FR EN DE ES IT PT

Hace unos años, el Mundo de los Doce fue invadido por una palabra surgida de la nada, casi como presagio de que eso mismo es lo que traería consigo. Incluso pronunciada en voz baja, la palabra «Selocalipsis» retumba como un trueno y, con solo oírla, provoca en algunos doceros un malestar indescriptible. A raíz de ello, surgió un nuevo grupo de curanderos, los sanadores del alma: los seloxorcistas. Representados en gran parte por anutrofs, muchos los consideran unos viles farsantes que han visto un filón de oro. Pero ¿y si se tratase realmente de salvadores que, efectivamente, adoran los kamas?

Pandala.

En la terraza de una taberna concurrida donde los clientes apenas cruzaban las miradas, una pareja de sexagenarios —una aniripsa esbelta y joven para su edad y un pandawa canoso y consumido, maltratado por los años— esperaban a alguien, creyéndose discretos tras sus gafas oscuras. Un trovador animaba el ambiente tocando con aire intrigante unas campanas tubulares.

—Esto me huele a estafa, Didina… —gruñó el viejo panda mientras lanzaba miradas hacia todas partes.

—¿Tienes otra idea, Cristóbal? —replicó la aniripsa sin apartar los ojos de la esquina de la calle.
—¡Todavía no ha hecho nada y ya pide dinero!
—Solamente pide que paguemos la comida. Es una persona de fe que obra en nombre del Bien. No nada en un mar de kamas…
—¡Yo tampoco, por todos los Doce!
—¡No hace falta que te jactes, por favor! Mira… ahí está.


Una silueta encapuchada con una pala a modo de bastón de peregrino dobló la esquina de la calle. Se lanzó a cruzar la calle sin ralentizar mientras las carretas a diestro y siniestro le pasaban rozando a toda prisa. O era consciente de todo y le protegía un aura mística o la capucha le impedía ver el peligro que estaba corriendo. Se dirigió sin vacilar hacia Didina y Cristóbal. La aniripsa no pudo evitar admirar el mango de madera finamente tallado de su pala, incrustado de pedrería y con una pieza plana de plata que refulgía. El individuo se retiró la capucha, desvelando a un anutrof calvo de cejas pobladas y prominentes. Su rostro era impenetrable. Cuando Didina se dispuso a hablar, el anutrof levantó la mano para detener a un camarero, que pareció quedar hipnotizado por ese simple gesto.
 

—¿Señorita? —interpeló.

—Soy chico.
—Eso da igual. ¿Estas personas han pedido ya?
—No, eh…
—¡Ta, ta! Apunta: un kuakuá agridulce, moskitos fritos, un bol de wamen, otro de pikarroz con su salsa nuoc ñam, un pastel gratinado de Brakmar y una Pandapils. No sé si ellos querrán pedir algo…
—Una… una ensalada de brotes de bambú —pidió Didina sin mucha convicción.
—Dos… —suspiró Cristóbal con desgana.

El camarero se alejó y el rostro del viejo docero se iluminó. Se sentó a la mesa con el matrimonio.

—Soy el padre Sido. ¿En qué puedo ayudarlos?

Didina se giró hacia su marido, que asintió con la cabeza con un gesto de resignación. La aniripsa se quitó las gafas de sol revelando sus ojos claros.
 

Creo que necesitamos un seloxorcista.

—Eso lo juzgaré yo, señora —respondió el hombre de fe—. Pero si es así, me dedicaré en cuerpo y alma a mi misión divina. ¿Puede pasarme la sal y la pimienta de la otra mesa, por favor?
—Tenga… mm… A ver… Somos Didina y Cristóbal Walastone y estamos a cargo de nuestra maravillosa nieta Megan en ausencia de su madre. Es una jovencita aniripsa cariñosa y responsable, siempre atenta, que nos colma de alegría con su dulzura…
—¡… y saca muy buenas notas en el colegio! —añadió Cristóbal.
—Estudia, hace los deberes sola, nos prepara infusiones curativas…
—¡… y también cocina muy bien!
—Pero últimamente…
—Sí, últimamente… —subrayó con tristeza el viejo pandawa—.
Algo ha cambiado…


El camarero volvió con una montaña de platos que fue posando uno a uno en la mesa hasta que no quedó ningún hueco. El padre Sido se frotó las manos.

—Señora, señor, sus brotes de bambú —anunció el camarero dejándoles sendos boles raquíticos en las rodillas.

Con los ojos húmedos y la barbilla temblorosa, Cristóbal comparaba su diminuta porción con el festín que estaba sobre la mesa. El padre Sido se sacó sus propios palillos de la manga y se lanzó a devorar los entrantes.

Ñam… Mmfff… Continúe, por favor (slurp), señora Walastone…

—Nuestra pequeña Megan se comporta de forma extraña desde que volvió de la isla de Grobe. Había ido a visitar a su madre, que dirige allí un estudio aniripsa de investigación especializado en algas y corales. Mi hija pasa varios meses al año allí con sus colaboradores, pero vive con nosotros el resto del tiempo. Megan suele ir a visitarla cuando se ausenta por periodos largos. Hasta ahora, nunca había supuesto ningún problema…
—No, nunca… —confirmó el panda canoso.
—¿Dónde se encuentra ese estudio exactamente?
—Me parece que está en un atolón al noreste de la isla de Grobe
—Hm…


El viejo docero sacó una libreta y se puso a escribir mientras aspiraba un largo fideo empapado en salsa.

Hmf… ¿A qué se refiere con que Megan se comporta de forma extraña?

—Se ha afeitado una parte de la cabeza…
—… se ha teñido el resto de negro y se ha hecho una especie de cresta…
—Se ha puesto a hacer musculación…
—… y se ha hecho un tatuaje desmesurado que dice: «¡La milicia mola!».
—Santo Dios… —reaccionó el padre Sido sin poder contenerse.
—Escupe, eructa, se tira pedos…
—… y se empeña en que no entendemos su arte…
—… cuadros de veleros en llamas sobre ríos de lava…
—… dibujos de flores marchitándose…
—… símbolos anarquistas en las paredes de su habitación…
—… y… y… —intentaba seguir Cristóbal conteniendo las lágrimas…— ¡urikornios y arcoiris tachados, pintarrajos sobre dibujos antiguos!
—¡… remplazados por criaturas demoniacas de ojos rojos y sonrisas burlonas bañándose en una neblina escarlata! Por favor, padre Sido —imploró Didina—, ¡sálvela!


Con la boca llena pero expresión concentrada, el anutrof llenaba las páginas de su libreta.

Ñam… Y cuando volvió… ¿Les dijo si había sucedido algo raro durante la visita?

—Nos dijo que había presenciado una especie de ceremonia oscura… —comenzó Didina.
—¡Tonterías! —resopló Cristóbal.
—¡Tenemos que contárselo todo! —insistió la aniripsa—. Nuestra pequeña Megan es curiosa. Dice que la atrajeron unos gemidos… Unos lamentos. Estaba paseando por una zona oscura que no conocía y siguió las voces hasta una especie de templo. Los cánticos se hacían más y más audibles al tiempo que una bruma rojiza lo invadía todo… Dice que le dio la impresión de adentrarse en un sueño… Luego, solo recuerda fragmentos…
—Criaturas malvadas en torno a un aventurero…
—Símbolos desconocidos…
—Gritos…
—Un chamán…
—… que se llamaba Pandekarras
—… ¡la señaló con el dedo!
—Y ella se fue corriendo.


El padre Sido devoraba los platos principales con la mano izquierda y escribía vigorosamente en su libreta con la derecha.

—¿Qué va a hacer? —se atrevió a preguntar Didina.

—¡Slurp! Hm… En los casos confirmados de posesión, maleficio o estado crítico de autosugestión que supongan un peligro para el individuo o para los demás, suelo llevar a cabo una intervención precisa y delicada que, hasta ahora, siempre ha dado buen resultado.
—¿Ah, sí? —se animó la aniripsa de ojos claros y cabello rubio.
—¡Sí!
—¿Y en qué consiste esa «intervención»? —preguntó Cristóbal.
—Sería demasiado complicado explicárselo en detalle puesto que se trata de técnicas quirúrgicas y meticulosas que son indescifrables a ojos de un neófito, pero en pocas palabras santifico mi pala encantada y le asesto un golpe al demonio.
—¿Qué quiere decir?
—¡Que le doy un buen porrazo con mi pala encantada!
—Pero… esa criatura demoniaca está dentro del cuerpo de mi nieta… —replicó preocupada Didina.
—Ella no sentirá nada. Es decir, cuando despierte. Esta operación, acompañada de alabanzas en el contexto de una ceremonia muy repetuosa, la sumirá enseguida en un sueño, digamos..., reparador.
—¿Nos está tomando el pelo? —se preguntó Cristóbal en voz alta.
—Ya he dicho que es demasiado «técnico» para los no iniciados. Pero en cualquier caso, su nieta no necesita un seloxorcismo.
—¿Ah, no?
—No está ni poseída ni es presa de un delirio psicótico. Al menos no lo bastante como parar justificar toda una ceremonia de desembrujo.
—Ah… —dejó escapar Cristóbal un poco decepcionado—. Pero ya que está aquí, ¿no cree que un golpecito con la pala le vendría bien? O sea… por si las moscas, para asegurarnos. ¡Es que la niña se ha convertido en un verdadero mal bicho!
—Pero no por causa de un demonio. ¿Cuántos años tiene su nieta?
—Dieciséis.


Al decir esto, la pareja se miró y comprendió lo que pasaba.

Oh, nooo…

—No se preocupen… Mi propio nieto pasó por eso, solo le duró seis meses. Aunque también tengo un sobrino al que le duró siete años… Sin duda el ritual de brujería que presenció Megan debió de dejarla muy afectada, pero ella no fue víctima del embrujo. Simplemente despertó algo en ella que la ha catapultado a un estado de transformación transitoria del que saldrá adulta.
—Espero que tenga razón, padre. Gracias por su análisis…
—¡Faltaría más! Gracias a ustedes por tan valiosa información. Había oído hablar de esos rituales, pero nunca se ha registrado ningún testimonio. ¿Podría entrevistarme con su nieta para oír su versión de lo ocurrido?
—¡Por supuesto que sí! —aseguró Didina.
—Tenga la pala cerca aún así, no acaba de convencerme su diagnóstico…
—¡Cristóbal!
—¿¡Qué pasa!?


Mientras Didina le cantaba las cuarenta a su marido y el padre Sido se limpiaba los dientes con un palillo, le venían un montón de preguntas a la cabeza. ¿Los demonios que surgieron al noreste de Grobe están relacionados con el Selocalipsis? ¿Son consecuencia del despertar de Pandala? Al intentar impedir una catástrofe, ¿al final no la habrán provocado los propios doceros? ¿Está condenado entonces el Mundo de los Doce? ¿Al camarero se le ha olvidado llevarle la salsa nuoc ñam que había pedido? Sea como fuere, en ese mismo momento el camarero puso tres pandagalletitas en la mesa recién despejada.

—¡Invita la casa!

El padre Sido no se resistió a terminar su cena con aquel dulce. Mientras saboreaba la galleta, desenrolló el mensaje providencial que se escondía en su interior:
 

Ya sabes la respuesta a tu pregunta.

Menos si eres un yopuka. En ese caso, la respuesta es «no, podrías morir».