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Tras la pista del dofus vulbis, participabas con tu gremio en otro rudo combate contra fuerzas oscuras… cuando un wabbit blanco atrajo tu atención. ¡Y es que llevaba un chaleco azul! Pero lo más extraño era su aspecto preocupado. Se sacó una brújula del bolsillo, la orientó hacia un arbusto y desapareció en la maleza.

Metiste la cabeza entre las hojas. Ni rastro del wabbit; pero había una madriguera. Creías que le habías perdido el rastro al animal cuando se produjo lo impensable: fuiste atraído hacia la cavidad. ¡Jamás habías imaginado que cabrías en un agujero tan pequeño! En apenas unos segundos, lo único que sobresalía de la madriguera eran tus botas. Tras un último movimiento, frenético y complicado, desapareciste por completo…

Un grito. El tuyo. Una sensación. La de caer desde varias plantas de altura.

De repente, estabas tranquilamente sentado a una mesa cuadrada, en un jardín y bien acompañado, presenciando una partida de ajedrez. A tu izquierda, un patriarca centenario de largo cabello blanco, tan pequeño que los pies no le llegaban al suelo, vertía un líquido ámbar y humeante en un recipiente de madera. Su eterna sonrisa le arrugaba toda la cara, y daba la impresión de que siempre tenía los ojos cerrados tras sus gruesas gafas. Era el Mago de Zo.

—¿Un poco de té, señor Draconiros?

A tu derecha, el aventurero corpulento, de tez pálida y de largo cabello color carbón, con el torso desnudo y el resto del cuerpo cubierto de negro, iba a realizar su próximo movimiento.

—Con gusto, amigo —respondió Draconiros con voz profunda y tenebrosa.

El anciano sirvió a Draconiros y colocó la tetera a un lado.

—¿Hay algo que querías contarme, mi querido Mago de Zo?

  • —Así es... —susurró el oráculo.

El hombre misterioso movió su alfil de una casilla negra a otra en diagonal. En un abrir y cerrar de ojos, la figura de ajedrez de Draconiros fue reemplazada por otra figura de Dark Vlad sobre su montura. Las casillas del tablero desaparecieron para dejar paso a un paisaje verde y bucólico. Ya no había fichas, ¡sino figuras emblemáticas de héroes del Krosmoz! Era como si estuvieras alucinando por completo…

—Suelo tener ese sueño extraño y penetrante —explicó el mago.

Draconiros se llevó el vaso a los labios para beber un trago de té.

—El de un «yo» desconocido, que odio y que quiero, y que jamás de los jamases es el mismo. Pero tampoco otro…

Estabas buscando el sentido a las palabras confusas del Mago de Zo y te preguntabas qué podía llevar el té de aquellos anfitriones cuando un joven encapuchado que pasaba por detrás atrajo tu atención. Transportaba con dificultad un cubo de agua que vació algo más lejos, en un arroyo que bordeaba el lugar donde te encontrabas. El jardín en el que estabas instalado con el Mago de Zo y Draconiros era el de una cabaña rústica situada en un entorno campestre, rodeada por una empalizada de madera en forma de cuadrado. Aquel joven con capucha azul iba y venía con el cubo de la cabaña al arroyo que pasaba por la empalizada. Lo que te parecía extraño es que llevaba agua del interior al arroyo y no al revés. No podías verle el rostro. Lo único que distinguías bajo la capucha era una nariz fina y prominente.

Me dice la verdad y me miente —siguió explicando el Mago de Zo—. Me miente, pero lo comprendo.

Entonces, te diste cuenta de que Draconiros, que opinaba con la cabeza, llevaba un sombrero de copa alta… ¿Se lo había puesto mientras mirabas hacia otro lado o lo había tenido todo el rato? Frente a él, el Mago de Zo ahora tenía dos grandes orejas de wabbit, lo que chocaba de lleno con su aspecto serio. Te entraron unas ganas enormes de reír a carcajadas, pero cada gesto, el más mínimo movimiento, te resultaba agotador. Estabas obligado a no ser más que un espectador. El Mago de Zo siguió describiendo su sueño:

—Su corazón me es transparente, ¡a mí solamente! ¡Ese es el problema! A mí solamente…

Detrás de él, ya no era el joven con capucha azul y nariz puntiaguda quien llevaba el cubo de agua, sino una escoba con brazos. Aquello ni siquiera te sorprendió…

Estabas acostumbrándote a aquel lugar.

El Mago de Zo se miró las manos.

—Tengo las manos húmedas. Me estoy poniendo pálido.

De pronto, los colores vivos y veraniegos del paisaje perdieron brillo y saturación con la llegada de unas nubes enormes. Ahora desfilaban decenas y decenas de escobas con cubos de agua. El arroyo empezó a desbordarse. Draconiros levantó los pies para no mojarse, y tú lo imitaste. El Mago de Zo no tenía por qué molestarse.

—Solo nosotros sabemos. Él sonríe, yo lloro —narraba el anciano.

El nivel del agua subía peligrosamente. Por encima de la marejada, ya solo se veía la parte superior de los mangos de las escobas. Viste cómo un pequeño ser dotado de grandes alas salía volando a lo lejos. El joven de la capucha azul, sin duda.

¿Es anutrof, xelor o feca? Lo ignoro. ¿Cómo se llama? Recuerdo que su nombre es dulce y sonoro, como los de otros que se le parecen y que la vida expulsó.

El Mago de Zo ya tenía que gritar para hacerse oír. La pradera estaba cubierta de agua. Ya solo se veía la chimenea de la cabaña. Los tres flotabais sentados en las sillas, inmóviles a pesar de las olas que se levantaban y de los rayos que surcaban el cielo. A lo lejos, en una montaña que hasta entonces no habías visto, una sombra gigantesca levantaba los brazos al cielo. Parecía que estaba llorando, que gritaba de tristeza.

De repente, todo volvió a ser tranquilo y bucólico. Estaban de nuevo sentados a la mesa para terminar la partida de ajedrez.

—Su mirada se parece a la de las antiguas estatuas de Astrub. Su voz, lejana, tranquila y grave, tiene… la resonancia de las voces del pasado que enmudecieron.

Hubo un breve silencio. El wabbit blanco pasó por detrás del Mago de Zo. Consultó su brújula y se alejó. Imposible levantarte. Pesabas mil kilopods, por lo menos.

Querías romper tus cadenas, gritar que aquel sitio, aquellas palabras, aquellas visiones…, que todo aquello era una locura. Pero solo eras un espectador. Un invitado. Draconiros sonrió. El mago volvió a servirle té. Después, el hombre tenebroso inspiró con fuerza y respondió:

—Mago…, tú y yo estamos hechos del mismo tejido que los sueños.

Levantó su vaso a modo de agradecimiento y señaló el tablero de ajedrez para invitar al mago a jugar.

—Pero somos diferentes —explicó Draconiros.

El Mago de Zo movió su caballo, pasando por encima del alfil de Draconiros y amenazando su rey.

¡Jaque! —dijo el mago.

Draconiros ni pestañeó y siguió con su argumento:

—Para mí, el sueño y la realidad son las dos caras de la misma moneda. Indisociables. Los doceros siempre intentáis interpretarlos. Darles un sentido que pueda entrar en resonancia con vuestra realidad. Si quieres mi consejo, no los contemples mucho tiempo; no te pierdas en ellos o acabarás convertido en algo parecido a tu sombra.

  • —Tienes razón, somos diferentes. Nunca podría creer ciegamente en un sueño. Los sueños están repletos de mentiras —respondió el Mago de Zo.

Draconiros colocó el índice sobre su alfil y movió la figura en diagonal para comerse un peón blanco y amenazar el rey del mago.

¡Jaque! —informó Draconiros antes de seguir—. Aprendí que los sueños hacen ver cosas hermosas a quien sabe ver con los ojos cerrados.

El tablero de ajedrez se disolvió en la mesa. El Mago de Zo sonrió:

—Parece que hoy no nos pondremos de acuerdo. Dejemos esta conversación para más tarde. El futuro es un lugar adecuado para colocar los sueños.

Draconiros asintió con la cabeza. Después, se giró de repente hacia ti, asustándote:

—Deberías desconfiar, aventurero. No todos mis sueños son tan dulces como este.

Acto seguido, te encontrabas atado a la silla, privado de oxígeno, bajo un mar de agua oscura y salada. Te hundías inexorablemente en las profundidades. Tus gritos eran ahogados. Cada vez menos audibles. La oscuridad te rodeaba. Te engullía. Los párpados se te cerraron…

*****

Abriste los ojos con sobresalto. Tenías el rostro pegado al suelo. Un hilillo de baba te recorría la mejilla. Frente a ti se encontraba el arbusto en el que el wabbit blanco había desaparecido. Te habías quedado dormido. Esbozaste una sonrisa: la situación había sido surrealista, ¡era evidente que había sido un sueño! ¿Cómo es que no te habías dado cuenta mientras soñabas? Ya en pie, te limpiaste el polvo. En ese momento, notaste algo duro en el bolsillo del pantalón. Metiste la mano en él y se te cambió la expresión. Sería imposible que te perdieras después de aquello…

Tenías una brújula.

El maestro de los sueños te espera en una próxima misión del juego a finales de octubre. Hasta entonces… ¡duerme bien!