él a quien pedían explicaciones! Mantener los ojos abiertos le suponía un esfuerzo considerable. Iba a tener que capitular. Solo le dio tiempo de ver la puerta de la habitación abrirse y una mano tendida en la superficie. Diana, sin duda. Lejos. Tan lejos.

—Vamos a pasar un tiempecito juntos, pequeño xelor malicioso, ¡ja, ja, ja!

Continuará…

Si deseas investigar también acerca de este personaje, encuéntralo en:

  • DOFUS MMORPG: la misión de Selocalipsis: Resonancia
  • WAKFU, la serie – temporada 1
  • WAKFU, la serie – Noximiliano, el relojero (episodio especial/OAV)

 

Descubre la actualización Selocalipsis: Resonancia ahora en DOFUS!