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¡Mininos días, mis miaumiaus! ¡La Rueda del destino vuelve a girar una vez más! ¿Qué aventura contaré hoy yo, Zurcarák el grande?… ¿Cómo? ¿¡Quién ha dicho «Zurcarák el gordo»!? ¡Eh! Que todavía no he empezado la operación bikini, ¿entendido? ¡Todos a callar y a mirar la rueda girar…! (Taca-taca-taca-taca-taca… tac… tac… Tac!) ¡Oh! Esto no me lo esperaba… ¿A quién le apetece cambiar de era? Viajemos al futuro y descubramos juntos la atípica historia de un zurcarák más tymador de lo que parece (o a la inversa)… ¡Hoy presentamos a Félinor!

Lo que voy a contar es la pura verdad verdadera. Ocurrirá en el año 969. El rostro del Mundo de los Doce habrá cambiado mucho. Quien no quiera creerlo es libre de no hacerlo. Ese mismo año, un dragón confiará un bebé extradocero a un anutrof. Pero esa es otra historia…

Las costas de Sufokia, un archipiélago que todavía no aparece en los mapas, serán azotadas por un terrible tornado (dentro de unos siglos, los cataclismos serán el pan de cada día). Al huracán Zurkatrina le seguirá una impresionante subida de las aguas que terminará de barrer todo lo que la extraordinaria tempestad habrá encontrado a su paso.

Tras calmarse los mares y volver los ríos y rías a su cauce, un aluvión de escombros de todo tipo contaminará el paisaje. Será en ese momento cuando su embarcación acostará en una playa de Bolixo, un atolón idílico convertido en pocos días en un vertedero al aire libre. Rastreará entre la arena sucia en busca de objetos de rutinas devastadas. Olfateará. Rascará. Excavará. Levantará tablas de madera que poco antes habían sido paredes de casas. Meterá hasta el más mínimo objeto de valor en bolsillos y sacas. ¡Viene bien tener buen olfato cuando se es tymador!

Estamos hablando de Waf Volenski, un viejo chucho en edad de jubilarse cuyo carácter le habrá alejado de sus semejantes hasta hacer huir a los más valientes. Su habla, bastante severa, estará introducida y marcada por gruñidos, ya sea de impaciencia o de exasperación. Por encima de su mirada sombría y sus cejas perpetuamente fruncidas, un pañuelo atado a modo de bandana a su cráneo de chafer será durante años una advertencia de no meterse con él. Eso no quitará que algunos lo intenten. Y acaben con los dientes rotos…

En las ruinas de un mundo pasado, pueden ocultarse muchos tesoros. La ventaja de saquear a muertos y desaparecidos es que nadie te puede reclamar lo que es suyo. El viejo uginak, tymador hasta la médula, levantará de pronto su parche para ver mejor: en medio de un montón de cachivaches sin interés –camas viejas, peluches y muñecas– verá brillar dos kamas a la sombra. Su paso, ayudado por un bastón de abráknido esculpido, se acelerará. Se lanzará a por ellos con el hocico por delante, pero un silbido amenazador lo detendrá.

Grrr… ¿Qué es eso?

El viejo Waf lo comprenderá entonces: había confundido un par de ojos amarillos con dos kamas.

Grrr… ¡A quién se le ocurre esconderse así! ¡Sal de ahí o prenderé fuego a ese montón de basura y madera!

Con la mano en su vieja pistola cargada con sal gorda, el viejo tymador verá salir del basural a un joven zurcarák de mirada penetrante y pelaje oscuro.

Grrr… ¡Voy a decirles a tus padres que su hijo espía a la gente de bien!
—¡Eso no es verdad!
—Grrr… ¿Ah, no? ¿Y entonces qué hacías?
—Mirar a un tymador robar.
—¿Qué? Grrr… ¿Yo? Grrr…
—¡Pues sí! Estás robando a mis vecinos Y TAMBIÉN a mis padres…
—Grrr… ¡Cállate! (se mira alrededor)… ¡Alguien va a oírte, sucio mocoso! Grrr…

El viejo uginak se alejará para no dejarse ver, pero enseguida se dará cuenta de que el joven zurcarák lo sigue de lejos. Agarrará una piedra para lanzársela. Habría sido mejor levantarse su parche de farsante para apuntar mejor… Pero al menos conseguirá que el niño se marche.

*****

Esa noche, junto al fuego, Waf Volenski se dispondrá a comer algunos crustáceos a la parrilla. No muy lejos, dos puntitos dorados reflejarán las llamas danzantes.

Grrr… ¡Venga, ven aquí! Odio que me miren mientras como… Grrr… Te lo aviso, ¡comes dos pinzas y te vas! Grrr…

Más tarde:

Grrr… Toma una manta, ¡estás temblando, pequeño entrometido! Te lo aviso, ¡te quedas cinco minutos junto al fuego y te vas! Grrr…

Un poco más tarde:

Grrr… ¡No te duermas! ¡Venga, fuera! Grrr…

Demasiado tarde.
 

Al día siguiente, el uginak se despertará con la furia del pequeño zurcarák:

¡Lo sabía!

El minino sostendrá entre sus garras un collar de perlas.

¡Es de mi madre!

El tymador agarrará la valiosa joya y se tirará de ella:

Grrr… ¡Demuéstralo!

Con una patada, hará caer al felino hacia atrás. El niño se secará las lágrimas con el revés del puño para no dejar ver que estará llorando.

¡Dámelo!

  • ¡Lo he encontrado yo, grrr! ¡Es mío! Grrr… ¡No basta con que me digas que es tuyo! Si todos los que me quieren robar dijeran que lo que he encontrado es suyo…

Al pequeño zucarák le temblará la barbilla, pero su mirada incandescente se mantendrá dura y firme.

Grrr… Si tanto te importa esta baratija, ¡solo tienes que comprármela! Grrr…

La atmósfera será eléctrica mientras el cielo empezará a cargarse.

¡Eso pienso hacer!

Y en un segundo, el felino desaparecerá.

*****

En los días siguientes, Waf Volenski no tendrá noticias del zurcarák. Mientras tanto, recogerá cosas que jamás le habrían interesado normalmente. Encontrará fruslerías, juguetes, dibujos de niños. De noche, irá haciendo una criba de sus hallazgos junto al fuego y se dará cuenta de haber recogido objetos pertenecientes sin duda al zurcarák y su familia. En una hoja un poco arrugada y con manchas de humedad, verá un dibujo hecho con cera de un pequeño felino con sus padres. A la luz de las llamas, sus sonrisas le parecerán aún más vibrantes. El dibujo estará firmado con una caligrafía juguetona: FÉLINOR, 6 AÑOS.

Cuando Waf baje la hoja, el zurcarák estará de pie frente a él. Tendrá remangadas las mangas de la camisa, originalmente blanca, así como los bajos del pantalón agujereado. Se habrá anudado un pañuelo a la cabeza, lo cual llevará una especie de sonrisa al rostro del uginak (cosa que no le habrá sucedido en años). El felino arrojará una bolsa de lona a sus pies. Dentro, un montón de objetos preciosos. El viejo tymador habría tardado semanas en recoger todo eso…

Dame lo que me pertenece, vieja escoria.

Esas palabras, a pesar de tenerlas bien merecidas, herirán al veterano aventurero. Pero enseguida recuperará su mirada sombría y su ceño fruncido.

Grrr… Todavía hay que ver si estos cachivaches valen algo…

Waf fingirá revisar el botín, sabiendo perfectamente que habría conseguido la mayoría. Después, sin mediar una mirada, le dará los objetos que habrá recogido envueltos en una sábana vieja. En el momento del intercambio, las tripas de Félinor rugirán.

Te lo aviso… comes dos pinzas y te vas…

El joven zurcarák pondrá cara de sorpresa.

No has gruñido…

Desconcertado, Waf tendrá que añadir:

Grrr…

  • En ese caso, está bien…

*****

Esa noche, Félinor registrará las cosas del viejo uginak para robarle algo valioso antes de largarse. Pero se encontrará con un documento insospechado. Los papeles entre sus pequeñas almohadillas iban a desvelar una faceta oculta de aquel viejo canalla que roncaba…

*****

Al día siguiente, el uginak se despertará con el aroma de los mangos que Félinor estará escalfando en leche de nozdekoko. Tentado, el sabueso no podrá evitar relamerse el hocico. Pero se parará en seco al ver las cartas de advertencia a sus pies, todas selladas con un enorme «DEUDA PENDIENTE».

Grrr…

—¡Buenos días a ti también!
—Cómo te atreves… Grrr… Voy a enseñarte a husmear entre mis…

El minino le pondrá una cuchara de madera bajo el hocico y Waf se callará. El olor será demasiado apetitoso como para no ceder. Pero no será nada comparado con el sabor que degustará después.

Una vez saciado, Félinor sacará a colación el plato fuerte. Figuradamente…

¿Por qué no vendes esa vieja taberna en lugar de empeñarte en pagarla?
—Grrr… ¡No es asunto tuyo, pequeño entrometido!
—Lo he encontrado. Así que sí es asunto mío.
—Grrr… Esa taberna es importante para mí. Es el único legado de mis viejos.
—Ah…
—Y además, si la revendiera hoy, ¡no me aportaría nada! En cambio, si termino de pagarla y la restauro, ¡podré invertir en algo que me haga feliz!
—¿Hay cosas que te hacen feliz? ¿A ti? ¡Ja, ja!
—Grrr… ¡Yo tengo corazón de pirata, niño! Cuando haya terminado de desplumar a los más insignificantes –no lo digo por ti, pequeño– grrr… ¡me daré a la buena vida en un velero!
—¡… y desplumarás a gente más rica!
—¡SÍÍÍÍ! —respondió el viejo cascarrabias con expresión maliciosa y la lengua colgando.— Sabes, pequeñajo… Llevan toda la vida friéndome a impuestos. Así que, cuando cambie el viento, inventaré impuestos todos los días para que los demás me paguen a mí. Y por fin podré darme la gran vida…

*****

Después, Waf pasará el resto del día rebuscando entre los escombros de la isla de Bolixo. Pronto habrá terminado de recorrer la isla y tendrá que remar hasta el siguiente atolón. De pronto, verá a lo lejos al pequeño zurcarák de tres palmos de altura cavando en el suelo. Esto le picará inevitablemente la curiosidad y sacará unos prismáticos del bolsillo para verle mejor. Efectivamente, el joven zurcarák estará usando una pala prestada:

Grrr… ¡Esa pala es mía!

Unos momentos más tarde, Félinor se mirará por encima del hombro y Waf se esconderá detrás del montículo de arena que usará como puesto de vigilancia. El pequeño arrojará dentro la sábana con sus cosas. Waf se quedará perplejo. ¿Estará enterrando su tesoro?

*****

Desde el huracán, Félinor habrá pasado la mayor parte de su tiempo buscando a sus padres. Habrá recogido objetos de todo tipo, vestigios de su mundo perdido, la prueba de que existió de verdad. Que no era fruto de su imaginación. No le habrá costado mucho juntar el botín para el viejo chucho. Félinor conocerá el islote como la palma de sus zarpas. ¿Tal vez, pensará, debería ampliar su zona de búsqueda? ¿Tal vez debería imaginarse lo peor? ¿Y si, seguirá pensando, se había quedado solo a partir de ahora?

*****

Aquella mañana, el joven zurca irá al campamento del uginak atraído por un aroma familiar. Los mangos estarán a remojo en leche de nozdekoko. Pero no habrá nadie para servirlos.

¿VIEJA ESCORIA?

Un pañuelo negro y una carta.

«Pequeño entrometido:

¡Por fin voy a dejarte en paz de una vez por todas! Me voy a la isla vecina. A pesar de todos tus defectos (no es tu culpa haber nacido minino), me fastidiaría que acabases mal. No sigas viviendo mucho más tiempo entre las ruinas de tu cabaña o te vas a volver loco. Así que te lo aviso… si quieres izar las velas, ¡¡zarpamos!! Solo tienes que ponerte este pañuelo de tymador y encontrarte conmigo en la playa de los cangrejos.

Wafael Volenski

P.D.: No te lo pienses demasiado, eres ya mucho más tymador de lo que crees.

Tal vez incluso pirata, ¿quién sabe?»

Félinor mirará la carta entre sus patas y luego la bandana. Respirará hondo.

Y tomará su decisión…