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Cuando Yopuka pidió a Xelor que le confiara las riendas de Temporis, este le respondió «sigue soñando». El dios de la guerra no estaba muy acostumbrado a la ironía, así que decidió que esta nueva aventura tendría lugar, efectivamente, mientras dormía a pierna suelta. Sin considerar ni por un segundo todo lo que implicaría...

—¡Buuurrrp! Berp... ¡Amigos, vaya banquete!

El eructo resonó en la inmensa sala en la que tenía lugar el banquete. Sobre las mesas de madera en bruto, pioladoras otrora bien rechonchas y ahora medio devoradas, se confundían con los esqueletos de puerkazos. Los huesos desnudos que rellenaban los platos habían sido cuidadosamente limpiados, hasta tal punto que brillaban a la luz de las llamas que escapaban desde la imponente chimenea.

Yopuka había querido que esta sala de banquetes se creara a su imagen: sencilla, bruta y sin cursilerías. Una enorme alfombra roja, que no temía ni a las manchas de zumo de uva fermentado ni a las torpezas a la hora de servir el caldo de carne, cubría tres cuartos del suelo.

En el centro, tres mesas formaban una U. «¡U, de Victoria!», repetía sin cesar el dios, exclamación sobre la cual sus escasos discípulos capaces de citar el alfabeto entero evitaban comentar...

Aquí era donde los combatientes venían a reunir fuerzas antes de saltar al campo de combate.

Dominando la sala desde su trono, Yopuka se limpió la boca con la mano. Migas de pan y un trozo de patata aplastada habían caído presas en el masivo enredo que formaba su barba roja. De repente, golpeó firmemente la mesa con su puño, sobresaltando a sus discípulos, cuya digestión estaba a medias.

—Bueno. ¡Mis mozos! ¿Qué me decís de una peleíta, eh?

El Gultarminator, torneo para los más musculosos iniciado por el campeón de la guerra en persona, estaba a punto de comenzar. Antes de asistir, el dios tenía por costumbre llenarse el estómago y aconsejaba a los suyos que hiciesen lo mismo.

—¡Para mostrarle a nuestro contrincante lo que tenemos en el vientre, ¡antes hay que llenarlo hasta reventar!

Bien saciado, Yopuka acarició generosamente la piel de su panza completamente tensa. Se puso de pie como buenamente pudo, los excesos de la parrillada de jabalí pusieron en entredicho su equilibrio. De pronto, algo llamó su atención...

—¿Anda...?

Se movía, por debajo de su ropa... Para su estupefacción, su vientre empezó a hincharse. Primero fue de forma casi imperceptible, pero poco a poco se hizo más evidente. El dios, que no era de los que se dejaba impresionar con facilidad, no logró contener un grito de estupor bañado con pavor.

—Pero... ¿Pero qué...?

Alrededor de la mesa, los invitados lo miraban atónitos. Algunos se llevaron las manos a la boca y todos tenían los ojos como platos. Solo los más golosos siguieron festejando, sin quitarle los ojos de encima al dios, que seguía engordando a simple vista.

De repente, a causa de la presión, la túnica de Yopuka se desgarró y desveló lo que parecía una cáscara.

—¡Es un huevo! —exclamó un yopuka delgaducho sentado a un extremo de una de las mesas.

—Con qué historia que nos importa un huevo nos va a salir ahora... —susurró otra discípula al oído de su vecino, divertida.

—¡No es un huevo! ¡Es un dofus! —exclamó con más fuerza otro. 

—¡Ah, sí! Te recuerdo que un dofus es un huevo... —replicó el primer yopuka, molesto.

El dios no podía creer lo que estaba viendo. El dofus esmeralda, con su cáscara y su membrana, estaba ocupando el lugar en el que solía estar su abdomen. A su alrededor, los gritos de estupefacción se mezclaban con murmullos. Las miradas, a veces de admiración, otras de desconfianza, se dirigían todas hacia él.

Bruscamente, un pequeño «crac» rompió el silencio. El huevo empezó a quebrarse, muy lentamente... Pronto estuvo lleno de fisuras, de modo que la cáscara podía ceder en cualquier momento. Los guerreros se levantaron de un salto y retrocedieron todos al mismo tiempo.

Se oyó de nuevo un «crac» y apareció una fina mecha de pelo pelirrojo. Se asomó desde el interior del huevo como si de un animalito se tratara. Rápidamente, la siguió otra, y otra, y otra hasta que una masa capilar resplandeciente invadió la sala, elevando a Yopuka y a sus invitados, y arrastrándolos como si fuese un maremoto.

Los restos del banquete, los platos medio llenos y los esqueletos de jabalíes todavía humeantes también fueron arrastrados y acabaron en mitad de un verdadero mar pelirrojo hecho de nudos imposibles de desenredar. Pronto, la masa se volvió púrpura y llenó totalmente la sala, casi ahogando a sus ocupantes. Algunos mechones, como si fuesen tentáculos, se enrollaron alrededor de los fuertes gemelos y los vigorosos bíceps del dios, trabándolos. Yopuka, que hasta este momento se había quedado sin palabras ante esta escena tan improbable y desconcertante, pidió ayuda. Fue entonces cuando una voz femenina y familiar, llena de reproches, llegó hasta él.

—¡Vaya! El señor campeón de la guerra necesita ayuda...

—¿Hmm...?

—¿Y cree que yo no la he necesitado durante los 9 meses que he estado engordando?

—¿Cabotina...? ¡Es... es imposible! — susurró el dios, desconcertado.
 

—¿Imposible? Este garrulo parece haber olvidado dónde estamos...

—¿Dónde estamos? Ehm… Bueno... En la sala de banquetes, querida, qué...

«Querida...» ¡Sigue soñando!

Unos llantos agudos los interrumpieron de golpe.

—Vamos, ¡ve a cambiar a tu hijo!

Una mecha de pelo, más gruesa que las demás, se convirtió en tobogán y se paró frente a Yopuka. El dios percibió una pequeña forma rosa en la punta. Esta forma empezó a deslizarse hacia él. Cuanto más se acercaba, mejor podía distinguir sus rasgos para entender qué era. Estaba claro, era un recién nacido.

Gúltar... —murmuró el dios de nuevo.

Al terminar el descenso, el pequeño yopuka planeó un poco y aterrizó entre las manos de su padre, que parecían inmensas comparadas con él.

—¡Apresúrate! Es urgente... —gritó Cabotina.

Dividido entre la emoción que le provocaba ver a este pequeño ser al cual le tenía tanto aprecio y el asco de lo que claramente estaba manchándole las palmas de las manos, el dios procedió torpemente.  Desabrochó el pañal lleno hasta arriba de su hijo y retrocedió casi de inmediato, con la cara pálida. En lugar de las nalgas de Gúltar, la cabeza del vástago divino bajo la forma de Cornudo Mullo lo observaba fijamente. Abrió su enorme boca medio desdentada y dijo con voz gutural, casi metálica:

—Los dioses no tienen derecho a reproducirse entre ellos, ¿acaso lo habías olvidado? ¿ACASO LO HABÍAS OLVIDADOOOO?

Un silbido parecido al de una tetera al fuego crepitó. La cara de Cornudo Mullo se quebró y acabó explotando en el rostro del dios Yopuka, que quedó recubierto por una jalea verdosa y viscosa. Gúltar se echó a llorar a lágrima viva. El dios y sus invitados se taparon los oídos, ya que sus gritos eran insoportables.

—¡Para! ¡PARA YAAA! —gritó Yopuka.

De inmediato, las mechas de pelo se evaporaron entre una nube de polvo, dejando caer duramente al suelo a Yopuka y a sus discípulos.

Las grandes mesas y la imponente alfombra roja habían desaparecido. En su lugar, una arena rodeada de gradas en las que cientos de doceros gritaban y agitaban sus banderolas sobre las cuales se podían leer los nombres de valientes guerreros y guerreras intrépidos/as.

El Gultarminator estaba a punto de comenzar. Yopuka dirigió la mirada hacia sus manos de golpe: el pequeño Gúltar ya no estaba ahí. Y él se encontraba en medio de la arena, aclamado por una multitud desatada. A menos que… No, no podía ser su nombre el que se oía desde las gradas.

¡Dark Vlad! ¡Dark Vlad! ¡Dark Vlad!

El «pasajero negro» de Gúltar se alzaba frente a Yopuka... Lo que primero le llamó la atención fue su tamaño.  Dark Vlad era dos cabezas más alto que su maestro.

—Gúltar siempre ha sido tu preferido, ¿verdad? —le dijo al dios, sin miramientos.

La cabellera resplandeciente del Yopuka se oscureció. Las llamas cayeron hasta sus rodillas para llegar a lamerle la cara a Yopuka, como si le estuviese propinando guantazos.

—¿Por qué no lo has llamado el Drakvladminator? ¿Eh...? ¡¿POR QUÉ?!

—Hmmm... ¿porque no mola?

Con estas palabras, Dark Vlad blandió su espada flameante e intentó cortar la cabeza del dios. Por suerte, otra mano, más gigantesca todavía, lo empujó en el último momento.

—Deja en paz a papito, ¿quieres?

Gúltar, adulto y más valiente que nunca, había venido a rescatar a su divino padre. Agarró con sus manos la espada de fuego que se cristalizó antes de estallar en una proyección de miles de pedacitos de cristal. A continuación, Dark Vlad se consumió delante de sus ojos profiriendo un potente grito desgarrador de dolor.

La multitud aclamó a Gúltar y a su padre, que se fundieron en un largo abrazo muy emotivo antes de saltar a las gradas. Rápidamente, fueron remplazados por una horda de aventureros/as con afán de destacar. El Gultarminator, el torneo más brutal del Mundo de los Doce, era para ellos la ocasión de ver cómo su reconocimiento alcanzaba las altas esferas del Inglorium.

Sentados uno al lado del otro en el suntuoso palco que dominaba la arena, padre e hijo se preparaban para saborear el espectáculo. Gúltar se volvió hacia Yopuka y le lanzó una mirada cómplice.

—¿Darkvladminator...? ¿Lo decía en serio? ¡Mujajajajajajajajajajaja!

Los dos se partían de risa mientras los ruidos metálicos de las espadas chocando resonaban ya por todo el campo de batalla.

Después de este episodio desconcertante, son varios/as los/as que han cambiado de opinión con respecto a Yopuka. Los y las que asistieron a la escena son testigos: ¡al final, parece ser que realmente pasan muchas cosas por la cabeza del dios de la guerra!