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Los aventureros llegaban en masa y se empujaban hacia las puertas de la taberna. El pizarroso que, en la entrada, mostraba con alegría «San Patírico: ¡vaciamos los barriles!» no era la única razón. Normalmente, la taberna prohibida, como su nombre indica, solo era accesible por unos pocos privilegiados cuidadosamente seleccionados. A excepción de hoy, un día muy especial. Para celebrar el aniversario de la llegada de Pandawa, el Pandawelo y la Daimia habían decidido, de mutuo acuerdo, ofrecer el lujo de empujar las puertas de este templo sagrado construido en honor a la diosa a cualquiera que quisiese hacerlo.


En la cola, Gin’pop temblaba de impaciencia. De puntillas, el joven intentaba ver el interior de la taberna.

—Gin’pop, ¡tranquilízate! ¡Todo el mundo te está mirando! Ya casi nos toca.

—¡Pero mamá! Ya hace una hora que esperamos... ¡Estoy harto! Pff...

—Tan solo un poco más de paciencia, ya casi estamos... Toma, pinta un poco para pasar el t...

Gin’pop aprovechó los pocos segundos durante los cuales su madre le soltó la mano para escaparse y colarse entre las piernas de los demás visitantes.

—¡Gin’pop! ¡Gin’pop! No puede ser...—, espetó su madre.

Cuando ya casi había llegado a la taberna, el niño se paralizó, los ojos abiertos como platos.

—Halaaa... ¡Qué pasada!

Gin’pop estaba maravillado. La sala principal se imponía sin límites, envuelta de barriles que parecían una muralla. Reinaba un silencio perturbador, casi intimidante. Un ruido, solo uno. El del roce del papel.

—Eres muy pequeño para venir aquí solo...

—Es que... Mi madre está llegando... es que se ha olvidado algo.

—¿Y tú? ¿No te has olvidado nada?

—Yo... ¡Sí! Buenos días, Pandawelo.

El niño se arrodilló con torpeza, avergonzado.

—¡Ja, ja, ja! No hace falta... ¡No soy un dios!

El viejo pandawa estaba sentado en lotus sobre una alfombra de bambú, en una esquina de la sala. Sobre su bastón, colocado a través de sus dos rodillas, había un vaso, también de bambú, lleno de un líquido blanquecino que desprendía un fuerte olor. Aunque Gin’pop todavía no tenía la edad de beberlo, sabía perfectamente de qué se trataba.

—Mi padre bebe lo mismo que usted, a veces. Pero no mucho. Si no, ¡mi madre refunfuña!

—¡Ja, ja, ja! ¡Y con razón! Este dulce brebaje debe consumirse con moderación... Un pandawa debe tener siempre las ideas claras, ¡incluso durante el día de San Patírico!

Entre sus manos arrugadas y moteadas por la edad, el Pandawelo tenía una fina hoja de papel rectangular. La dobló en diagonal, para crear un triángulo.

—¿Qué hace con este papel, Pandawelo?

—Una ofrenda... En cierto modo.

—¿Para la diosa?

—No solo... Para todos los espíritus.

El jovencito se estremeció y miró a su alrededor, inquieto.

—No debes tener miedo, ¿sabes?

—Mi madre dice que lo espíritus son malos. Dice que es por culpa de un yopuka malo que tiene fuego en el pelo.

—Y no se equivoca. Pero hay muchísimos espíritus y no todos son malignos.

El pandawa continuó con su trabajo. Sus gestos eran precisos y delicados. Solo con doblarlo una vez por el lado equivocado, habría que empezar todo de nuevo.

—Dime de dónde vienes, pequeño.

—Vivo en Akwadala.

—La Tierra de los Reflejos... ¡La conozco como la palma de mi mano! A veces voy para visitar a mi amigo Sakwaba. Su cerveza bambarina es excepcional. Entonces, conoces a Akwanokima, ¿verdad?

—Sí, es la mujer triste.

—Bueno, es una visión un poco reductora, ¡pero hay que admitir que no es de los espíritus más contentos!

—¡¿Qué?! ¿¿Akwanokima es un espíritu??

—Claro. Y sin embargo, no es maligna. ¿Me equivoco?

—No, es verdad...

Un nuevo pliegue. Esta vez en la frente del Pandawelo.

—Hmmm... no, así no.

El viejo pandawa parecía entristecido. Arrugó la hoja y la tiró detrás de él, donde había un montón más de bolas de papel. A continuación, cogió otra hoja de papel y empezó de nuevo su trabajo desde el principio.

—No hay que poner todos los espíritus en el mismo saco. Cada uno tiene su propia personalidad. Es una de las cosas que hace que los aprecie tanto. Me intrigan... Me apasionan... Akwanokima, el espíritu del agua, me conmueve con su sincera generosidad. Y su profunda melancolía me parte el alma...

Un nuevo pliegue. Los dedos del viejo sabio, a pesar de su edad, no mostraban ninguna debilidad. Ningún temblor.

—Desde las alturas de Pandala, en Airedala, Tensojobo me fascina por su calma y su capacidad por apartarse de todo.

Otro pliegue. El gesto fue más sincero.

—Desde las húmedas y arboladas profundidades de Tierradala, Wapishikami me intimida por su esplendor y, debo admitirlo, he llegado a estar celoso del poder que ejerce sobre los vegetales.

El trabajo se iba precisando. Su forma ovalada se adivinaba.

Tanu... Este espíritu capaz de transformarse cuando le parece oportuno. Me reconozco a veces en su perfeccionismo...

Un nuevo pliegue formó algo parecido a un escudo de papel alrededor de la forma ovalada.

—Y cómo no conmoverse con Akaitei... Espíritu empujado por su humor juguetón, casi infantil, y su susceptibilidad, a veces devastadora...

Minuciosamente, con las yemas de los dedos, el Pandawelo aportó los últimos detalles a su creación. Algunas puntas del papel, por aquí y por allá, se desplegaban en escamas.

—¡Sabe muchas cosas sobre los espíritus!

—Es lo mío, debo admitirlo...—respondió el viejo pandawa, divertido.

—¡Quiero saberlo todo de ellos! ¡Enséñeme todo acerca de los espíritus, Pandawelo! ¡De todos los espíritus del Mundo de los Doce!

—¡Ja, ja, ja! ¡Entonces espero que tengas toda tu vida por delante!

—Pues hábleme de los que son buenos!

—Aaah... No es tan sencillo, ¿sabes? Las cosas no son negras o blancas en el Mundo de los Doce. Y mucho menos en Pandala... Me imagino que tú tampoco eres ni totalmente bueno, ni malvado por naturaleza... ¿Verdad?

—Pues... Yo…

El Pandawelo cerró los ojos y de pronto se quedó inmóvil, como una estatua. Su obra le cayó de las manos y se deslizó hacia el suelo.

—¿Pandawelo? Pa... ¿Pandawelo? ¿Va todo bien?

Los párpados del viejo pandawa temblaron. Y abrió bruscamente los ojos de nuevo. Su mirada era lívida. Después empezaron a temblar sus labios. Se entreabrieron para dejar escapar una voluta de un negro azabache que salpicó al pequeño con gotitas de tinta.

Ssssssh... ¿Me equivoco o se ha olvidado de nosotros...? Sssh... Orukam ha hecho retumbar el cielo... Orukam se ha hecho escuchar por los espíritus primitivos... Sssh... El wukin y el wukang. Ciclo de creación... Ciclo de destrucción... Y luego... Sssh... ¡La resurrección de Pandala! Qué ingratitud... Ssssssh...

El torbellino de tinta creció, ampliando aún más la mandíbula enorme del Pandawelo. Gin’pop estaba boquiabierto, hipnotizado. De repente, otra voz, más suave, más alegre. Menos sombría... El torbellino fue aspirado por el Pandawelo y desapareció entre sus entrañas. Y de inmediato, una serpentina de papel surgió, en su lugar, de la garganta del viejo pandawa. Y después, de nuevo, esta voz...

—No le hagas caso a Orukam, Gin’pop... Le pasa mucho eso de ver el vaso de leche de bambú medio vacío. Consumido por su búsqueda de reconocimiento, a veces parece olvidar la belleza de lo que ha llevado a cabo. De lo que los Dos han llevado a cabo. No hay por qué agradecerlo. Los Dos han despertado al viento que ha nutrido el agua, que a su vez ha nutrido la madera, que a su vez ha nutrido el fuego... ¡Cuando la tinta ha encontrado el papel... Pandala ha terminado por renacer!

Un crujido. La serpentina nebulosa se enrolló en sí misma como si fuese a levantar el vuelo hacia los cielos pero se cayó al suelo con brutalidad, aspirada por el Pandawelo. El viejo sabio reabrió los ojos, como si nada de todo esto hubiese pasado. Recogió su obra, que había caído a sus pies. Después la colocó entre las manos del niño, todavía petrificado.

—¿Qué te parece mi dorigami de papel? ¿Mmm...? ¡Pero bueno, Gin’pop! A juzgar por tu cara, parece que te gusta. Te lo regalo...

La Isla de Pandala todavía no ha desvelado todos sus secretos... ¡Nos vemos a partir de la semana que viene para la segunda parte de la actualización El despertar de Pandala!