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Lay secaba la frente de Rylow-San sin dejar de mirar a la aniripsa. El silencio de la doctora era como una mano que le estrujaba el corazón. Tenía los músculos tensos como la cuerda de un arco. Y la mandíbula crispada hasta el punto de que se podía observar cómo fluía la sangre por su vena yugular.

—Hmm...

—¿Qué quiere decir «hmmm»?

Aunque Lay no ocultaba su preocupación, su irritación también era evidente.  

—Su temperatura está muy por encima de la normal. Su pulso es totalmente irregular. Tiene todos los síntomas de... esto... Lay, no quiero asustarte, pero... a estas alturas debería estar muerto. No lo entiendo...

Lay volvió a bajar la cabeza hacia su esposo. La agonía se leía en su rostro, transformándolo y confiriéndole un aspecto más dulce, menos severo de lo habitual.

—Lo que me preocupa es que... sabes Lay, el corazón le late demasiado rápido. Temo que acabe por rendirse...

Lay soltó un gritito, casi animal, y se llevó las manos a la boca. La simple posibilidad de perder a Rylow-San le resultaba insoportable. Hacía varios días que el joven pandawa estaba sumido en un sueño profundo, sin que nadie supiese explicar por qué. Lay había hecho todo lo posible por sacarlo de dicho sueño. Invocó a los espíritus, pidió ayuda a un chamán e hizo venir a un exorcista. Dado el reciente despertar de los espíritus, había contemplado todas las opciones, hasta que su esposo hubiera sido poseído.

—Se lo ruego, doctora, haga algo...

—He hecho todo lo que estaba a mi alcance hasta ahora, mi querida Lay... No nos queda más que esperar y rezar para que los dioses den muestras de clemencia. No sé qué mal aqueja a Rylow-San. Para ser completamente sincera, nunca me he enfrentado a un caso así. Lo único que puedo hacer ahora mismo es quedarme con él, con vosotros...

La aniripsa puso su mano encima de la de Lay. Le sorprendió su pequeñez y aparente fragilidad. La pandawa era menuda y tenía un carácter fuerte. En el pueblo, la llamaban «el dragón». Una mano de hierro en un guante de seda. Según las malas lenguas, hasta Rylow-San estaba completamente sometido a ella. No obstante, Lay lo cuidaba como a la niña de sus ojos. Hoy, más que nunca, su amor por el joven pandawa corría por sus venas.

***

—Es demasiado pronto... 

La voz le resultaba familiar. Le parecía que venía del interior de su cráneo, como si hablase tapándose los oídos. Y sin embargo, nada que ver.

—¿Lay? ¿Eres tú?

El eco golpeó y rebotó como una bala en unas paredes invisibles. En torno a él, la nada. Una extensión negra, hasta donde alcanza la vista. En algún lugar, a lo lejos, se alzaba una masa informe y grisácea, vacilante. Rylow-San se frotó los ojos. Veía borroso y se sentía desorientado.

El pandawa intentó dar un primer paso. Tenía las piernas de algodón y le costaba un esfuerzo considerable moverse. El suelo bajo sus pies era de un negro tinta brillante. Parecía un inmenso charco de alquitrán. Sin saber por qué, Rylow-San se sentía irresistiblemente atraído por la masa gris, que no se movía ni un ápice. La oyó susurrar, sin conseguir entender el sentido de sus palabras.

—Es demasiado pronto... No estoy preparado.

Rylow-San se acercó. Cada paso que daba era una lucha contra el viento en contra. Cada movimiento le recordaba su sobrepeso, del que Lay no paraba de burlarse. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no estaba con ella? Y, para empezar, ¿dónde se estaba él exactamente...?

—Y sin embargo... Esta fuerza sssh... Me llama...

No sabía por qué, pero la atracción era incontrolable. Tenía que encontrar esta cosa. Fuese lo que fuese.

—Es difícil resistirse... Sssssssh…

Ya estaba casi. Rylow-San consiguió distinguir mejor los contornos de la silueta. Estaba solo a unos metros de ella, pero la forma desapareció bruscamente, aspirada por un agujero negro. Rylow-San se detuvo en seco, atónito, pero también terriblemente decepcionado. El infinito negro se puso a vibrar a su alrededor. Apareció un cubo blanco arriba, a su izquierda. Y luego otro, un poco más abajo. Seguidos de otros, en serie, que empezaron a sustituir en un baile de traqueteos extraños el negro profundo por un blanco inmaculado y brillante, como para redibujar los contornos de un lugar difícil de calificar. Un lugar cuya realidad le costaba mucho calibrar a Rylow-San...  

Deslumbrado por ese blanco, al pandawa le costaba mucho mantener los ojos abiertos. Una voz atrajo su atención. Era una voz temblorosa, llena de inquietud.

—Lay... ¿Eres tú otra vez? ¿Qué intentas decirme? ¿Dónde estás...? Y yo... ¿Dónde estoy?

Su esposa estaba ahí, no muy lejos. Estaba seguro. En el mismo lugar donde la masa había desaparecido surgió una cosa. Escupida por el espacio virgen que le rodeaba. Un recuerdo, que se desplegó como un rollo de papel, como un cartel que acabásemos de pegar en una pared. Rylow-San retrocedió para verlo entero. En lugar de las tinieblas, en frente de él, un lugar familiar, más cálido, más reconfortante. Detrás de él, el espacio se mantuvo igual, inalterado. Era de un blanco casi diáfano.

Conocía este lugar. ¡Pues claro! ¡Su pueblo de Airedala! Sin embargo, había algo que le llamaba la atención. Faltaba algo... ¿A dónde habían ido los lazos y las las cometas? Y, sobre todo, ¿dónde estaba su pabellón? La plaza estaba inusualmente desierta. Nunca la había visto así...

Un violento golpe de viento le hizo perder el equilibrio y lo lanzó por los aires. Rylow-San tuvo la impresión loca de que era una caída sin fin y se puso a gritar de terror.

—¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!

A sus pies, la cima de Airedala. En ese momento estaba levitando, agitando las piernas en el vacío como un simple muñeco.

—¡Todo esto no es más que un sueño! ¡SOLO ES UN SUEÑO! —gritó, como para convencerse a sí mismo.

Pero entonces... ¿Por qué esta extraña impresión de déjà vu...? Del lugar donde antes se dibujaba esta Airedala de repente salió un haz de luz que atravesó literalmente al pandawa. Al recibir el impacto, giró sobre sí mismo como una peonza y después ese algo le proyectó muy lejos, quedando de espaldas a la aparición de Airedala. Delante de él, la superficie blanca que se había mantenido virgen empezó a quebrarse bajo la presión del haz que acababa de alcanzarla, tras lo cual se prendió fuego como un muro de papel. Una densa nube de humo invadió todo. Poco a poco, aparecieron unas luces débiles detrás de la cortina de bruma. Rylow-San reconoció inmediatamente las linternas típicas de Fuegodala y después su inimitable silueta.

—¿Pero qué...? Todo esto no tiene ningún sentido...

¿Acaso estaba el pandawa bajo la influencia del humo de Fuegodala al que algunos atribuyen propiedades, digamos... euforizantes? Imposible, no recordaba haber puesto los pies en esta región. Lay no se lo permitía de ninguna manera debido a su asma.

El rayo luminoso se estaba haciendo más grueso. Después apareció un destello, seguido de una detonación. Rylow-San cayó pesadamente al suelo y fue a parar de cabeza a un charco de agua. Un cansancio extremo se apoderó de él y lo dejó clavado en el suelo. Desprovisto de toda energía y presa de una sed ardiente, lamió el agua como un animalito, con las palmas de las manos apoyadas en el suelo. De repente, una sacudida le recorrió los brazos hasta la punta de los dedos. Unas olitas empezaron a formarse en el centro del charco hasta convertirse en unas ondas concéntricas... Hubo una segunda sacudida. Haciendo un último esfuerzo, Rylow-San levantó la cabeza: 

—Puede que haya otra solución...

La masa gris estaba otra vez ahí, mucho más cerca que la primera vez. Lo embistió directamente, con las fauces abiertas de par en par. Rylow-San cerró los ojos y dio un grito de terror. Pero parecía que no pasaba nada, se quedó esperando un dolor que no llegaba y volvió a abrir los ojos. Nada. Lo que le había parecido un dragón, o al menos una imponente criatura hecha de escamas, lo había atravesado sin que sintiese nada de nada.

—¡Tomar otro camino! ¡SSSSSSH!

Sin entender por qué, Rylow-San se sentía invadido por un sentimiento de exaltación profunda. Era algo agradable. ¿Qué era esta sensación extraña...? Ya había tenido esta experiencia, una vez en su vida... Y además se acordaba de que nunca había sido tan intensa como ese día. Algo le acariciaba a la altura del ombligo.  Bajó la cabeza hacia su panza.

—¡Por Pandawa! ¿¡Qué me está pasando!?

Rylow-San se estaba viendo por dentro. Literalmente. En lugar de sus entrañas, enjambres de insectos revoloteaban y formaban un fabuloso ballet multicolor. Entonces, comprendió todo. Esta sensación era la misma que sintió la primera vez que vio a Lay. No era otra cosa que el amor en su expresión más pura, más intensa... Sin embargo, lo sentía de una forma inaprensible, lejana. Como si no fuera realmente él quien lo estaba experimentando...

Levantó la cabeza. La criatura estaba ahí otra vez. Lo que le asombró, sobre todo, es la dualidad que desprendía. Sus escamas negras se mezclaban con otras de un blanco casi cegador. Fue entonces cuando se dio de bruces con la evidencia. Entonces, comprendió todo.

—Por los Doce... ¿Será él? Nuestro guardián espiritual...

Rylow-San no podía creer lo que veían sus ojos. ¿Por qué razón milagrosa se encontraba frente a aquel que los pandawas habían venerado, durante tanto tiempo, casi tanto como a su diosa? La criatura se quedó parada, con las alas desplegadas y batiendo lentamente a través del haz de luz que había crecido hasta transformarse en una especie de túnel. Parecía como si el tiempo se estirase. Rylow-San aprovechó para analizar minuciosamente la escena. Hipnotizado por este espectáculo, se deleitó con cada detalle de la maravilla que tenía ante sus ojos.

De repente, el pasaje que estaba atravesando el dragón, se evaporó. Sus extremos se unían y se abrían para formar una gigantesca esfera luminosa que envolvió al dragón. Se propagó una deflagración que puso en peligro el equilibrio de Rylow-San, el cual estuvo a punto de caerse otra vez.

La esfera acababa de estallar formando una lluvia de chispas. Unos restos similares a esquirlas de diamantes se amontonaron para formar los contornos evidentes de Pandala. La cartografía de la isla levitaba frente a un dragón, en cuya mirada se podía leer una fascinación y una plenitud sin igual...

—Maravilloso... Sssh... Espléndido...

—Así que esto es lo que hay al otro lado...

El pandawa nunca había estado tan cerca de la criatura que, sin lugar a dudas, no era consciente de la presencia del docero. Estaba cautivado. Hechizado...

—Tu lugar está cerca de mí. Vuelve, ahora...

La voz de Lay sacó al pandawa de su estado de aturdimiento. Sin embargo, hacia quien se sentía irremediablemente atraído era hacia ella. Se alejó lentamente del dragón, dejándolo solo con el objeto de su deseo...

***

—Siento que vuelve. No sabría decir por qué...

Lay buscaba la aprobación en la mirada de la aniripsa.

—El instinto de una esposa, como el de una madre, tiene eso de impenetrable. Pídele que vuelva contigo, Lay. Yo también siento que se agita. Tal vez sería bueno que...

La doctora no tuvo tiempo de acabar la frase. Rylow-San se despertó de un sobresalto, empapado de sudor. Se dibujó una sonrisa en sus labios, el pandawa se lanzó inmediatamente sobre su esposa y la besó abrazándola lánguidamente.

—Ah, hmm... Parece que está bastante bien, por lo que veo... —dijo la aniripsa, un poco incómoda.

—¡Por fin, Rylow-San! ¡He tenido tanto miedo! ¿¿Dónde estabas??

Algo atrajo la atención de la aniripsa. El pandawa tenía una mancha en la mano que no estaba ahí antes. Un círculo, dividido en dos. La doctora reconoció inmediatamente las representaciones de los alientos del wukin y del wukang.

—Puede que haya estado en la encrucijada de los mundos, Lay...