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«¡Hola, hola, mi pequeño félido del amor! ¡Y bienvenido al plató de la Rueda del destino! Soy Zurcarák, tu anfitirón divino y narrador de las peripecias que siguen. Pero dime... ¿te has repuesto de nuestra última historia? Triste suerte para un zurcarák que no tiene ni un mínimo pelo… Espero que el o la protagonista de hoy tenga más suerte. ¡Vamos allááá! ¡Que gire la rueda! Suspense… Atención… ¡Ooooh! Te van a dar ganas de ronronear del gustito… El infortunio y la suerte son las dos facetas de este llamativo héroe. Señoras y señores, hoy revelamos… ¡una historia de Dodge!»

El relato que voy a contar es la pura verdad. Ocurrió en 354, al día siguiente de la segunda Aurora Púrpura y de la muerte del rey Clustus. Pero nuestra historia tuvo lugar lejos de esas preocupaciones, en un marco más exótico, una islita perdida en medio del Mar de Monios: la idílica Arob-Arob.

Desde que se había metido a marinero, Dodge llevaba una vida de aventuras… ¡y también de holgazanería! Así, cuando acabó la primavera, entre dos escapadas navales, nuestro zurcarák ordenó a su tripulación que soltase las amarras en el extremo del atolón. Se equipó con lo mínimo indispensable (es decir, su espada blanca y su espada negra forjadas por Mistigri), dirigió una última mirada a su amigo Ejip y saltó por la borda para terminar el último trecho a nado.  Así empezaba su peregrinaje: lavándose todos los combates, todos los padecimientos vividos en los últimos meses, como para absolverse de sus pecados antes de llegar a la isla (y de hecho, aquella fue la única vez, como buen discípulo de servidor, que no protestó por bañarse). Dodge siempre aprovechaba para observar el arrecife de coral bajo la superficie, tan vivo, tan colorido, tan miauravilloso. Aquel corto trayecto era una transición. Después de haber surcado las aguas durante todo el año, iba a tirarse a la bartola unos días en el islote.

*****

48 horas más tarde, nuestro afortunado héroe parecía otro. En su rostro relajado se podía leer el descanso. Estaba siguiendo una cura estricta a base de cócteles de leleche de nozdekoko a discreción y una siesta detrás de otra. Dodge ronroneaba entusiasmiaudo, las vacaciones le estaban sentando miauravilla. Su día a día seguía el suave ritmo del balanceo de su hamaca cuando de pronto… ¡plof!

Dodge se llevó lentamente la pata a la coronilla... un pringue blanquecino, salpicado de manchas verdes, le chorreaba por la frente. ¡Guano de albatroz! Él, que tanto camino había recorrido para que no lo molestaran, para que todo fuera perfecto, ¡y esa era su recompensa…! Se limpió el pegote de excremento más grande mientras buscaba a su agresor emplumado entre los árboles.

¡Te libras por esta vez, cochino! —se dirigió al ave atónita—. Pero te aconsejo que no vuelvas por aquí si no quieres acabar cociendo a fuego lento esta noche en mi hoguera…

El zurcarák se levantó para ir a darse una ducha junto a su «faré», la vivienda isleña tradicional. Entró en la cabina de bambú y tiró de la cuerdecita para hacer correr el agua fresca. Pero nada. Tiró con más fuerza, de pronto oyó algo rodar… ¡y le cayó de pleno en la cabeza! Cegado por un momento, Dodge oyó un zumbido angustioso… ¡era un nido de avispas!

Salió a todo correr de la ducha… para darse de bruces contra el tronco de un kokotero. Por fin, consiguió quitarse el doloroso sombrero y se precipitó hacia la playa más cercana para refugiarse en el agua. Pero el pobrecillo pisó un erizo, ¡descalzo! Su grito perforó la tranquilidad del idílico islote.

 

Cojeando e hinchado por las picaduras de avispa, el filibustero de vacaciones se tumbó un momento en la arena cálida en un estado deplorable.

Ya pasará, mi querido Dodge —se dijo—. Solo es un contratiempo de nada… Una reacción en cadena… Hace mucho tiempo que no te pasa. Ya no estás acostumbrado, solo eso.

Al decir esto, levantó la cabeza. Acababa de darse cuenta de algo. Se apresuró hasta su cabaña de bambú para comprobarlo…

¡Lo sabía!

En la entrada, junto a sus chanclas preferidas, brillaba su preciada espada negra de Mistigri… sola. Todavía lleno de los bultos por las picaduras, gesticulando, Dodge intentó escrutar a su alrededor como buenamente pudo.

¡TE VAS A ENTERAR CUANDO TE PILLE!

Un crujido. Sin pensárselo dos veces, Dodge se lanzó a perseguir al ladrón. Corrió entre el follaje, cortándose con las ramas que lo azotaban como látigos a su paso. Hasta que tuvo que pararse para recuperar el aliento. Cuando levantó la cabeza, vio a lo lejos a un zobal de pequeño tamaño, detrás de una máscara casi tan grande como él.

Tikiki…

En ese instante, le vinieron a la mente recuerdos dispersos como relámpagos: al llegar a la aldea la primera noche, el pequeño zobal reservando el último masaje en todos sus morros; en el comedor la primera mañana, el pequeño zobal agenciándose la última bolita de pastel de nozdekoko; por la tarde, el pequeño zobal saludándole mientras se alejaba a lomos del último dragopavo para hacer el tour de la isla. ¡Pero esa mañana, Dodge por fin se había cobrado su venganza! En el desayuno, ¡había sido él quien se había llevado la última bolita de pastel de nozdekoko delante de las narices del pequeño zobal, ja, ja! Se había llevado su espada blanca expresamente ¡y le había dado buena suerte! Entonces, su nuevo enemigo se había acercado a su mesa (y por si las moscas, Dodge había engullido la bola espolvoreada de nozdekoko). Había deslizado un papel bajo su bandeja de la comida y luego, con los dedos índice y corazón, había hecho un gesto señalándose a los ojos y luego a los de Dodge como dándole a entender que lo tenía vigilado. El zurcarák, aún masticando, había abierto el papel y leído: Me las pagarás. Firmado: Tikiki.

Tras volver de su flashback, el zurcarák lanzó una mirada asesina a su adversario enmascarado, que se contoneaba con un bailecito irritante al pie de un kokotero blandiendo con aire victorioso la preciada espada blanca de Mistigri…

Pequeño desgraciado…

*****

A costa de una carrera desenfrenada a través de la selva tropical y sus pantanos, una mordedura de arakna, nozdekokos cayéndole encima y un sinfín de picaduras de moskitos, Dodge llegó por fin a la casa de Tikiki. El zurcarák, al borde de un colapso nervioso y al límite de su paciencia, derribó la puerta de una patada. O al menos esa era su intención, porque la puerta ni se inmutó, se quedó cerrada a pesar del impacto y de que una tabla del suelo había cedido bajo el peso de Dodge. Tras salir del agujero, el aventurero del descanso frustrado llamó educadamente a la puerta y la abrió. Al encontrarse con siete Tikikis de diferentes tamaños en la habitación, ¡creyó estar teniendo alucinaciones! Se quedaron todos mirándolo.

Venga ya, ¿me he topado con una familia de kaníbolas o qué?

  • ¡Es él, mamá!

Al otro lado del salón, Tikiki se escondió detrás de las faldas de su madre, una zobalota de casi dos kámetros de altura y circunferencia:

¡¿Se puede saber qué problema tiene con mi hijo de cinco años?!

¿Cinco años? Eso explica su tamaño…

Ehh… ¡Ha empezado él!

Dirigiéndose a sus pequeños, la matriarca señaló al intruso con el dedo y a continunación se golpeó la palma de la mano con el puño de la otra. El mensaje estaba claro. Pero a Dodge se le iluminaron los ojos: en la entrada, junto a una colección de chanclas de todos los tamaños, ¡estaba la espada blanca de Mistigri! El aventurero se hizo con ella y con un paso salió de la casa, dio un salto hacia atrás y desenfundó su otra espada.

En postura defensiva frente al «faré», el zurcarák vio salir a los siete hermanos y hermanas de Tikiki armados con cerbatanas y palos. El mayor se cambió de máscara para ponerse una que claramente quería decir «estoy muy enfadado», levantó un brazo y abrió la mano. Ante el gesto, tres hermanos pequeños saltaron al tiempo que soplaban por sus cerbatanas. Dodge despejó la lluvia de flechitas con dos reveses de espada y volvió a ponerse en posición. El hermano mayor levantó el otro brazo y cerró el puño. Las cuatro hermanas mayores se abalanzaron a por el zurcarák para zurrarle con los palos, pero él respondió con sus espadas convirtiendo sus armas en mondadientes. Entonces, la madre de la chiquillada salió al ataque, crujiéndose el cuello hacia un lado y luego hacia el otro.

¡Vas a conocer la furia de mamá Bigmak!

Dodge tragó saliva. La zobal, con su pareo de flores, se colocó en posición de ataque. Y mientras el zurcarák se preparaba para luchar, el padre de familia apareció de entre la maleza:

Eh, eh, eh… Pero ¿qué pasa aquí?

Llevaba una máscara de lo más hospitalaria, con una sonrisa tallada de oreja a oreja.

¡Este individuo está intentando hacer daño a nuestro hijo! Voy a espachurrarlo como a un moskito…

  • ¡Oiga! ¡Es su hijo el que me ha hecho daño a mí, míreme! ¡Tengo tantas picaduras, mordiscos, arañazos y bultos que parezco un racimo de uvas moradas!

Los niños zobals se echaron a reír.

Es verdad que está muy magullado, mamá… —admitió el padre de familia.

  • Tikiki me ha robado mi espada blanca de la buena suerte y desde ese momento solo me han ocurrido desgracias. Yo solamente venía a recuperar lo que es mío…
  • ¿Eso es verdad, Tikiki? —le preguntó el padre.
  • Sí, papá…
  • Entonces hazme el favor de pedirle perdón.
  • Perdón… señor racimo de uvas.

Los hermanos y hermanas seguían a carcajada limpia. Dodge esbozó una sonrisa. Bueno, o eso o le estaba dando un infarto. Con esa cara tan destrozada…

*****

Más tarde, después de un inmenso festín al son de los ukeleles y de las voces de papá y mamá Bigmak, los miembros de la familia Bigmak y su hinchado invitado se reunieron en torno a la hoguera. Dodge volvió a sentirse invadido por la felicidad y la calma. Y cuando alargó la pata hacia la última bolita de pastel de nozdekoko que había en la bandeja en el centro de la mesa, al otro lado… Tikiki estaba haciendo lo mismo.