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Aquella mañana, y por primera vez desde hacía mucho tiempo, Filgud sonreía y canturreaba una canción de Badiz Mustabante mientras se preparaba para ir a la cantera de Astrub. Trabajaba en ella desde hacía varios años, pero aquello pronto sería historia…

—Qué temprano te has levantado hoy. Pareces de muy buen humor, cosita. ¿Quién es la afortunada? —preguntó San’Dra con aire juguetón.

Filgud la tomó por la cintura y le dio un cariñoso abrazo.

—¡Qué tonta eres, pulguita mía! Sabes de sobra que tú eres la única. Además, esta noche te lo demostraré una vez más…

Filgud le dio un pequeño cachete en el trasero y, después, se puso su uniforme de trabajo. Ella le dirigió una mirada con la que pretendía hacerse la ofendida.

—No pongas esa cara. No es lo que crees… Estoy hablando de esto.

Filgud se frotó el pulgar con el índice y, a pesar de ser un yopuka de los pies a la cabeza, puso la cara del más codicioso de los anutrofs.

La joven lo agarró por la cintura y lo miró, incrédula.

—Oh, no me lo vas a sacar con esos grandes y preciosos ojos de miaumiau de Angora. Ya te he contado demasiado. ¡Tendrás que esperar a esta noche! —exclamó riéndose. Pellizcó con cariño la mejilla de San’Dra, le besó la frente y salió de casa bajo la lluvia.

Filgud nunca había estado tan contento de ir a trabajar. San’Dra y él por fin podrían hacer ese viaje a la isla de Moon. Aquella noche volvería a casa con la alforja llena de oro y de piedras preciosas. ¡Justo el día de San Valentón! El día anterior, había encontrado un buen filón, que había disimulado apresuradamente antes de que los demás también lo vieran.

¡Un botín impresionante! Tan grande era que se preguntaba cómo podría llevárselo entero a casa. Aquello no había sido casualidad; los astros se habían alineado para que San’Dra y él pudiesen pasar el mejor día de los enamorados de la historia…

Dentro de la mina, Filgud no dejaba de mirar hacia atrás para asegurarse de que nadie le seguía. Prefería ser discreto… No era recomendable levantar sospechas entre los demás mineros. Nadie podía descubrir qué se traía entre manos. Sin embargo, se llevaba bien con sus compañeros de la mina. Sobre todo con Hendy, un docero de edad avanzada cuya compañía apreciaba. Admiraba su sabiduría y le tenía casi el mismo afecto que a un padre. A pesar de su estrecha relación, ambos sabían respetar la intimidad del otro. Hendy era un lobo solitario. Hablaba poco, pero cada vez que abría la boca, Filgud podía apreciar la exactitud y la pertinencia de lo que decía. Elegía cada palabra con suma precisión. El joven minero consideraba aquello una gran muestra de elegancia y delicadeza, dos virtudes que su naturaleza de yopuka probablemente le impediría conocer…

La inquebrantable confianza que tenía en Hendy le había llevado a compartir con él su secreto, y, por tanto, sus «fondos». Después de todo lo que el viejo le había enseñado, tenía esa deuda con él.

Filgud había llenado el camino de señales suficientemente discretas como para no ser descubiertas por nadie más. La mina estaba desierta. Casi había llegado al lugar, y desde donde se encontraba ya podía ver el montón de piedras que sobresalían del resto. Algo imperceptible para quien no estuviera al tanto de su descubrimiento…

Filgud dejó la mochila en el suelo y comenzó a levantar las piedras con tanto ahínco que parecía un perforatroz que estuviera excavando en la tierra. Jadeaba y se mordía la lengua, con prisas por encontrar su preciado tesoro. Una piedra, otra, otra más… Hasta que se acabaron. La tierra. Fría, húmeda… Su sonrisa desapareció. La evidencia era demasiado abrumadora para su cerebro de yopuka. Sin embargo… Una chispa de lucidez se encendió en su cerebro, duro como las rocas que lo rodeaban. ¿La evidencia? Que el tesoro había desaparecido.

Un nombre, solo un nombre le venía a la mente. Grabado a fuego: Hendy. Filgud sacudió la cabeza como si intentara deshacerse de aquella idea. ¡Era imposible! ¡Él no! ¡No, Hendy! Compartían tantas cosas… Había compartido con él tantos secretos… ¿Cómo? ¿Cómo había podido hacer una cosa así? ¿A él! ¡Había confiado ciegamente en Hendy! Aquello era una auténtica puñalada por la espalda…

Completamente furioso, lanzó una piedra contra la roca, que rebotó y le golpeó en su cabezota de yopuka. Todavía más furioso, comenzó a darle patadas a la pared. Algo cayó desde arriba y le golpeó nuevamente en la cabeza. Filgud alzó la vista y percibió una extraña mata de pelo encaramada a un pequeño saliente de la pared. La extraña criatura empezó a burlarse de él. A continuación, enseñó un gigantesco ojo central, y terminó desapareciendo a toda velocidad en la oscuridad de la mina

En un primer momento, Filgud creyó que el golpe le había hecho perder la cabeza. ¿Se lo había imaginado? Decidió asegurarse y confió en su instinto. No, no se había vuelto loco. En el suelo polvoriento había unas extrañas huellas parecidas a las de un pío, aunque mucho más grandes. Filgud avanzó con la cabeza agachada, guiado por la luz de la antorcha, cuando de pronto… Un piolet. Justo delante de él. Pero no era cualquier piolet. El mango en madera de acuacia y las iniciales que tenía grabadas no dejaban lugar a dudas. Era el de Hendy. Filgud sintió como la sangre se le helaba. Hendy le tenía muchísimo cariño a su piolet. Su mujer, Gloria, de quien siempre le hablaba, lo había comprado a su medida en el taller del mejor carpintero de Astrub, para que estuviera adaptado a sus manos gigantescas y rugosas.

Con la voz temblorosa, Filgud gritó el nombre su amigo. No hubo respuesta. ¿Qué le había pasado?

El corazón le latía tan fuerte que se le iba a salir del pecho. Tenía muy mal presentimiento… Su tesoro esfumado, aquella extraña criatura y, por último, la desaparición de Hendy. Aquello olía tan mal como una cagarruta de oniscíclopo en pleno desierto del Picahari.

Filgud siguió el «rastro». La galería desembocaba en otra algo más escarpada. Le invadió una ola de calor procedente de las entrañas de la tierra. Con las manos húmedas, estuvo a punto de caerse varias veces; pero, agarrándose a las rocas de la pared y a costa de algunos arañazos, llegó a una zona en la que nunca antes había estado. Unas formas gigantescas se elevaban frente a él. El terror lo paralizó. Ni siquiera se atrevía a pestañear ni a respirar profundamente, algo bastante difícil en aquel lugar, donde el aire empezaba a escasear.

 Al principio creyó que eran monstruos, pero, al ver que aquellas cosas permanecían inmóviles, las iluminó con la antorcha, con mucho cuidado. Por todo el lugar encontró diferentes montones de piezas perfectamente cúbicas y colocadas de forma casi artística. ¿Acaba de descubrir los vestigios de una lejana civilización? Tal vez… Independientemente de cuál fuera la respuesta, aquello daba un miedo imposible de explicar.

Una corriente de aire. La antorcha se apagó bruscamente. Y de nuevo aquella risa burlona… ¡Aquellas risas burlonas! Eran varias. De repente, una voz pidió socorro. Una voz familiar. «¡Por Yopuka! ¡Hendy!».