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Aperdón, crujidor educado hasta la saciedad, había hecho algo que pocos habían osado antes que él. Por amor, se había lanzado voluntariament a las fauces de los devastadores convencido de que, cuando lo poseyeran, tendría sólidos argumentos (y músculos) para conquistar a su amada. El destino, en cambio, tenía otros planes...

El destino. Ahhh, el destino... A veces da la inquietante sensación de ensañarse con todas sus fuerzas contra una sola persona. Aperdón era claramente una de esas personas. Al final, su valentía y aguante no habían servido de nada. El crujidor había ido por su propio pie hasta el atolón de los poseídos con la profunda convicción de que los devastadores lo convertirían en una criatura prodigiosa.

Qué gran error...

Con el físico totalmente transformado, sí, pero con la voz inalterada, tan lánguida como siempre, Aperdón volvió a su cueva, dejando tras de sí el desprecio y las burlas de los suyos. Y especialmente de Rocalía...

—¡Por todos los kesitufos! ¡Qué ven mis ojos! ¡No han acabado contigo!

El ratón verde lo había estado esperando todo ese tiempo. Lo miraba con los ojos redondos como canicas, con un resto de queso pastoso en la comisura de los labios. Aperdón pasó a su lado sin dirigirle la mirada. Sin ni siquiera mediar palabra. El animalillo parecía desconcertado.

—¿Qué pasa? ¡OTRA VEZ con la misma cara larga! Has conseguido lo que querías, ¿no?

—¿Ah sí? ¿Tú crees?

El ratón se tapó la boca de golpe con las dos patitas.

No puede ser... ¡Pobrecito! Retiro lo dicho: ¡sí que han acabado contigo!

—Gracias por los ánimos...

—¿Qué vas a hacer ahora?

—¿Qué quieres que haga? Pues quedarme aquí, en lo profundo de mi cueva, compadeciéndome de mi suerte. Por lo visto, eso es lo que la vida ha querido para mí.

—Pff... ¡Déjate de tonterías! ¿Sabes qué creo yo? Que si ni siquiera un ritual de posesión de demonios te ha cambiado la voz, ¡eso es porque forma parte de tu naturaleza más profunda! ¡Como lo oyes, amigo mío! Los dioses han querido que fueras así y no de otra forma.

—¿Y entonces? ¿Qué se supone que tengo que hacer?

—Aceptarlo. Y punto. O mejor aún: ¡convertirlo en una fortaleza!

—Pff... Qué bobada.

En tu opinión, ¿cuántos crujidores hay tan educados como tú?

—¡Ninguno, espero! Porque no se lo deseo a nadie...

—Deja ya de lloriquear, ¿te importa? A más de uno le gustaría parecerse a ti, ¡créeme! Eres único, Aperdón. Antes eras... Bueno, a ver... No eras ninguna locura, vaya. Pero ahora estás genial y encima haces reír a la gente. ¡Eres la bomba! Deberías sacar provecho por ese lado, hazme caso... Ahora tengo que irme, amigo mío. Prométeme que pensarás lo que te he dicho...

Aperdón se encontró solo de nuevo. La cabeza le zumbaba. ¿Tendría razón el ratón? Lo que estaba claro es que había conseguido hacerle un lío en la cabeza... ¿Y si lo había enfocado todo mal desde el principio? ¿Y si lo que él consideraba como una carga era en realidad un tesoro?

El crujidor se levantó y salió de su cueva. Una suave brisa le acarició su piel pétrea, trayendo con ella el delicado aroma florido de las llanuras. Esas llanuras que lo habían acogido unos años antes. Esas llanuras que se habían convertido en su nuevo hogar. Esas llanuras que nunca acababa de decidirse a abandonar, por haberse enamorado de Rocalía. Pero hoy, sus posibilidades con la crujidora se habían desvanecido definitivamente. Ya no había nada que lo retuviera allí. Aperdón recorrió su guarida por última vez con la mirada húmeda, y emprendió el camino hacia su nuevo destino.

Durante varios meses, el crujidor probó más cosas de las que había hecho en sus primeros años de vida. Primero intentó fortalecer su voz con un logopeda yopuka que le prometió mil y un maravillas.

—Coleguilla, cada vez que pronuncies una palabra, ¡será como si al otro le cayera una avalancha de piedras en la jeta!

La experiencia, obviamente, no llegó a buen puerto. Después, entró en un equipo de lanzadores de mehnir en las Krozolimpiadas. Sus prestaciones recibían aclamaciones unánimes. Su voz no tanto... Después probó suerte en la guardia bontariana. Pero, cómo no, los altos cargos no querían arriesgarse a que los posibles agresores se echasen a reír en lugar de sentirse intimidados.

A pesar de todos sus esfuerzos, Aperdón no conseguía tener ninguna credibilidad. Era desesperante.

Cansado de probar cosas nuevas sin lograr labrarse ningún camino, el crujidor acabó por rendirse ante la evidencia: el ratón tenía razón, su destino era hacer reír y punto. Pues bien... ¡que así fuera! Un buen día fue a la Feria del Trool, donde se ofreció para montar un espectáculo. Cada noche, la bworka barbuda, el yopuka con cerebro, el dopeul de dos cabezas y otras aberraciones krósmicas representaban sus números en la carpa que tenían reservada. Se hacían llamar Extraños e Insólitos y eran las estrellas de espectáculos a cada cual más sórdido, pensados para satisfacer a los aventureros en busca de entretenimiento. Aperdón sacó por fin provecho de su suerte protagonizando un grotesco número en el que interpretaba a un culturista cantante de ópera con una voz tan débil como el zumbido de un moskito.  El éxito fue inmediato. El público lloraba pedruscos de la risa, se partía el pedernal hasta desencajársele la mandíbula. Por primera vez en su vida, Aperdón era dueño de su destino. O eso es lo que se obligaba a creer. Para no venirse abajo...

Los días pasaban, todos iguales que el anterior. Siempre el mismo ritual. En su angosta caseta, Aperdón se preparaba. Primero se ponía un enorme traje hecho de faldones, volantes y frufrús superpuestos absurdamente incómodos. Apuraba hasta el mínimo detalle para maquillarse como una crujidora, bajo una densa capa de pintalabios y colorete. Luego llegaba el momento fatídico. El momento de salir a escena. Siempre la misma angustia. Siempre la misma aprensión. Siempre el mismo deseo: acabar rápido para volver con sus compañeros y olvidar su triste suerte.

—Por los dioses, ¿¡has oído qué voz!? ¿Crees que es la suya verdad? ¡Qué humillante!

—¡Venga, sube el volumen, encanto! ¡Que no te oímos! ¡Juas, juas, juas, juas!

—Hay que estar muy desesperado para ridiculizarse de esa manera... ¡Pobre desgraciado!

Entre las carcajadas y los silbidos, Aperdón era el blanco de comentarios tan delicados como un uppercut en la mandíbula. Pero el crujidor aceptaba su suerte sin rechistar. Quedarse en las llanuras de Cania era inconcebible, al igual que regresar a la isla de Otomai: los suyos no lo habrían reconocido. No quería arriesgarse a sufrir otro rechazo. Aquí al menos se confundía con la masa y no era más que un «monstruo» entre otros monstruos.

 

Ahora tenía una nueva familia.
 

Hasta que hubo una noche... Una noche diferente a las demás, marcada para los anales. Aperdón la vio al fondo de la carpa, a la sombra de un gran roble que sostenía una parte de la estructura.

Era ella. Al menos, se le parecía muchísimo. Porque Aperdón sabía de sobra que no podía ser ella de verdad... Había algo que las diferenciaba. Una dulzura en la mirada que Rocalía no tenía. Y había algo más en su constitución que no conseguía distinguir de lejos.

Aquella «cita» fue la primera de una larga serie. Desde entonces, la crujidora no faltó a ninguna de las representaciones de Aperdón. Las presenciaba con una impasibilidad desconcertante, sin soltar una mínima risa, ni siquiera una sonrisa. En su lugar, el crujidor veía en su mirada algo absolutamente nuevo para él. Hasta donde podía recordar, nadie lo había mirado nunca así. ¿Era pena? No, no... Era algo más agradable... Con el tiempo, comprendió que era compasión. Un sentimiento que nunca había experimentado.

Aperdón se prometía a menudo que un día iría a hablar con ella. Pero siempre acababa desanimándose... Cuando supiera que esa era su verdadera voz, estaba seguro de que la crujidora reaccionaría como los demás: con asco y desprecio. Sin embargo, sentía que había algo más. ¿Por qué se quedaba así, en la sombra, mucho después de que la sala se hubiera vaciado?

—¿A qué esperas para ir a hablar con ella, pedazo de adoquín? —le decía Izahac, el chafer de huesos blandos.

—¿Para que me rechace como todo el mundo? No, gracias...

—Deja de hacerte el exquisito... ¡Es evidente que la chica está deseándolo!

—Puede que sí... Pero eso es porque no sabe que le espera una decepción. Y créeme, se la llevaría.

—Si es tu voz lo que te frena, ¿por qué no vuelves donde los devastadores?

—¿Cómo?

—Es obvio. Entre nosotros... No se lucieron contigo precisamente. ¿No has pensado que a lo mejor metieron la pata en tu ritual de posesión?

A Aperdón nunca le había pasado esa posibilidad por la cabeza. Pero ahora que lo pensaba... ¿cómo no se le había ocurrido antes? ¡Estaba claro! ¡Todo aquello solo podía ser producto de un burdo error! ¡El único resultado posible de ser poseído por los devastadores era convertirse en una bestia maléfica y temible! Aperdón notaba su corazón latir desbocado. Una llama de esperanza nació en él.
 

—¡Tienes razón, Izahac! ¡Ahora todo cobra sentido! ¡Voy a volver al atolón de los poseídos a reclamar lo que me deben!

—Eh... yo en tu luguar no lo haría... —dijo una vocecilla detrás de él.

Era Ang y Cheng, el dopeul de dos cabezas.

—¿Y eso por qué?

—¿Presentarte con la cara más dura que una roca ante unos demonios para decirles que han hecho mal su trabajo? ¿Lo dices en serio?

—¿De verdad crees que van a recibirte con té y pastitas? —añadió Cheng.

La emoción se vio instantáneamente barrida para dar paso a la preocupación... La duda era legítima, es cierto. A fin de cuentas, todavía no se sabía nada sobre esos nuevos demonios, excepto que eran más astutos que los atontados de los fab'huritus... Y quién sabe, quien dice más astutos tal vez diga también más sensibles a la crítica...

—Te van a hacer pedacitos, ¡no lo dudes!

—A lo mejor incluso te devuelven tu aspecto original, ¡premio doble!

—Y si quieren repetir el ritual, ¿quién te asegura que no acabes estirando la piedra?

—Pff, ¡pero es que además, si funciona, te quedarás sin espectáculo aquí!

¡No va a funcionar, haznos caso!

Francamente, Aperdón no se sentía especialmente apoyado por sus amigos.

—¡BASTA! ¡SILENCIO! Voy a ir. ¡Estoy harto de hacer el payaso aquí! He intentado convencerme de que no me afecta, pero no es verdad... ¿Y vosotros? ¿¿No estáis hartos de ser animales de feria?? ¿Nunca habéis pensado en dejar que os posean también? ¿De verdad pensáis pasaros el resto de vuestra vida aquí haciendo reír a esos aventureros monstruosos? Porque sí, ¡los monstruos son ELLOS!

Aperdón oyó un ruido sordo detrás de él. Se giró enseguida y vio la lona de la entrada de la carpa moverse al aire. Un poco más allá, a la sombra del gran roble, la crujidora había desaparecido. No sabía en qué momento se había ido pero esperaba que no hubiera oído nada...

—Agradezco que os preocupéis por mí, pero está decidido: voy a ir —se calmó el crujidor.

Salió de la carpa ante la mirada preocupada de sus compañeros y se marchó a su caseta. El corazón le latía a mil por hora. Los peligros de los que le advertían sus amigos eran reales, lo sabía. Pero, al igual que la primera vez, sabía que era la decisión correcta. Respiró profundamente, se quitó su ridículo atuendo estrafalario y apartó la cortina de hiedra que daba al exterior cuando de pronto...

A menos de un kámetro de él, ella. Nunca la había visto tan de cerca. Y siempre la había visto a la sombra. Lo primero que le llamó la atención fue la rojiza bola de lava que tenía en el hueco del codo. Evidentemente, ella también había pasado por su pequeño ritual. Luego, su mirada se detuvo ante otra cosa. Una tablilla de arcilla con unas inscripciones grabadas que la crujidora sostenía entre las manos. Eran unas manos sorprendentemente delicadas comparadas con el resto de su constitución. La crujidora levantó tímidamente el cartel hacia Aperdón, que alcanzó a leer estas palabras:

«Es hora de que te diga la verdad...»

Aperdón sintió el corazón palpitar con fuerza en el pecho mientras la crujidora retiraba la tablilla para desvelar otra detrás.

«Para mí, tu voz es perfecta...»

Aperdón estaba estupefacto. Una oleada de calor le recorrió el cuerpo hasta sonrojarle las mejillas.

«Y podría escucharte cantar durante horas, hasta...» desveló otro cartel.

A Aperdón le temblaban las piernas como gelatina. Pero cuando la crujidora se disponía a revelar la segunda parte del mensaje, se le cayeron todas las tablillas al suelo. Al agacharse para recogerlas al mismo tiempo, los dos chocaron las cabezas.

—¡AH...! ¡PERDÓN!

Una voz grave, casi cavernosa. Era como... «una avalancha de piedras en la jeta».  Aperdón se quedó sin aliento. Y comprendió al instante.

La crujidora soportaba la misma carga que él. La razón de su silencio no era otra que esa voz viril absolutamente discordante con su feminidad. Curiosa coincidencia: lo que parecía acomplejar más a la crujidora era precisamente lo que Aperdón más deseaba. Contra todo pronóstico, lo conquistó. Formaba parte integrante de ella, por la que estaba a punto de lanzarse a las fauces de los devastadores... ¡otra vez! Y le pareció preciosa.

No había duda de que Aperdón había encontrado por fin su voz...