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¡Ey, ey, eyyyy! ¡Mira quién asoma el hocico! Queremos más, ¿eh? ¡Ja, ja! Las historias de los zurcaráks son como la leleche: ¡sensaciones puras! Cuando uno se ha mojado el morro, es difícil parar... Pues venga, vamos a girar la rueda. ¡Me renta, bro! ¿Has visto? ¡Hablo como un adolescente encarnado! Yyyyyy... ¡Oh! ¡Un peso pesado! Nomekop, el Crío. ¡Uno de los mayores bandidos jamás conocidos! Vamos a ver qué ha tramado esta vez el muy bribón...

La historia que voy a contar es la pura verdad archiverdadera. Ocurrió en 648, cuando Nomekop y sus compañeros de fechorías, Edass y Eratz, sembraban el terror en las llanuras de Cania. En aquella época, el musculoso yopuka, el ladino sacrógrito y nuestro amigo amante de las hojas de dizbi eran absolutamente inseparables. Ellos daban sus golpes los tres juntos o nada.

Bueno... o casi nada. Aquel día, Nomekop, el Crío, había decidido lanzarse en solitario, como se suele decir... La idea no les hizo ni pizca de gracia a sus dos cómplices, ¡y desde luego no iban a callárselo!

—¿Con que sí, eh? ¿¿Ahora actúas tú solo??
—Es por lo que me dijiste de Eratz, ¿verdad? Que no te gusta su mal carácter.

Eratz lanzó una mirada fulminante a Nomekop mientras este masticaba como si nada una generosa bola de hojas de dizbi, con la mejilla izquierda abultada.

—Dejadme en paz... —respondió después de escupir al suelo un amasijo verduzco y viscoso.
—¿Después de todo lo que hemos hecho juntos? ¿Vas en serio, tío? —se indignó Eratz.
—¡Precisamente por eso! ¡No tenemos por qué estar siempre pegados como lapas!

Eratz se puso de morros, como un niño grande. Esto hizo sonreír abiertamente a Edass, a pesar de estar igualmente decepcionado por no participar en el famoso golpe de Nomekop. Este hizo otra bola de hojas de dizbi y se la metió en la boca ayudándose de un golpecito con el dedo índice.

—Imaginemos que somos estrellas del bwork’n’roll. De un día para otro, uno deja el grupo para hacer un álbum en solitario. Eso no quiere decir que el concierto se haya acabado.

—¡Ja, ja, ja! ¡Lo que hay que oír! Tú estás flipando. ¿Te crees la leleche o qué?
—¡No estoy de acuerdo! ¿Recuerdas lo que prometimos en la tumba de Ghimgan? ¡En la vida y en la muerte! —añadió Eratz
—¡Ahhh, no me vengas con esas! No estás muerto, que yo sepa.
—Por dentro sí... Lo que nos estás haciendo duele, Nomekop.
—¡Déjate de tonterías! Este golpe es mío. Juré protegeros, no seros fiel hasta que la muerte nos separe... Así que podéis iros a tomar vientos, que yo tengo que tomar el aire, ¡se acabó!
—¿Y qué es ese golpe del siglo, si se puede saber? —preguntó Edass, curioso.
—¿Creéis que me chupo la pata? Si os lo digo, os adelantaréis a mí y os llevaréis toda la pasta. ¿Vais a dejar de tocarme los bigotes de una vez o...?
—Pff... déjalo, Edass. Quiere hacernos creer que ha encontrado un buen botín ¡pero para mí que no es más que una patraña!

Nomekop prefirió no entrar al trapo. Cuando Eratz empezaba, no tenía fin. Empezaba a conocerlo. Y además, aquel golpe lo quería para él y nadie más. Tenía derecho a una escapadita personal, ¿no? Y bueno, es que... el objeto del delito no era precisamente para presumir. En fin... al menos no cuando se es un bandido temido y famoso en todo el Mundo de los Doce.

Porque, detrás de su fachada dura de pelar, Nomekop era un niño grande. Las hojas de dizbi no eran lo único a lo que el minino estaba enganchado. También lo estaba a las Puerkazas Rosas. ¿Sabéis esos bizochitos rellenos de manteca de jalató y recubiertos de fresa? Una adicción de la que nunca había hablado a nadie. ¡Si se supiera! ¿El implacable bandido de Cania derrotado ante un bollito de abuela? Sería un golpe duro para su reputación. Nadie, ni siquiera Eratz ni Edass, podían enterarse...

Una vez al mes, los hermanos Rosa recorrían las tierras del Mundo de los Doce con sus contenedores llenos hasta los topes del bizcocho que los había convertido en los nuevos ricos más envidiados del momento. Hacía meses que Nomekop perfeccionaba su plan. Primera fase: echar el guante a la mercancía. Segunda fase: desviar el convoy. Fase final: crearse una buena reserva de Puerkazas Rosas para las largas tardes de invierno.

Según sus cálculos, los hermanos debían pasar a las 16:00 en punto. Nomekop no había elegido el lugar al azar: el desierto del Picahari, lejos de todas las miradas. No quería que nadie lo viera y descubriese su secretillo. Lo malo es que el zurcarák tendría que enfrentarse a uno de sus peores enemigos: el sol abrasador.

Agazapado a la sombra de uno de los pocos matorrales de la zona, Nomekop esperaba al acecho. El cargamento de Puerkazas Rosas debía llegar al desierto por la derecha. Lo precedían las plantas rodadoras, danzando su ballet lleno de ligereza.

Tras esperar unos minutos, el zurcarák vio una silueta entre las dunas. El convoy, formado por varios remolques unidos unos a otros, llegaba a toda velocidad. Impulsando la caravana, un tiro de cuatro dragopavos musculosos y jadeantes.

Sin pensárselo dos veces, Nomekop salió de su escondrijo, se tiró al suelo y echó a reptar, hundiendo las garras en la arena ardiente. El sol pegaba con tanta fuerza que las gotas de sudor le caían por la frente y acababan por empañarle la vista. Los granos de arena tampoco perdonaban, colándose por todas partes y cortándole como cristales. Estuvo a punto de rendirse varias veces. Pero el anhelo por el preciado tesoro se lo impedía. Cuando el convoy estaba a pocos kámetros de él, se espabiló, se levantó y, tras hacer un último esprint, dio un brinco con una agilidad casi grácil y se agarraró a la parte trasera del último remolque.

—¡Sí!

Por los pelos...

Las paredes del remolque también ardían al tacto. El zurcarák trepó rápidamente al techo y se agachó enseguida para no perder el equilibrio con las potentes ráfagas de arena. Ayudándose con los dientes, arrancó un trozo de tela de su túnica para rasgarlo de nuevo en dos tiras y enrollárselas en sus pobres patas doloridas. Por suerte, las almohadillas de sus patas traseras, muy maltratadas durante sus aventuras pasadas, no eran más que puro callo sin terminaciones nerviosas.

El Picahari se extendía a su alrededor. Infinito. Infinitamente temible. Nomekop siempre se había preguntado cómo sería morir de sed. Esta posibilidad le heló la sangre.

Reptar por el techo humeante del convoy era inviable. La finísima piel de su vientre no lo soportaría. El zurcarák decidió avanzar en cuclillas, como un sapo. No pudo evitar esbozar una sonrisa al imaginarse el aspecto grotesco que debía de tener.

El objeto del futuro delito estaba tan soloun remolque más allá, pero la caravana iba a mucha más velocidad de lo que había imaginado y cada movimiento que hacía le suponía un gran esfuerzo. La arena azotaba en oleadas. Con cada movimiento de las ruedas, una nubareda de granos de arena abrasadores y cortantes le saltaba a la cara. Nomekop se estaba subiendo el pañuelo del cuello para cubrirse la boca y la nariz cuando una ráfaga de viento más violenta que las otras le arrancó el turbante que le protegía la cabeza, la última barrera entre el zurcarák y el astro ardiente.

—¡NO!

Nomekop se incorporó y corrió tras él para intentar atraparlo. Error. Su equilibrio, ya precario debido a la velocidad del convoy y a la estrechez del techo del remolque, peligró aún más cuando los animales de tiro tomaron una curva repentina. Tambaleándose sobre la pata trasera derecha, Nomekop perdió del todo el equilibrio y se precipitó del techo. El zurcarák consiguió agarrarse al borde in extremis, quedando con el cuerpo suspendido en el vacío a merced de las sacudidas.

—¡Argh...! ¡MALDITO DESIERTO!

De pronto, Nomekop se dio cuenta de que tenía bajo las patas una ventana medio abierta. Estaba claro que no tendría fuerza suficiente para volver a subirse al techo. Así que decidió arriesgarse y deslizarse a través del tragaluz.

¡Conseguido!

Tras entrar con una voltereta, el minino se agazapó enseguida, al acecho. Por suerte, no había miaumiaus en la costa. Aquí debía de ser donde comían los hermanos Rosa. Los restos de un sándwich de dragopavo y unas botellas de Limo d’Grobe vacías parecían confirmar su teoría. En una de las mesas, Nomekop vio el envoltorio abierto y pegajoso de una Puerkaza Rosa. Lo agarró a toda prisa y, quitándose el pañuelo de la cara, inspiró a pleno pulmón.

—Ahhhhhmmmm... Ah, bizcocho generoso, con tu fragante relleno me colmarás una vez más...

De repente, un tintineo sacó a Nomekop de su estupor. Alguien se acercaba. Sin pensar, el zurcarák corrió a esconderse tras la barra. Hasta que no estuvo tras ella no se dio cuenta de que su escondrijo no era más recomendable...

—¿Qué quieres tomar, viejo sabueso?
—Lo mismo que tú, siempre y cuando me pongas suficiente hielo para olvidarme de este calor infernal... Por cierto, recuérdame que compruebe que el sistema de refrigeración sigue funcionando bien. Con este calor endemoniado, lo último que queremos es que estire la pata...
—Menos ladridos lastimosos, ¿eh? ¡Serás perro de mal agüero! ¡Llevas tres años con la misma cantinela! Las Puerkazas Rosas son el futuro, amigo mío. No olvides que a ellas le debes poder atiborrarte de pienso con la parienta todas las noches. Si quieres que sigamos amasando fortuna, solo hay una manera: venderlas en todos los rincones del Mundo de los Doce. Y por lo demás no te preocupes, está todo controlado. ¿Qué quieres que te diga? Las Puerkazas Rosas van a venderse como churros allá donde vayamos.
—¿Cómo que como churros? ¡¡Querrás decir como Puerkazas Rosas!! ¡¡Juas, juas, juas, juas, juaaaaaaas!!
—¡¡¡JA, JA, JA, JA, JAAAAA!!!

Los dos uginaks soltaron unas risotadas tan pastosas como sus bizcochos mientras se daban palmadas en el muslo, haciendo tambalearse la barra, contra la que estaban apoyados. De pronto, uno de ellos se puso a estornudar violentamente.  

—Espera un momento, hermano... Hay algo que me asquea el hocico...
—¿El qué? ¿Tu olor?
—¡Cállate, imbécil! Aquí hay un...
—¿Un qué, maldita sea?
—Un gato repugnante... Lo huelo... La última vez que estornudé así fue cuando me crucé con el desgraciado de Ush.

El uginak se echó la mano a la espalda y sacó de su funda un imponente sable. El ruido metálico hizo tragar saliva ruidosamente a Nomekop.

—¿No lo hueles? Es una mezcla de leleche y diz...

Acorralado, Nomekop decidió jugarse el todo por el todo. Saltó por encima de la barra y asestó una patada magistral a los dos uginaks en plena barriga. 

—...biii ¡Aaaaaarrrrghhhh!

Después de pasar a pisotones por encima de los dos hermanos, que se retorcían de dolor, el zurcarák salió disparado por el pasillo del convoy.

—¡Alto ahí o te convierto en comida para wauwaus!

Los dos sabuesos se incorporaron con dificultad y se lanzaron a perseguir al zurcarák. El remolque era un caos y el calor asfixiante. Nomekop esquivaba detritus de todo tipo cuando por fin vio una salida que conducía al exterior. Se lanzó a por ella. Cerrada.

Levantó la cabeza y reconoció el contorno de una abertura dibujándose en el techo.

—¡Quieto ahí! —le gritaron a coro los dos uginaks blandiendo sus sables.
—¡Podéis esperar sentados bebiendo leleche, viejos chuchos de pacotilla!

Apoyándose en la pared y con un golpe de talón contra el techo, el zurcarák tomó impulso y de un salto desapareció por la abertura hasta el techo exterior. Los dos hermanos lo siguieron rápidamente, pero él saltó sobre el acople que unía los dos remolques entre sí. Se bamboleaba como un navío en pleno mar Kantil. Nomekop estuvo a punto de caer varias veces y acabar triturado bajo los ejes del convoy, pero consiguió pegarse a la puerta del remolque siguiente, que también estaba cerrado...  

El bandido se fue sujetando como pudo para trepar de nuevo al techo, mientras los dos uginaks seguían pisándole los talones. La persecución continuó al aire libre, de nuevo bajo el sol de justicia.

Nomekop estaba al límite de sus fuerzas. La distancia que lo separaba de los uginaks se reducía cada vez más. Empezaba a plantearse lanzarse al vacío cuando, de repente, un graznido penetrante hizo retumbar el cielo: ¡un ave de presa! El volátil se abalanzó sobre él con sus gigantescas garras desplegadas. Con una voltereta de último momento el zurcarák se apartó de la trayectoria del carroñero, que viró hacia el primer uginak a la vista.

—¡Noooooo! ¡AAAAAAH...!

El grito del perro, atrapado entre las garras del ave, se perdió en la lejanía ante la mirada aturdida de su hermano.

—¡TÚ! ¡Ya verás cuando te pille!

El segundo uginak se lanzó aún con más furia a por Nomekop, que al echarse atrás esquivó por los pelos un excremento dejado por el pájaro. Su perseguidor no tuvo tanta suerte. El sabueso se resbaló con la plasta de heces y salió dispedido para desaparecer entre las dunas mientras de su boca salía como vomitado todo un torrente de insultos.

Nomekop paró en seco, se dio media vuelta y observó la escena que era, como poco, cómica: con medio cuerpo hundido en la arena, el uginak parecía desgañitarse en blasfemias que el zurcarák no conseguía discernir.

—¿Qué dices? ¡No te oigo! ¡Estoy pasando por un túnel! ¡Ja, ja, ja!

En ese mismo instante, el rostro del chucho cambió de expresión. Sus muecas coléricas se convirtieron en una sonrisa satisfecha y hasta un pelín sádica.

—¿Eh?

Nomekop se giró de golpe.

—¡Por todos los ovillos!

Se agachó justo a tiempo para pegarse contra el techo de la caravana, casi como si quisiera atravesarlo. Sobre su espalda, el zurcarák notó la roca rozarle el pelaje. Cuando el convoy salió por fin de lo que resultó ser precisamente un túnel, Nomekop soltó un profundo suspiro de alivio y se quedó inmóvil varios segundos, con los ojos cerrados, intentando recuperar la compostura. Después, levantó la cabeza nada más. Una sonrisa iluminó su cara enrojecida. Era aquí. A pocos kámetros de él, una abertura lo invitaba a descender dentro del remolque. Ya en las últimas, el minino sacó fuerzas de flaqueza para ponerse de pie y deslizarse por el hueco. La cámara estaba llena de Puerkazas Rosas, aunque él se había quedado en la superficie, hundido hasta el pecho, como si flotase en una piscina de bizcochitos

—Por fin nos encontramos... Venid a mí, mis pequeñas delicias...

El olor a fresa mezclado con el de almendra, tan típico de las Puerkazas Rosas, lo embriagó al instante. Su rostro era la viva imagen de la felicidad. El ruido de los envoltorios de papel de estraza era música para sus oídos. Anunciaba un suculento festín.

El zurcarák estaba en la gloria. Nadaba literalmente en la felicidad. Eh... bueno, y en puré de fresa, la verdad... ¡Horror! Nomekop se dio cuenta de que, entre sus movimientos de braza y el calor sofocante, las Puerkazas Rosas se estaban transformando poco a poco en una auténtica papilla de masa de bizcocho y salsa de fruta.

—No... ¡NO! ¡¡¡NOOOOO!!! ¡Las Puerkazas Rosas no! ¡¡LAS PUERKAZAS ROSAS NO!!

El uginak había acertado antes. No había duda de que el ingenioso sistema frigosteño que conservaba las Puerkazas Rosas refrigeradas se había estropeado. Que Nomekop hubiera ido a chapotear a la cámara no había ayudado. Era una masacre. De pronto se encontró sumergido en una mezcla viscosa y roja. Con el pelaje manchado, daba la inquietante impresión de estar cubierto de heridas.

—¡Puedo salvar una! ¡DEBO salvar una como sea!

La locura se apoderó de él. Nomekop se puso a rebuscar frenéticamente a la caza de una Puerkaza Rosa intacta. Pero nada. La poca esperanza que le quedaba se había ahogado en una amalgama de azúcar. El zurcarák tampoco tardaría en hundirse. A fuerza de moverse, los «cadáveres» de Puerkazas Rosas se lo estaban tragando vivo vivo. Se hundía como tirado por una mano invisible hacia una muerte segura...

Hasta que, de pronto, otra mano apareció por encima de su cabeza, tendida a través de la abertura que conducía al exterior. Y luego otra más. Debilitado y medio aturdido por los efluvios empalagosos de las Puerkazas Rosas, Nomekop no reconoció inmediatamente la gran pezuña rojiza ni la otra cubierta de cicatrices.

Las manos izaron al bandido semiinconsciente hacia la luz. Tirando de su cuerpo, lo depositaron sobre el techo de la caravana donde, entre las emanaciones de gas provocadas por el calor, Nomekop consiguió distinguir por fin dos siluetas conocidas. Mientras recuperaba el sentido poco a poco, reconoció a sus bienhechores.

En la vida y en la muerte... Es lo que dijimos, ¿no?

La voz de Eratz le parecía un espejismo. Pero no lo era.

—Eratz... Edass... Yo...
—¡Cállate, viejo loco! No malgastes fuerzas, te van a hacer falta para volver a Cania —le ordenó Edass.
—¡Volvemos a casa, amigo! — añadió Eratz.
—Pero es que... Las Puerkazas Rosas...
—¡Ta, ta, ta! ¡Chitón!

Eratz le puso algo a un centikámetro del hocico. Nomekop tenía la vista nublada. Aún así, logró distinguir un logotipo que le traía buenos recuerdos...

—Una Puerkaza Rosa... Has salvado una... ¿Verdad?

La emoción hizo que le temblara la voz y el zurcarák se deshizo en lágrimas de pronto.

—Hay que ver. Y yo que pensaba que tu vicio eran las hojas de dizbi... —comentó Eratz sorprendido.

Se cuenta que los dos bandidos cargaron con su amigo hasta la cabeza del convoy, donde tomaron las riendas de los dragopavos de tiro después de haberse «ocupado» del cochero. Se cuenta también que le prometieron a Nomekop guardar celosamente su inconfesable secreto. Ah, ehm... A propósito... Sobra decir que todo esto queda entre nosotros, ¿verdad?