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Los caminos del Krosmoz son inescrutables. ¿Quién puede jactarse de conocer sus límites? ¿Quién podría al menos esbozar su contorno? Épocas, planetas, planes, dimensiones… Solo un puñado de seres superiores (dioses, demonios, dragones) pueden arrojar algo de luz a la cuestión. Olvida todo lo que sabes. Temporis no respeta ninguna regla…

—Cuidado con la cabeza…

¡BUM!

—¡Ayyy!

—Te he avisado, bola de pelo…

Una silueta imponente, flanqueada por dos milicianos, se inclina para pasar por el marco de la puerta. En sus grandes y peludas patas blancas y negras lleva unos gruesos grilletes metálicos. Entra en la oscura habitación. Sus pasos son pesados y decididos. Los soldados sientan al enorme aventurero en una silla, que cruje bajo su peso. Los dos representantes del orden se miran con cierta aprensión, pero la silla, finalmente, aguanta. Los milicianos abandonan la sala de interrogatorios. Porque de eso se trata: cuatro paredes entre las que se interroga a víctimas, testigos o… culpables.

El aventurero se encuentra ante la mesa de la sala bajo una luz intensa. Lleva una bolsa de tela en la cabeza. A pesar de ello, su actitud refleja cierta tranquilidad. Se mueve a derecha e izquierda como una piolina que hubiera encontrado un yunque. Con un gesto enérgico, una agente osamodas le retira la bolsa, desvelando el rostro sonriente de un pandawa con la lengua colgando.

—¿Es la hora de la comida? —pregunta con entusiasmo.

—Todavía no, señor… Koubiac.

No es la osamodas quien responde, quien se limita a observarlo sin pronunciar palabra, sino la segunda agente que se encuentra en la habitación: una feca con unas enormes gafas cuadradas. Las dos visten de manera idéntica: una camisa blanca remangada y un pantalón negro. Es la primera vez que Djaïllat Koubiac ve aventureras vestidas así; se parecen más a aventureros.

La osamodas está de pie. La feca está sentada frente a él. Esta última saca un carcaj de debajo de la mesa y se lo pone delante.

—¿Este objeto es suyo, señor Koubiac?

El pandawa, con la lengua colgando como un peki, mira a la feca y después a la osamodas sin la más mínima maldad.

—¡Sí! ¿Tenéis también mi arco?

Las dos agentes intercambian una mirada.

—¿Cómo es que usa este material, señor Koubiac? Usted es un pandawa. 

—¡Una jarra y unas chanclas de madera serían más típicas! —interviene por fin la osamodas.

Djaïllat sigue mirándolas con aspecto inocente. La incomprensión inunda la sala. Durante un breve instante reina el silencio.

—¿Es usted un pergamigromante, señor Koubiac?

La pregunta cae como un plomo en medio de la sala. Aunque no provoca ninguna reacción especial en el pandawa.

—¿Un pergamigr… qué? —pregunta simpático Djaïllat.

La osamodas se abalanza sobre el testigo y lo sacude como una alfombra.

—¡Escúchame bien, pandawa listillo! ¡No me gusta tu cara! ¡No me gusta tu pinta de estúpido! Y te aseguro que no me la vas a dar con queso

—¡Ah, por fin! ¿Es ya la hora de comer?
—Señor Koubiac —retoma la feca con gafas—, cuéntenos su historia.
—¿Toda mi historia?
—¡No, toda no! La historia de este carcaj, este arco y usted.
—Vale, vale… Pero después nos llenamos el gaznate, ¿eh?
—Sí, señor Koubiac…

*****

 

—Seguro que os estáis preguntando cómo un discípulo pandawa, que no es que tenga muy buena vista, terminó usando un arco. Pues es muy sencillo, de hecho.

Como sabéis, los pandawas somos amantes de la buena vida y maestros de la reflexión…

—Unos borrachos… —murmura la osamodas.
—Algunas bebidas fermentadas —sigue Djaïllat— nos ayudan a descubrir ciertas verdades.
—Interesante, tenéis que beber para daros cuenta de que sois unos borrachos…
—¡Señorita Isis! —le llama la atención la feca.
—Decía… que el abuso de las bebidas fermentadas, como la leche de bambú, es peligroso para la salud. Así que a veces tengo horribles dolores de cabeza después de…
—De una noche de juerga… —comenta Isis, la osamodas.
Buenomi tío Rufus de la Pampa tenía un remedio infalible, una receta familiar de gran eficacia que me transmitió el día que cumplí dieciocho años: el ajo caramba. Es una mezcla de ajo y cebolla fermentados con limón confitado.
—¿Es que los pandawas siempre tienen que fermentar las cosas antes de ingerirlas? —pregunta sinceramente la feca desde detrás de sus grandes gafas cuadradas.
—Eh, jefa…
—¡Perdón, siga!
—El caso es que hacen falta años de práctica para dominar el arte de preparar este remedio mágico, así que, un día, me equivoqué de dosis. Además, cambié las cebollas por ajo chalote, lo veo mejor para la digestión, en fin… El caso es que no se me fue el dolor de cabeza, pero sí me dolía menos cuando miraba fijamente algo. Era como si mi vista se adaptara como nunca, como si se hubiera vuelto tan aguda que podía distinguir una cagarruta de muuumusca a 100 kámetros.
—Qué práctico —responde Isis.
—Y así empecé a concentrarme en muchas cosas. A mirarlas fijamente. A… dispararles. Me fabriqué un arco con un tallo de bambú…
—¿Este de aquí? —pregunta enseguida la feca sacando el arma rústica escondida debajo de la mesa y tomando nota cuando el testigo asiente con la cabeza—. Prosiga.
—Descubrí que me apasionaba el tiro con arco… y poco a poco todo lo que tenía que ver con él.
—Como… estudiar los preceptos de los discípulos ocras —dice la agente con cuernos.
—Bueno, podría decirse así. Pero no entiendo, ¿qué hay de malo en eso?
—¿Se considera usted un ocradawa, señor Koubiac? —pregunta la agente feca.
—¿Piensas organizar un nuevo culto? —la apoya la agente osamodas.
—¿Qué?, no… Solo hago lo que hago, no estoy ocultando nada. ¿Tan extraño es ser pandawa Y arquero?
—Digamos que no es algo que se vea todos los días, señor Koubiac —afirma solemne la agente feca antes de echar un vistazo a la puerta—. Pero seguiremos esta conversación más tarde; me indican que su estofado de piolina está listo.
—¿A comer? ¿Ahora? ¡Ooooh! ¡Por la diosa moteada, tengo más hambre que un milubo!

Los dos soldados que lo han traído regresan y lo acompañan hasta la salida. Antes de abandonar la sala, Djaïllat pone la oreja:

—¿Qué piensas? No me huele bien… —dice la osamodas.

—Creo que dice la verdad —afirma la jefa feca.

Koubiac sonríe y se lame el hocico.

Continuará…