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¡Bienvenido al plató, mi pequeño miaumiausito! Haz como si estuvieras en tu casa aunque estés en la mía. Soy tu divino benefactor, tu eminencia rosa, tu presentador: ¡Zurcarák en carne y pelo! Ya que estoy a los mandos de Temporis, también he querido estar a los de mi propio programa: la Rueda del destino. A veces, mis discípulos y mi propia descendencia han conocido destinos extraordinarios. ¿Se han convertido en héroes? ¿En leyendas? ¿O en unos perfectos pretenciosos? ¡Juzga tú mismo! Yo solo me encargo de girar la rueda, ¡miau! Gira… Gira… ¡Aaaaaah! Empezamos por todo lo miaulto (aunque no es mi preferido). ¡Hoy descubrirás una historia de Atcham!

El episodio que voy a contar es totalmente real. Se desarrolla en los años 380. ¡Qué hermosa época! Bonta quizás tuviera los mejores bardos de todos los tiempos… Pero me voy del tema.

Los sucesos se produjeron en el sitio opuesto a la idílica ciudad blanca. En una calle oscura y pintoresca de Brakmar —mal iluminada, maloliente y de mala muerte—, solo se oían las gotas de agua fecal y las ratas correteando. Hasta aquella caja metálica que cayó de un contenedor: «¡Cuidado, Lemi!», ladró por encima del hombro el jefe uginak de un trío de holgazanes. «Lo siento, jefe…», respondió la silueta esquelética de un sram avergonzado. Rígido como una estaca, con una escopeta recortada de dos cañones en sus manos enguantadas, Cezar Salas el Tymador cerraba la marcha sin pronunciar palabra. Se detuvo en seco y empezó a darse vueltas en el bigote.

Molos Onatuet sabía que su mano derecha andaba tras una pista cuando se ponía a hacer eso. «¿Has olido algo?». El fornido tymador siguió enredándose los pelos del bigote un poco más y dijo: «Me huele mal, jefe». El uginak entornó su único ojo visible; el otro estaba tapado por un parche de cuero que no disimulaba toda una enorme cicatriz.

«¡Tiene razón, jefe!», dijo Huesso Lemi’O. «¡Esta historia me huele mal! ¿A qué iba a venir aquí un retoño de Zurcarák, tan valioso como es? Si quieres saber mi opinión, creo que el informante nos ha colado una mentira. ¡Ya está, ya lo he dicho!».
-«Sí, ese tipo… me olía mal», añadió Cezar con una seriedad desconcertante a pesar de su escaso interés en la misión.
-«¡Lo que queréis es volver a la taberna cuanto antes!», contestó Molos. «Aquí hace más frío…».
-«¡Y huele peor, puaj!», lanzó el sram. Luego, se quitó su gorro gris demasiado grande para él y se tapó con él la nariz.
-«¡Deja de quejarte, Lemi! Si ni siquiera tienes nariz…», le reprochó Molos mientras seguía recorriendo la calle, al acecho. «Si la recompensa de ese aviso de busca y captura es tan grande como dicen, los dos podréis recorrer todas las tabernas del Mundo de los Doce hasta el fin de los días si queréis. Pero de momento…
-«¡Ssssss! Ssss… Ssss…».

El uginak sacó rápidamente de debajo de su impermeable una maza hecha de hierro y huesos, y la dirigió de forma amenazante hacia un rincón oscuro.

«¡Muéstrate!», gruñó.

«¿De cuánto esss la recompensssa?», susurró el desconocido, que parecía sentir una atracción especial por el sonido «s».
-«Quizás te lo diga si sabes dónde está el hijo de Zurcarák. Si no, serás tú quien me deba una preciosa cantidad de kamas por haberme hecho perder el tiempo».
-«Pobre wauwau de mamá…».

En la penumbra, una silueta felina se movió despacio. Atcham había olido a aquellos tres energúmenos en cuanto habían penetrado en su zona. Quería saber más sobre aquella historia, por eso aún no les había asaltado.

«Háblame de essse avissso de busssca y captura, y te diré lo que sssé, cazarrecompensssasss…».
-«Me huele mal, jefe», dijo Cezar apuntando con su arma al objetivo.
-«¡Has topado con huesos duros de roer, amigo!», gritó valiente Lemi en posición de ataque, con un nunchaku de huesos de chafer en cada mano.
-«¡Quietos!», ordenó Molos. «Si no tuvieras nada que ganar, ya nos habrías atacado. Tú sabes algo».

El uginak volvió a atarse la maza al cinturón. Sus dos secuaces bajaron las armas, pero se mantenían alerta.

«He oído hablar de una recompensa increíble por la captura de un zurcarák temible».

Tras aquellas palabras, Atcham se sintió muy orgulloso.

«Sssigue…».
-«La mayor recompensa que haya visto en mis casi veinte años de profesión. Y eso me hizo sospechar. ¿Qué es lo que podría justificar semejante cantidad? El tipo habría enfadado a mucha gente. Sería un aventurero fuera de lo común, y también un luchador valeroso».
-«Ajam…».
-«Pero, si está tan cotizado, es porque resulta que el tipo es un retoño del propio Zurcarák. Esa clase de rumor suele subir el precio, ¿no crees?».
-«Indissscutiblemente…».
-«Algunos lo quieren muerto, otros, vivo. Otros solo quieren su cabellera, y otros, los objetos legendarios de su inventario…».
-«Essspera un momento…».
-«Hasta hay una que quería que lo convirtiera en una manta, para rozar sus piececitos con su pelaje extremadamente suave. ¡Hay que estar loca!
-«Sssu pelaje», repitió Atcham mientras un odio indescriptible se apoderaba de él.
-«Parece que es el hijo favorito de Zurcarák, por si eso te ayuda…».
-«¡¡¡KERUBIM!!!», chilló Atcham como si fuera un insulto y avanzó para salir de la sombra.
-«Sí, exacto. Tengo una lista con los retoños divinos y ese aparece el primero. Pero… Hay otro más abajo. Mucho menos cotizado. No me han pedido su piel, y es normal. Al parecer, la tiene toda arrugada y sin pelo alguno».

Atcham se enfureció, a punto de echar espuma por la boca.

«El único pelo que tiene, según dicen, lo tiene en la lengua», se burló Molos.
-«Jefe, ¿no crees que el tipo del que hablas se parece a este que tenemos delante? Yo solo lo digo…».
-«¡Ya dije que me olía mal!», advirtió el tymador por enésima vez, volviendo a apuntar al zurcarák con su escopeta.
-«Oh…. Estoy seguro de que por un momento… ¿creías que hablaba de ti, verdad, Atcham?», preguntó Molos.

El rostro del felino denotaba seriedad, y el uginak dio un paso más hacia él.

«Pobre miaumiau de papá…».

Al segundo siguiente, Atcham desenvainó sus katanas y desarmó a Cezar y a Lemi, asombrados por su enorme rapidez. Molos tenía su maza en la pata, pero Atcham barrió el suelo con su arma y derribó al uginak, que cayó con gran estrépito. Amenazado por la hoja situada bajo su garganta, Molos se dio por vencido. El sram y el tymador, a los que el zurcarák imberbe apuntaba con su otra katana, levantaron las manos.

«¡Essstúpidosss cazarrecompensssasss! ¡Como me sssubessstimáisss, me ssseguiré llenando losss bolsssillosss con vuessstrosss kamasss! Vaciad lasss bolsssasss en el cuenco de ahí, al lado de mi leleche, y marchaosss por donde habéisss venido antesss de que cambie de opinión y osss haga rodajitasss».

Los tres cazarrecompensas obedecieron y dieron media vuelta.

«¡Un momento!».

La ansiedad se notaba en sus rostros.

«¡Molosss! Antesss de que tú y tusss dosss botaratesss osss vayáisss con la cabeza agachada, vaisss a dejarme otra cosssa. Un trofeo».

*****

Con las lágrimas asomándole a los ojos, Cezar Salas se marchó rascándose por encima de los labios, en el lugar donde, hasta hacía poco, había estado su fantástico bigote. Molos Onatuet se alegró de que Atcham solo le pidiera los pelos de la barbilla. En cuanto a Huesso Lemi’O, tuvo que desprenderse de algo y regresó de aquella aventura sin su gorro de la suerte…

Volviendo a su miserable cojín, Atcham guardó sus trofeos en un cofre. De repente, aguzó uno de sus oídos. Alguien había venido a hacerle una visita.

«Yo en tu lugar no los habría dejado marchar por tan poco», afirmó una voz firme y femenina.
-«Tú eresss dessspiadada, Julith. No regalasss nada a nadie. Pero yo no abussso de quienesss conocen la misssma missseria que yo».
-«La bondad será tu perdición, Atcham…».