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La inventiva de Duncan MacCocker ha dado muestras de su eficacia y Brendo Welsh ha escapado de sus carceleros pero, ¿qué pasa con Djaïllat Koubiac? Después de una formidable demonstración de valentía, Helgaga ha sufrido una terrible herida que podría ser mortal…

La luz del día y el aire puro le hacen recuperar la esperanza y la energía, pero ve borroso. Helgaga da unos pasos fuera de la tienda, de donde sale un espeso humo negro. Desorientada, debilitada, la osamodas se desploma en el polvo. Comprueba que su agotada yopofona, Faya, no haya quedado aplastada por su peso. Pero no, al contrario, la criatura recobra poco a poco el sentido.

Duncan MacCocker, que observa la escena desde un poco más lejos, acude corriendo de inmediato hacia su hermana de armas.

—¡Helgaga! ¿Qué ha sido eso? (el uginak descubre la herida en el flanco derecho de su compañera e inmediatamente hace presión para impedir que la sangre salga.) … Oh, no…

—Que no cunda el pánico, Dunky… Solo es un rasguño, le dice la guerrera debilitada intentándolo engañar.

—¡No me puedes engañar, Helga! Sé reconocer una herida fea. Pero me voy a ocupar de ti y… lo siento por tu yopofona, he tenido que improvisar…

En ese momento, el pájaro se abalanza con furia sobre el cánido para picarle en el cráneo varias veces antes de abroncarle en un incomprensible idioma gorgojeante.

¡Ay, ay, ay!... ¡Lo siento, animalito! Yo pensaba que solo sería un poco de humo…

Helgaga, dolorida, esboza una sonrisa. Su rostro adquiere bruscamente una expresión dura cuando ve al padre Nynio salir de la tienda en llamas. Este último mira a derecha y a izquierda antes de que su mirada se cruce con la de su enemigo. Duncan se da cuenta de que a su compañera se le ha cambiado la cara y se da la vuelta de inmediato, pero el tenebroso feca le lanza una Borrasca que lo aleja de su protegida y lo proyecta duramente contra un árbol que hay al lado; lo que lo deja atontado.

—Aunque seas una abominación… mitad yokupa, mitad osamodas… te voy a perdonar.

El padre Nynio, despiadado, ejecuta un hechizo Atonía: el ataque de fuego cae sobre la osamodas, pero Faya aparece para ponerse como barrera y sufrir los daños en lugar de su ama…

—¡NOOO! —ruge Helgaga.

La yopofona, humeante, se cae. La osamodas extiende el brazo tan lejos como puede para intentar agarrarla, pero la pobre criatura cae aplastada a algunos centikámetros, completamente carbonizada. A la pergamigromante le cae una lágrima por la mejilla. Se la limpia cuando llega a la altura de la mandíbula, que aprieta con fuerza.

¿Vas a aceptar la redención? —amonesta el predicador sacando una daga escondida en su toga, antes de blandirla sobre la cabeza de Helgaga. Está ejecutando su sentencia cuando una flecha mágica le alcanza la mano interrumpiéndolo y haciéndole soltar su arma.

¡¡¡Aaaah!!!... ¿Quién se atreve a cometer semejante sacrilegio?

El padre Nynio mira hacia la derecha y reconoce al pandawa arquero, que está rodeado de cuatro yopofonas y sujeta firmemente con las garras las espadas yopuka.

¡Djaïllat Koubiac! ¿Cómo es posible?

—Con la ayuda de algunos amigos y fuerza de voluntad, todo es posible —afirma el aventurero con una amplia sonrisa y la lengua colgando—. ¿Verdad, chicas?

En medio de un inquietante zumbido, Foyo, Fiyi, Feye y Fuyu asienten.

—Tú lo has dicho, mi Djadja!

El padre Nynio mira hacia su izquierda y reconoce a la aniripsa explosiva, que juega a tirar y recoger con la mano una granada rosa que tiene el sello de una flecha de dos puntas. Otros dos yopofus armados y peligrosos lo miran de arriba a abajo. De pronto, al predicador le empieza a dar vueltas la cabeza…

—¿Qué has... qué has hecho? ¿Te has bebido toda la leche de bambú?

Es una especie de embriaguez a distancia, viejo loco. Hay que ser un pandawa digno de ser llamado así para dominar los recursos sin que implique un peligro para la salud…

El padre Nynio vacila, después se desploma y se pone a buscar a cuatro patas su daga por el suelo. La encuentra, se hace con ella e intenta atacar a Helgaga otra vez, ¡pero Brendo Welsh lanza su bomba entre los dos oponentes! Una pequeña explosión crea una nube rosácea y algodonada que se disipa poco a poco. Cuando la nube se esfuma, Helgaga está de pie y mira de arriba a abajo al padre Nynio, que está en el suelo, gesticulando, con las manos sobre su flanco derecho.

—¡Aaaah! ¡¿Qué es esta odiosa maldición, panda de infieles?!

Es una bomba de cuidados —explica Brendo acercándose a Helgaga.— Bueno… ¡depende para quién! —dice pasándole la mano por la espalda a su compañera. La he llamado «Pagar con la misma moneda». Permite intercambiar las heridas de un aliado por las de un contrincante. ¡O más bien las heridas que no tiene!

—¡¡¡Vuestro castigo estará a la altura de vuestro… Hm hmmm!!!

Duncan le tapa la boca al padre Nynio con cintas adhesivas antes de frotarse las patas con un aire satisfecho.

Por fin juntos, los cuatro amigos se felicitan y se abrazan antes de que Brendo tome a Faya suavemente entre sus manos.

—¿Vas a poder hacer algo? —pregunta Helgaga, inquieta.

—La pequeña piolina… Debería salir adelante, la voy a cuidar muy bien.

—Helgaga, yo… —empieza con dificultad el uginak avergonzado.

—No te preocupes, Duncan —le asegura la osamodas dándole un golpecito en el hombro—. Has hecho lo que había que hacer, pero por favor… ¡no empieces otra vez! (Dirigiéndose a todos) ¡Ahora... apresurémonos! ¡Tenemos que salvar rápidamente a los agentes y a los milicianos atrapados en la tienda en llamas!

Helgaga se lanza de cabeza la primera en las llamas, seguida de cerca por sus valientes yopofus.

—¡Parece que ha recuperado toda su fogosidad! —exclama Djaïllat con alivio.

Una risa ahogada interrumpe el alivio de la tropa. El padre Nynio se revuelca por el suelo a carcajada limpia, a pesar de tener la boca tapada.

—Creo que, definitivamente, está fatal de la cabeza… —dice Duncan antes de despegarle las cintas adhesivas de los labios para comprobar esta hipótesis.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Yujuuuu! ¡Pensabais que os habíais librado! ¡Ja, ja, ja! ¡Uy!… ¡Cómo pica!…

—¡Se te va la olla, predicador! Brendo te curará después de Faya… Mientras tanto, un poco de daño es lo que mejor te hará… —añade Djaïllat.

—¡Ya están aquí!… ¡cof, cof! ¡Vienen a por vosotros! ¡Ja, ja, ja!

—¡¡¡Venid a ayudarme!!! —grita Helgaga desde la tienda.

—Vete tú, Daïllat, yo vigilo a este cretino —le tranquiliza Duncan.

El pandawa levanta el pulgar en señal de conformidad y sale corriendo para apoyar a Helgaga y socorrer a las víctimas del incendio. Se vuelve a hacer un silencio. Une brisa ligera acaricia el pelaje del aventurero canino. Duncan siente que algo no va bien. Levanta el hocico y se fía de su olfato. El viento vuelve a soplar. El uginak reacciona.

—¡Por todos los dioses! Tiene toda la razón…

—¡Estáis acabados! ¡Ja, ja, ja! ¡Acabados!

De pie sobre sus patas, Duncan le sonríe.

—¿Pero es que no nos conoces? Juntos, somos capaces de todo. Juntos, somos un gremio. Juntos, somos… La Liga de los Aventureros Pergamigromantes.

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Episodio 1

Episodio 2

Episodio 3

Episodio 4

¡La Llegada de los Pergamigromantes ya está en DOFUS!