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Uy, uy, uy... ¡Antes o después debía llegar este día, qué se le va hacer! Todo lo bueno llega a su fin. Pero venga, ¡menos caras de perro apaleado y más girar la rueda! ¡Y no se hable más! ¿Eh? Ah, sí, es verdad, soy yo quien la gira... ¡Bueno, bueno! ¡Es que me he emocionado! A girar... ¡OHH! Esto sí que es acabar a lo grande... Mi preferido... Seguro que lo has adivinado: ¡nuestro querido Kerubim Crepin será el encargado de bajar el telón!

La historia de hoy es verdad de principio a fin. ¡Os lo digo yo, que estaba presente! Y sí, habrá quien diga: «Bueeeeeno, pero es que tú SIEMPRE estás presente, bla, bla, bla...» Bien, lo primero, nada de tutearme (no hemos comido jalató del mismo plato, que yo sepa), y lo segundo, aquella vez tuve un papel, digamos... significativo.

Yo sacaría los pañuelos, porque la historia que estoy a punto de contar es lacrimógena como pocas. Tuvo lugar hace mucho tiempo. En aquella época, Keké aún tenía los colmillos de leleche y con él iba siempre su fiel amigo fiel Bashi. Lo que los unía: el gusto por la aventura. ¡Y por hacer tonterías de todo tipo!

Por entonces, mi Keké aún no había llevado a cabo la misión de las dos mañanas. ¿Te acuerdas? ¡Cuando intentó marcarse un farol conmigo con su increíble audacia! Yo no sabía que aún me quedaban muchas sorpresas por llevarme...

Aquella mañana, Kerubim se divertía haciendo rebotar piedras sobre el agua del puerto de Madrestam. La víspera había conseguido que un guijarro llegase hasta la otra orilla. Desgraciadamente, Bashi no había sido testigo de su hazaña. Así que estaba entrenándose para poder repetirla delante de su amigo. A Kerubim le encantaba fardar. Y también le gustaban los retos... Fueran los que fueran. Y costaran lo que costaran...

—¡Keké! ¡Keké!

Bashi llegó corriendo y sin aliento.

—¿Qué pasa, amigo mío? ¡Tranquilízate, que se te van a salir las branquias!
—Te... pff... Te... pff... Te gusta la aventura... pff... ¿ver... verdad?

Medio encorvado y con las manos sobre las rodillas, al pequeño tiburón le costaba recuperar el aliento. Estaba tan agitado como una pulguita de circo.

—¡Qué pregunta tan tonta! ¡Es como si yo te preguntara si te gustan los lotapes!
—¡Ahhh, sííí, me encantan! En fin. ¡Vengo a proponerte algo increíble! ¿Has oído hablar del monstruo del Croc Ness?
—Pues sí... ¡En el templo no se habla de otra cosa! Los sacerdotes no paran de darnos la lata con que es superhipermegapeligroso, que no se nos ocurra enfrentarnos a él y que si nos acercamos a los pantanos de Amakna nos enviarán a hacer trabajos forzados limpiando las letrinas de arena durante diez días.
—Puaj... ¡Qué asco! Ya, pues... ¡Yo sé dónde está! He oído a dos tipos hablando de eso cuando iba al mercado con mi padre.
—¡Genial! ¿¿Vamos??
Reusty, un joven zurcarák de más edad que Kerubim y profesor de Miaucinquillo en el templo, pasó por ahí en ese momento.

—Bueno, bueno... ¿Qué os traéis entre manos, novatillos? 
—¡Vamos a cargarnos al monstruo del Croc Ness! —pregonó Kerubim sin pensar.
—¿¿Qué?? ¡Estáis mal de la cabeza! ¿No habéis oído lo que dicen los sacerdotes?
—¡Ah, míralo! ¡Está muertito de miedo!
—Mide diez kámetros de alto y tiene una mandíbula tres veces más grande que la de un cocodrail, ¡no vais a salir vivos, tontos del bote! 
—Pff, ¡a mí no me da miedo! ¡Además, ya estoy listo! Casi he terminado mi aprendizaje —replicó orgulloso Kerubim.
—¿Listo? ¡Ni siquiera yo lo estoy! Ten cuidado, Keké, por querer ir demasiado rápido vas a salir trasquilado.

El joven zurca se encogió de hombros y puso los ojos en blanco.

—Vamos, Bashi, no hagas caso a ese cobardica... ¡La gloria nos espera! 
—¡Te vas a morir de rabia cuando nos veas en todos los periódicos!

—¡Ahí te doy la razón! ¡Será en la sección necrológica! — gritó Reusty a los dos amigos mientras se alejaban dándose aires.

Para muchos, el monstruo del Croc Ness es una leyenda. Son pocos los que pueden presumir de haber vislumbrado siquiera la punta de su cola. ¿Y por qué? Porque, por regla general, ¡acaban devorados vivos mucho antes de que puedan avisar a nadie! Imagina un lagarto tres veces más grande que un crujidor. Añádele unas fauces que no tienen nada que envidiar a las de Grozilla, con dos filas de colmillos afilados como cuchillos. Todo ello sostenido por dos gigantescos pies palmeados que te aplastan como a una tortita y rematado por una cola interminable que le garantiza un equilibrio a prueba de todo. Y eso por no hablar de su olor, solo de pensarlo se me sale el estómago por la boca...

Y así fue que nuestros amiguitos, decididos a enfrentarse a aquel monstruo infame y haciendo caso omiso de las advertencias de sus mayores , armados únicamente con la tapa metálica de un cubo de basura como escudo y una espada de aluminio y papel maché... Embriagados por la perspectiva de ser los próximos héroes de los que todos hablarían durante los siguientes diez años, se pasaron el día entero preparando un plan hasta el mínimo detalle, absolutamente convencidos de estar a la altura de la misión. Aquella tarde, tras haberse escapado, se encontraron en la linde de los pantanos de Amakna donde, aprovechando la última luz del día, pulieron los detalles de su expedición mientras se atiborraban de lotapes para darse fuerzas.

—Entonces, estamos de acuerdo: al oeste de la montaña de los koalaks giramos a la izquierda donde el árbol con forma de zollo, luego avanzamos un poco más al norte en los pantanos nauseabundos y...
—¡PAF! ¡Le damos un porrazo en la cabeza al monstruo y la gloria será nuestra! —exclamó Kerubim con júbilo.

Pero era de esperar... En cuanto se encontraron cara a cara con el monstruo, Kerubim y Bashi estuvieron a punto de acabar devorados. Aunque el destino de nuestros dos amigos parecía ineludible (directos al cementerio de Amakna), la suerte se puso de pronto de su parte. El Croc Ness tenía a Bashi suspendido por los aires rodeándolo con el extremo de su cola y, con las fauces de par en par, se disponía a engullirlo vivo mientras el tiburoncito se retorcía con todas sus fuerzas ante la mirada desamparada de Keké. Pero de repente, al zurcarák se le iluminó una bombilla.

—¡Tu escudo, Bashi! ¡Inclínalo hacia la izquierda! ¡Sííí! ¡Así! ¡Perfecto!

Colocado en la trayectoria de los últimos rayos de sol que desaparecían en el horizonte, el escudo improvisado de Bashi reflejó un haz de luz que deslumbró al monstruo y le impidió ver el golpe fatal que se avecinaba: un ataque hábilmente ejecutado (¿o perfectamente fortuito?) por Kerubim. El pequeño zurcarák lanzó su espada al aire y esta se clavó limpiamente en la cola del monstruo cortándola de un tajo: Bashi se zambulló en el pantano nauseabundo. 

Contra toda pronóstico, aquel día nuestros dos pequeños aventureros le dieron una buena paliza a nuestro querido Croc Ness. Aquel monstruo, tan temido en el Mundo de los Doce que algunos lo consideran una leyenda para contar historias de miedo, había acabado apaleado por dos muchachitos de apenas un kámetro de altura. ¿Cómo no presumir tras semejante victoria?

—¡Buah! ¿Has visto qué paliza le hemos dado? ¡Ja, ja, ja!
—¡Ya te digo! ¡Pan comido! ¡No sabía que tu espada fuese mágica, eh!
—Eh... Yo tampoco... —dijo Kerubim examinándola con aire intrigado.
—Eh... Bueno. ¡En cualquier caso, qué bien que no hicimos ni caso al gallina de Reusty!
—¡Y tanto!  ¡Los viejos no hacen más que prohibirnos hacer lo que queremos!

Cubiertos de barro y despidiendo un olor digno de los pies de un bwork después de un brakmaratón, Keké y Bashi se congratulaban y saboreaban su éxito con toda la despreocupación y la ingenuidad que caracteriza a los aprendices de su edad...

La noche había caído definitivamente y volver a casa habría sido demasiado arriesgado. Así pues, los dos amigos decidieron acampar en medio del bosque.

La luna era un círculo perfecto, llena. Desde lo alto del cielo, parecía querer iluminar como un foco a aquellos dos aventureros en ciernes... Tras recordar una decena de veces más todos los pormenores de su triunfo y con el ego inflado a más no poder, los dos pequeños acabaron durmiéndose. En ningún momento se preocuparon del pánico que podía reinar, en ese mismo instante, tanto en el templo zurcarák como entre los seres queridos de Bashi...
 

«¡SLUUURPS!»

Al alba del día siguiente, el pequeño tiburón se despertó refunfuñando bajo los lametazos de un boo. Abrió un ojo y pegó un brinco del susto.

—¡¡AAAAAAH!!
—¡Eh! ¡OHH! ¡Cálmate, Bashi! ¡Solo era un bebé de boo y se ha ido! Lo has espantado...
—¡No, qué horror!
—Pero a ver, ¡ya vale! ¿Se puede saber qué te pasa, amigo?
—Pero... ¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde está Keké?
—¿Te has vuelto loco del todo o qué, Bashi? ¡Yo soy Keké! ¿No me reconoces?

Con el semblante desfigurado por el terror, Bashi dio un paso atrás.

—Tienes una cara... Ni que hubieras visto un fantasma...
—Peor aún... Atch...
—¿Qué? ¿Cómo que «ach»? ¿Achús? ¿Qué bicho te ha picado?

Petrificado, el pequeño tiburón le dio su escudo a su amigo.

—Mí...Mírate, Keké...

El metal abollado y deslustrado le mostró a Kerubim un reflejo a la vez borroso y deforme. Aún así, lo que vieron sus ojos no dejaba lugar a dudas...

¡¡AAAAAAH!! ¡MI PELO! ¡¡MI PRECIOSO PELO!! ¿¡DÓNDE ESTÁ!?

El pequeño zurca lanzó una mirada suplicante a su amigo.

—Dime que es una pesadilla... ¡Todo menos esto!
—Pues... Creo que no... —Bashi señaló al suelo con un gesto de cabeza.

A su alrededor, había un montón de mechones de pelo blanco brillante desperdigados por la hierba húmeda del rocío. Para muchose zurcaráks, tener un pelaje sano era algo primordial. Para Kerubim, cuyo pelo tan denso como sedoso inspiraba admiración y respeto, era un verdadero motivo de orgullo. 

O al menos hasta ese momento... El pobre zurcarák bajó la mirada y se puso a gritar. No podía soportar mirar esa masacre. O sea que era verdad. ¡Se había quedado desnudo como una shin larva!

—¿Qué esss lo que me essstá passsando? ¡AH!

Al oír su voz, Kerubim abrió de par en par los ojos y se tapó corriendo la boca con las patas, horrorizado. ¡Y ahora además se ponía a cecear!

—No me lo creo... Te has transformado en...
—¡Esss imposssible! ¡NO! ¡ESSSO NO!
—¡ATCHAM!

Kerubim se toqueteó nerviosamente las mejillas con las almohadillas, luego se miró el torso y las patas traseras, y por último se contorsionó para descubrir su cola totalmente desnuda también. El aspecto y la textura de su piel le provocaron una mueca de asco en la cara.

—¿¿Qué esss todo esssto?? ¿¿Qué me essstá passsando, Bashi??
—¡Es horrible! ¡Estás feísimo!
—No voy a quedarme asssí para sssiempre, ¿¿verdad??
—A lo mejor vuelve a crecerte y... ¡A lo mejor has comido algo que no debías! Y... Y... ¡¡Aaargh, es que das mucho asco!!
—¡Ssseguro que esss por culpa de Reusssty! ¿Te acuerdasss de lo que me dijo? ¡Que iba a acabar trasquilado! ¡Eso es perder el pelo!
—¡AJÁ! ¡Es verdad! ¿Crees que te ha lanzado una maldición?
—¡Sssolo ha podido ssser él!

Kerubim estaba hecho polvo. Lo que le estaba pasando era absolutamente incomprensible. La víspera había subido a la categoría de héroe temerario y victorioso. Y ahora estaba viviendo un auténtico infierno digno de la fab'hugruta...

—¿Creesss que me voy a quedar asssí para sssiempre...?
—Espero que no, ¡das mucho miedo, Keké!
—¡Qué mala sssuerte! —se lamentó el pequeño zurca dejándose caer sobre la hierba desmoralizado.

Cuanto más pasaban las horas, más se parecía Kerubim rasgo por rasgo a su hermano Atcham. Bashi ni siquiera se atrevía a consolar a su amigo de tan repugnante que estaba. En una noche, el zurcarák se había dado de morros con todo lo que siempre había temido. Primero había perdido su magnífico pelaje, motivo de gran orgullo para él y de envidia para muchos. Empezando por el propio Atcham... Además, parecerse a su hermano también era una de sus peores pesadillas. Y por si era poco, Bashi, una de las personas más importantes para él, ahora también lo rechazaba... No se podía tener peor suerte...

De pronto se enfureció y descargó toda su ira sobre el que tenía más cerca: Bashi.

—¡Esssto esss culpa tuya! ¡Tú me obligassste a venir!
—¿Es una broma o qué? ¡Qué morro tienes! ¡Queríamos venir los dos!
—¡Sssi no hubierasss venido a decirme nada, yo nunca habría venido!
—¡Te estás pasando de la raya! ¡Por mí puedes comerte tu código de colegas!

Molesto, el pequeño tiburón se fue, dejando a su amigo solo.

Kerubim no entendía nada. ¿Qué había hecho para merecer eso? De pronto, se le ocurrió la idea de vivir unos días aislado en lo profundo del bosque. A lo mejor solo tenía que dejar pasar un tiempo para que el sortilegio desapareciera. ¡En algún momento tendría que aflojar el ovillo! Pero, ¿y si no era así? ¿Y si no le volvía a crecer ningún pelo? ¿Tendría que vivir eternamente con esa inssssssoportable forma de hablar? ¿¿Tendría que esconderse para siempre en las profundidades del bosque??

La perspectiva de no volver a ver a sus seres queridos le partió el corazón. No podía resignarse. Armándose de valor, decidió afrontar la realidad y regresar al templo para explicarles a los sacerdotes y a sus compañeros lo que había sucedido.

De camino, el pequeño zurca intentaba pasar inadvertido... Con la cara disimulada bajo una capucha improvisada con un trozo de tela vieja sacada de la basura, Keké solo consiguió atraer más la atención. Además de a las muuumuscas... El joven zurcarák se sentía agobiado con todas esas miradas posadas sobre él. Se autocompadecía de su suerte.

—¡Esto es muy injusssto...!

Entre la capucha, que reducía su campo visual, y el estar tan absorto en sus pensamientos, Kerubim acabó perdiéndose. La noche estaba a punto de echársele encima. Al comprender que tendría que dormir de nuevo a la intemperie, se buscó un rinconcito con hierba lo bastante densa para estar cómodo. Tumbado boca arriba, Kerumbin admiraba la bóveda celeste , que le ofrecía un espectáculo de lo más poético. Un ballet de nubes de formas a veces inesperadas. Como la de un jalató de dos cabezas o la de un gupin montando en trineo (con mucha imaginación, eso sí). O como esa otra, que se parecía muchísimo a un lotape. Instintivamente, Keké se giró hacia su amigo Bashi para enseñárselo. La soledad le encogió de nuevo el corazón.  

—Echo muchísssimo de menosss a todosss... —sollozaba.

Una ráfaga de viento dispersó de pronto las nubes y la tristeza de Kerubim. El cielo adquirió un color negro tan profundo como la ira que se apoderó a continuación del pequeño zurca.

—Pff... ¡O puede que cuando llegue al templo me rechacen todosss como Bashi! ¡Todo esssto esss culpa sssuya! ¡Sssi no me hubiera obligado a desssobedecer! ¡Sssi no me hubiera obligado a pelear contra el Croc Nessss, ssseguiría teniendo todo mi pelo! Y ahora misssmo estaría con misss amigosss...

  • —¡TA, TA, TA! ¿Qué es lo que oigo?

Kerubim se sobresaltó. A su alrededor, las tinieblas del bosque y la noche cerrada eran una sola. El silencio solo se interrumpía de vez en cuando por el ruido del viento acariciando las ramas de los majestuosos abráknidos.

—¡No está bien echar la culpa a los demás! Sí, Bashi tiene su parte de responsabilidad, pero tú también, jovencito mío...
—¿Quién anda ahí? Yo… ¡No veo a nadie!
—¡Junto al gupin, cabeza de chorlito!

Ahí estaba, lo había visto. O mejor dicho... ME había visto. Un grupo de nubes se había aglomerado para dibujar mi (gracioso) semblante.

—¡AH! ¡Zurcarák!
—¡En cumulonimbo y pelo! Y veo que el tuyo ha pasado a mejor vida... ¿Tienes alguna idea de por qué?
—¡Me han lanzado una essspantosssa maldición!
¿Ah sí? ¿Y por qué?
—Pues... Ehm… No lo sssé... ¡Me encantaría sssaberlo!
—Basta con preguntarlo. Mira con atención...

Otra ráfaga de viento barrió mi aparición y fue reemplazada por la de Kerubim. El auténtico esta vez.

Estupefacto, el pequeño zurca se dio cuenta de que se trataba de su reflejo en ese mismo momento. Si él se movía, la aparición hacía lo mismo. Se pasó la mano por el pelo para asegurarse de que no era un sueño. ¡No! Hundió las almohadillas en su amado y sedoso pelaje. En su rostro se dibujó enseguida una sonrisa.
 

—¿Qué ves?
—¡Veo a un zurcarák que ha recuperado su pelo! ¡OHH! ¡¡Y que ha dejado de cecear también!!  
—¿De verdad? Yo no.
—¿Hmm?
—Yo veo a un joven alumno inconsciente, incluso presuntuoso, que haría bien en plantearse algunas cosas...
—No entiendo...
—Escúchame bien, mi Keké. Soy yo el que te ha despojado de tu bonito pelaje. También soy yo quien te ha dado esa peculiar dicción. Y también soy yo quien ha hecho nacer en ti ese miedo de volver a sentirte rechazado, abandonado...
—Pero... ¿No ha sido Reusty...?
—Sí y no. Digamos que... me serví un poco de él para intentar disuadiros a ti y a Bashi de hacer una soberana tontería. Evidentemente, no funcionó...
Kerubim no daba crédito. No entendía nada.

—Después de la prevención, ¡tuve que pasar a la represión, mi Keké! No me dejaste alternativa. Tenía que darte una buena lección... ¡Así que te puse tus mayores miedos delante del hocico!
—Pero... ¿Por qué hacerme eso? ¡Es muy cruel!  
—¡Porque ayer tú me hiciste vivir a mí mi mayor miedo! ¿Y sabes cuál es?
—Eh... ¿oler a uginak mojado?

Kerubim se partía de la risa.

—Y encima no le falta el sentido del humor... No, mi Keké. Mi mayor miedo es perderte a ti...

Kerubim se quedó mudo.

—Al atacar al Croc Ness sin la menor experiencia te pusiste en peligro. No hiciste caso de las advertencias de tus mayores. Desafiaste las prohibiciones. ¡Fuiste egoísta al preferir hacer lo que te daba la gana convencido de que saldrías victorioso! ¿Sabes lo que habría pasado si yo no hubiera intervenido?

Kerubim sacudió la cabeza avergonzado.

—¡El monstruo te habría comido vivo!

Al pequeño zurca le dio un vuelco el corazón y se tapó la boca con las manos aterrado.

—Pero... ¿quieres decir que...?
—Que yo cambié tu destino. Digamos que... amañé un poco tu combate contra el Croc Ness... a mi manera. Normalmente los dioses no pueden intervenir para ayudar a sus discípulos. Y que seas mi hijo no lo cambia... Pero no podía permitir que tu inconsciencia supusiese tu perdición. Porque sé, en lo más profundo de mi ser, que aún tienes miles de logros por alcanzar...

Kerubim no sabía dónde meterse. Hasta ese momento no se había dado cuenta de la gravedad de sus actos. No había sido consciente del peligro que había corrido y de lo que ello implicaba. De pronto comprendió el sufrimiento que había infligido a su dios y se sintió invadido por un profundo sentimiento de culpa.

—Imaginarme tan solo un segundo sin ti a mi lado... Imaginar durante un instante el Mundo de los Doce sin tu presencia... Es simple y llanamente imposible, Kerubim.

Con un nudo en la garganta y los bigotes temblorosos, Keké se esforzaba por contener las lágrimas que se le acumulaban en los ojos.

—Ah, no... ¡Eso no! Si no, yo también me voy a echar a llorar... Y no puedo permitírmelo. ¿Alguna vez has visto llorar a un dios?

Kerubim agarró su tupida cola y se secó con ella las gotitas que hacían equilibrismos en sus bigotes.

—De ahora en adelante, ya sabes lo que se siente al vivir lo que uno más teme. Y ahora estarás en condiciones de reflexionar sobre las consecuencias de tus actos... Puedes enfadarte conmigo, pero esta experiencia te ha hecho madurar, mi Keké, estoy convencido. Dicho esto, no olvides otra cosa: ya no podré acudir en tu ayuda nunca más. Al salvarte esta vez, he gastado mi único comodín... Venga, ¡largo! Ve a buscar a todos los que están con el corazón en un puño por ti... Les he pedido a algunas hadas artificiales que te muestren el camino.

Con la cola entre las patas, Kerubim me dio la espalda y se alejó. No mentiré: en aquel momento, yo tenía el estómago hecho un nudo.

Al mirar a mi preferido desaparecer en la oscuridad, encogido, solo tenía un deseo: correr hasta él, abrazarlo con fuerza y decirle que no pasaba nada, que estaba todo perdonado y que, obviamente, aún me quedaban miles de comodines. Que podría usarlos uno tras otro para salvarlo. Que estaría dispuesto a arrancarme la cola o las garras una a una, o incluso a vender Zurcarák City por él. ¿Pero habría sido sensato confesarle todo eso? ¿Realmente habría sido lo mejor para él?

Seguramente parecerá que fui cruel... Pero, para mí, lo que hice aquel día fue probablemente el mayor acto de amor posible. Intenté disuadir a la carne de mi carne de lanzarse a aventuras demasiado peligrosas. Intenté protegerlo de los peligros del Mundo de los Doce. ¿Y funcionó? ¡Ja, ja, ja! Creo que todos sabemos la respuesta a esa pregunta...

Y es que, a lo largo de los años, Kerubim también me hizo aprender una bonita lección: no podemos retener para siempre a nuestrs seres queridos... Aquella desventura no frenó su pasión por asumir riesgos ni su amor por las sensaciones fuertes, pero al menos sirvió para que supiera una cosaa: que lo quiero más que a nada y con todo mi corazón...