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Robo, traición, asesinato... Al explorar los recovecos más ocultos de la trama del tiempo, Martalo había visto cómo su apreciación del Mundo de los Doce se estropeaba como un fruto podrido. El vigilante confiaba en el Santuario de la Última Esperanza para disfrutar de una dulce quietud...

A su gran pesar, su amor por el Mundo de los Doce se desmoronaba con el paso de los días. Se dispersaba como los fragmentos esparcidos del Kontinuum, fragmentos que nadie sabía si algún día volverían a juntarse ordenadamente.

Los actos perniciosos de unos y otros se unían y se confundían en una persistente depresión que le había llegado hasta lo más profundo de su ser. Martalo no saldría indemne de su viaje en el tiempo, eso estaba claro. Pero había aceptado de buena gana aquella misión, dispuesto a dejarse la vida y el alma si fuera necesario...

El vigilante no solía quitarse la capucha. El espeso tejido envolvía su cabeza y le daba la sensación, aunque completamente ilusoria, de estar protegido de los peligros que acechaban en los alrededores.

Si, desde hacía unos meses, parecía que el tiempo era incoherente en todo el Mundo de los Doce, en aquel lugar se había detenido, directamente. A los pies del zaap que, contra todo pronóstico, lo había llevado a buen puerto, subió una serie de escalones tallados en una piedra de un blanco cegador, y llegó a una biblioteca a cielo abierto. Martalo cerró los ojos y levantó la cabeza, como para recibir la calurosa caricia del astro del día.

Una ligera brisa se levantó y se introdujo con suavidad en su capucha, que se infló como un globo, dando al vigilante un aspecto bastante gracioso. Una cabeza enorme encajada en un cuerpo delgaducho. Martalo respiró profundamente. Durante unos minutos, no sería el vigilante al servicio de Xelor encargado de resolver los misterios del Selocalipsis. No. Sería simplemente Martalo, un docero como otro cualquiera.

Aquella tregua tan merecida duró poco.

Una nube espesa apareció y le puso fin. Martalo se estremeció y volvió a abrir los ojos, dejando escapar un suspiro enfadado. El vigilante descubrió un enorme cumulonimbo que componía una escena extrañamente realista. Una horda de guerreros, con cabelleras erguidas algunos, rictus dolorosos otros, se abalanzaba hacia un enemigo invisible.

Luego, se oyó un bramido impregnado de un gran sufrimiento, procedente de los estratos superiores.

—¡¡AAAAAAAAAAH!!

Seguido de un grito desgarrador.

—¡¡Krisaor, NOOOOOOOOOOOOOOOOO!!

El corazón de Martalo se sobrecogió. Ya había asistido a «eso». Una salvaje corriente de viento eliminó la «escena». Cayó el telón y volvió a levantarse para mostrar un segundo acto: una serie de cúmulos entraron en escena. El vigilante los reconoció gracias a los conocimientos reunidos en las profecías que tanto había estudiado. Eran los miembros del consejo. Frida Mofeta. El dragón. Pandora. Hasta el general Krac Kelor. Todos estaban presentes. ¿Todos? Casi... Un miembro no había acudido a la llamada. Allisterina. ¿Dónde estaba? Las nubes se formaban y se descomponían a merced del viento. ¿Pero quién movía los hilos de aquel macabro espectáculo?

—¡Vas a recoger lo que has sembrado, ESTÚPIDA LOCA!

Las siluetas de los miembros del consejo se aglutinaron para formar una sola. Mucho menos agradable... Miseria. Esquelética, huesuda, montada en su siniestra ave. ¿A quién se dirigía? Claro... A Allisterina. La hija de Allisteria volvió a aparecer. Tenía algo en la mano. Un objeto que Miseria parecía codiciar.

—¡¡¡ES MÍOOOOOOOOOO!!!

Martalo se tapó los oídos con las manos. La voz de la jinete resonó en su cabeza con tal intensidad que creyó sentir como su cerebro se golpeaba contra las paredes internas de su cráneo. Una terrible migraña surgió de repente detrás de sus órbitas, y el vigilante se derrumbó. De rodillas en el suelo, se hizo una bola de lo insoportable que era el dolor.

Una nueva ráfaga de viento. Tercer acto. La noche caía, tiñendo el cielo con un velo purpurina. Esta vez, las nubes representaban formas más angulosas que las anteriores. Parecían casi amenazadoras. A la derecha, unas filas de colmillos. A la izquierda, lo que se parecía a un grupo de pequeñas islas. Solo cuando se dibujó la Necrópolis, Martalo comprendió lo que le mostraba el cielo: Externam, el reino de los muertos. Pero ¿por qué? ¿Una amenaza? ¿Qué presagiaba aquello? No tenía ninguna idea al respecto, no había leído nada revelador en las escrituras, al menos, hasta entonces. Tampoco había descubierto nada a lo largo de los acontecimientos que había vivido durante su viaje en el tiempo. Entonces... ¿Qué?

Una violenta borrasca tiró a Martalo al suelo. Arena... ¿Arena? Aquello no tenía ningún sentido. Los granos se le metían por la ropa, en la boca, en la nariz, en todos los lugares. Le irritaban los ojos. El vigilante consiguió abrirlos con gran dificultad, y descubrió nuevamente la silueta de Miseria, más imponente que antes. Esta vez, ocupaba todo el espacio en el cielo y sumía el lugar en la oscuridad. Martalo tenía calor. Muchísimo calor. Estaba sin aliento. Unos gemidos y unos lamentos llegaron hasta sus oídos, a pesar del ensordecedor soplido de la tormenta de arena que lo envolvía.

—Sss... Sss... Ssse... Ssseeed...

—Agua... Pi... Piedad... Dev... Devuélvenos nuestra agua...

Un oasis se formó en el cielo. Luego, unas manos. Gigantescas, demacradas... ¡Otra vez ella! Miseria. Con el índice y el pulgar, «pinzó» un extremo del agua y la atrajo hacia ella.

—¡¡¡ES MÍAAAAAAAAAA!!!

Una vez más, la voz provocó una deflagración en la cabeza del vigilante. Su sed aumentó hasta hacerse insoportable. Le resultaba imposible tragar de lo seca que tenía la garganta. El sabor a sangre en la boca le daba náuseas. ¿Pero por qué tenía tanto calor? Habría dado cualquier cosa por un poco de agua. Un trago, una gotita, siquiera una ligera neblina en su rostro...

Como si los dioses hubieran oído su deseo, Martalo sintió como una frescura salvadora lo invadía. Aunque no donde él se esperaba. Bajó la cabeza y se miró los pies. Un charco de agua había atravesado el cuero de sus botas y le había mojado la punta de los dedos. Echó un vistazo alrededor: el Santuario de la Última Esperanza se había convertido en una isla. El vigilante estaba atrapado.

Aquella tregua tan merecida duró poco.

El mundo está con el agua al cuello, y ya es hora de ayudarlo...