FR EN DE ES IT PT

La situación es grave. ¡Incluso explosiva! La llegada de los pergamigromantes no gusta a todo el mundo. El Comité de la Magia y la Inquisición no ven con buenos ojos que se tengan hechizos con total libertad, así, sin límites ni aprendizaje. Djaïllat Koubiac y Brendo Welsh están a punto de pagar las consecuencias. A menos que…

En mitad de un espacio natural rico y verde, mecido por el canto de una increíble variedad de píos, se encuentra un bosquecillo banal. Aunque no lo parece tanto cuando se observa con un catalejo.

—Serán malditos…

En la lente, un campamento de aspecto militar, compuesto por tres anchas tiendas de campaña rectangulares, está custodiado por dos milicianos armados con lanzas.

Así que es aquí donde los retienen… Qué raro, no veo los colores de Bonta ni los de Brakmar.

El catalejo realiza un ligero movimiento panorámico hacia la izquierda. En la lente, subida a un nogal, una osamodas vestida como un yopuka levanta un pulgar en el aire en dirección al catalejo. Desde dentro del arbusto aparece un brazo con pelaje castaño y responde a la aventurera escondida con un gesto de la mano, uniendo el dedo índice y el pulgar.

Helgaga está en posición, ahora me toca a mí.

Un extraño tofu se pone a dar vueltas alrededor del matorral. Su cráneo redondo está coronado con una cresta pelirroja digna de la cabellera de un yopuka.

—¿Qué haces tú aquí? ¿Por qué me has seguido? ¡Vuelve con tu dueña! ¡Largo, bicho!

El tofu parece divertirse con la situación y quiere jugar con su amigo disfrazado de arbusto. Se apodera de una carta que tiene en el bolsillo. En ella aparecen las iniciales LOLJDR y la fotografía de un guapo aventurero perruno, que sonríe enseñando sus mejores colmillos. La imagen cuenta con una descripción: Duncan MacCocker, uginak afortunado, experto manitas.

—¡Devuélveme eso, pajarraco! No es momento para jugar. ¡Estoy en una misión!

El uginak sale de su escondite con una pirueta perfectamente ejecutada y se refugia detrás del tronco de un gran roble, tieso como una estaca. El tofu, divertido, lo sigue.

—¡Harás que nos descubran, estúpida ave! ¡Vuelve con Helgaga!

Duncan echa un vistazo al campamento y se lanza en una carrera de obstáculos furtiva y extrema para acercarse más: zigzaguea entre los árboles, salta por encima de un tocón, sigue a cuatro patas para aumentar su velocidad y termina con una voltereta hacia delante para alcanzar una zanja situada a unos kámetros del campamento. Mira a su alrededor, pensando que se ha deshecho del ave y sin darse cuenta de que el tofu se encuentra sobre su cabeza, posado en el hueso que sirve al uginak para recogerse su salvaje melena.

*****

Djaïllat sale esposado de la tienda del medio, custodiado por dos milicianos. Lo llevan hasta la primera de ellas, la más alejada de la posición de Duncan.

«Ahí es donde deben de estar arrestados», piensa.

Unos segundos más tarde, los milicianos salen de la tienda con una tymadora vestida de rosa, como si se hubiera cruzado con una aniripsa.

¡Brendo!

Entran en la tienda del medio.

«Seguro que están interrogándolos ahí. Aprovecharé para pasar a la acción y entrar en la tercera tienda», piensa antes de salir de su madriguera.

Con prudencia, todavía sin reparar en la presencia de un intrépido tofu sobre su cabeza, se acerca a la tienda y olisquea la entrada. No parece haber nadie dentro. Entonces, oye como se acercan unos pasos. Duncan penetra en la tienda y se esconde detrás de la primera caja de madera que ve.

«Lo que pensaba. Esta tercera tienda sirve de almacén».

Su pensamiento se ve interrumpido por dos voces procedentes del exterior.

—Tenemos suficientes pruebas para llevárnoslos.

—¿Qué hará con ellos?

—Vamos, señor Delaya. Los ayudaremos.

—Umm… No sé qué clase de ayuda suelen prestar los tipos de la Inquisición. No estoy seguro de estar de acuerdo. No es muy… ético.

—¿No es la ética lo que lo ha traído hasta aquí, querido? ¿Es que una vocecilla, sin duda la de la moral, no lo empujó a intervenir? ¿A no dejar que este pueblo, estos vagabundos que dicen ser aventureros, se apoderara de una sabiduría que no merece?

—Estoy de acuerdo con el final de su frase, padre Nynio. El resto es suyo. Le propongo que, ahora, sigamos adelante.

Duncan sale de un salto de su escondite y aprieta los dientes.

—¡Malditos sean! Tengo que darme prisa.

El uginak se pone a rebuscar en una caja, tan alterado que el tofu se balancea sobre su cabeza.

Voy a fabricar un fumígeno para distraerlos. He tenido la suerte de venir a parar a la tienda que sirve de almacén, ahora tengo que encontrar los… —extrae la mano de la caja y descubre una garrafa— productos adecuados. ¡Ja, ja! ¡Bingo! El decapante para madera que Djaï usa para su arco.

Vuelve a buscar en la caja, mientras el tofu es zarandeado en todas direcciones.

—¡Genial! ¡Un antídoto para veneno de Brendo! Ya tengo dos productos ricos en permanganato de potasio… Actuarán de oxidantes. Y como carburante… ¡agua oxigenada! Con todo esto podré crear una niebla artificial. Además, puedo usar esta probeta para mezcla… ¡¡¡AAAH!!!

Duncan da un respingo cuando el tofu cae hacia delante, de cabeza, a unos milikámetros de su rostro. Y deja caer la probeta, que se rompe en el suelo

—¡Estarás contento! ¿Y ahora dónde voy a mezclar todos los productos, estúpido pájaro?

De repente, el tono sube en la tienda de al lado, y el uginak levanta las orejas para escuchar mejor.

—¡De eso nada! Nos habéis contratado para investigar. Nuestra investigación debía servir para tomar una decisión con respecto al tráfico de pergaminos y, en su caso, para regularlo.

Duncan se gira hacia el tofu.

—Se está empezando a liar. Tengo que mover el trasero, ¡todos dependen de mí!

Mira alrededor intentando mantener la calma. ¿Una flecha? Inútil. ¿Un calcetín? Casi. ¿Un tofu?… Un tofu… El animal niega con la cabeza.

—¡Esperemos que funcione!

Duncan agarra al ave, le echa agua oxigenada en el pico, el antídoto y, por último, el decapante para madera. Al tofu se le salen los ojos de las órbitas, y suelta un ligero vapor por las orejas. Después, el uginak afortunado se saca del bolsillo un rollo de cinta adhesiva.

—No te preocupes —dice mientras le pone un trozo de cinta en el pico—. No te pasará nada… en teoría.

Se quita el reloj mecánico portátil que lleva en la muñeca y se lo pega a la mascota en el abdomen.

Cronómetro en 20 segundos: es el tiempo que hace falta para que el permanganato de potasio oxide el agua oxigenada mediante una reacción de óxido-reducción. Si añadimos el calor que genera tu cuerpo, el agua pasará de estado líquido a gaseoso. Una vez… hm… evacuada —afirma mientras el tofu lo mira con cierta angustia—, el agua se volverá a condensar instantáneamente en finas gotitas en suspensión para producir una niebla blanca.

El tofu intenta protestar, pero el sonido que sale de él solo se parece al grito de un raratón. Duncan se precipita hasta la entrada de la segunda tienda, donde se está produciendo un altercado.

—No podéis hacer eso —afirma una voz femenina.

—Es por su bien. No saben lo que están haciendo —señala quien parece ser el padre Nynio.

Duncan mira una última vez al tofu.

—Todo irá bien, ¿de acuerdo? En esta lucha entre el Bien y el Mal, ¡estás a punto de convertirte en un héroe! —El uginak se arrodilla en el suelo y se prepara para hacer rodar al animal por él—. Solo espero que tu régimen no sea rico en potasio…

Acto seguido, lanza el «proyectil» dentro de la tienda de campaña y se aleja unos kámetros. Tres segundos más tarde, oye el caos que ha generado. En ese momento, Helgaga, rodeada de un enjambre de tofus con cresta de yopuka, aparece corriendo y le guiña un ojo, se tapa la cara con un pañuelo y entra en la tienda. Duncan, más que satisfecho y con la lengua colgando, se pone a dar vueltas como un peki. Pero las cosas no salen como esperaba… ¡La tienda está ardiendo! ¡Unas llamas violáceas devoran lo que hacía de sala de interrogatorio!

—¡Vaya, qué estúpido soy! Claro que su régimen es rico en potasio. Come semillas y raíces de todo tipo…

Continuará…

¡La Llegada de los Pergamigromantes ya está en DOFUS!