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Como decía Harry Stóteles, «el docero es un animal social». Le encanta pasar el rato con sus semejantes, ya sea compartiendo un juego cualquiera, una comida copiosa o una bebida bien fresca... o los tres a la vez. Y eso es precisamente lo que se ve normalmente, y más a menudo aún en los días de fiesta, en la tan apreciada taberna del Almejillón Achispado...

El zamparrón fluía a borbotones en la taberna del Almejillón Achispado aquella noche de la Fiesta del Ripata. Barbán el Bárbaro, Barbabieco y Barbespumón, tres de los clientes más fieles de la tasca, jugaban una tradicional partida de dardos, cuya diana estaba astutamente colocada cerca de la barra. Pero no solo eso... Los jóvenes «piratas» como se hacían llamar, de forma algo prematura en opinión de muchos, se abandonaban a menudo a lo que podría calificarse de «combate de egos». ¡Vía libre para ver quién había logrado la más increíble (o más grotesca) de las proezas! Aquella noche no era la excepción a la regla... Las anécdotas y demostraciones de chulería se sucedían sin parar.

—No lo he contado todavía pero... ¡Hace cinco lunas conseguí cierta hazaña...! —soltó Barbán el Bárbaro.

—Qué, ¿por fin te lavaste esos dientes picados que tienes? ¡Muajajajajaja!

—Sí, tú ríete, Barbabieco. Pero me sé de una a la que mis «dientes picados» no dejan indiferente...

—¿Dientinea? Pues vaya cosa, ¡la reina de los trithones sería capaz de tontear con un pellejo con peluca! —añadió Barbespumón.

Barbán hizo caso omiso del comentario de su amigo. Sacó un taburete de debajo de la barra, levantó la pierna derecha y la posó bruscamente sobre el asiento. Se remangó el pantalón a la altura de la pantorrilla.

—Hay que ver...

¡Qué peludo eres! ¿Puedo tocar?

Barbán le dio una bofetada decidida en la mano a Barbabieco. Las marcas de un mordisco en forma de semicírculo de unos buenos tres centikámetros de profundidad como poco se hundían en la carne de Barbán, curtida como cuero de deminobola.

—Está claro que la pesca de la bamga no es lo tuyo, Barbán —le chinchó Barbabieco.

—No, pero atrapar a un tritáceo con mis propias manos sí.

Sus dos amigos intercambiaron miradas y pusieron una mueca incrédula.

—¡Lo digo en serio! —se defendió Barbán —. El muy canalla estaba afilándose los dientes en el casco de mi barco. Así que lo agarré por la lucecilla esa que tiene y lo lancé por los aires. Cinco vueltas de tiovivo cortesía de la casa y, ¡hop!, ¡vuelo directo a freír huevos de bwak y sin escalas, por favor!

—Bueno... Digamos que nos lo creemos. Eso no supera la vez en que acabé con un ejército de pulprofundos en plena noche, en plena tempestad, en pleno mes de desiembro, en pleno...

—¿Sueño? ¡Muajajajaja! —le cortó Barbabieco.

Barbán y él se echaron a reír a carcajadas dándose frenéticas palmadas en el muslo.

—Eso, burlaos. Pero al menos yo sé nadar...

La pulla de Barbespumón estaba dirigida directamente a Barbabieco. El pirata, por lo general siempre de humor para burlas, se quedó helado, con expresión repentinamente sombría.

—¡No te atreverás a sacarme ese tema! ¡Sabes que no estaba en plenas facultades, por todos los raúl mops! ¡Te recuerdo que yo he atravesado el Mar Rano a nado, so listo! ¡Desde la isla de Moon hasta la de Grobe y en solo tres días!

—¡Sí, claro! ¡Y yo construí los abismos de Sufokia! —respondió Barbán burlándose.

¡Pues yo le di una paliza a Le Chuko! —secundó Barbespumón.

Barbán y Barbabieco prorrumpieron de nuevo en grandes risotadas.

—No, pero... Que lo digo completamente en serio.

Los dos piratas se callaron de golpe. Barbabieco se mordía los labios para reprimir una sonrisilla. Barbán alzó la vista y soltó un suspiro de exasperación.

—Para el carro de vela, Barbespumón. ¿Le Chuko? ¿De verdad crees que nos lo vamos a tragar? —dijo irritado este último.

—¡Todavía no ha nacido la persona capaz de vencer al Capitán de la Perluca Negra, así que no nos vengas con tus historias de pacotilla!

—El único que le ha dado una lección es ese maldito macaco de Moon. ¡Y ni siquiera fue queriendo! —añadió Barbán.

—Pero estoy diciendo que yo...

—¿Y a su tripulación de esqueletos ambulantes también los has hecho fosfatina o qué? —interpeló Barbabieco.

—Ya verás, ahora nos dirá que ha adoptado a Papalike...

—Y que ha ganado a Le Chuko a un pulso. ¡A un pulso-garfio! ¡Muajajajaja!

Presa de un ataque de risa incontrolable, Barbán estuvo a punto de ahogarse con su zamparrón. Barbabieco besaba la punta de su dardo antes de lanzarlo, cosa que no evitó que fallase el tiro.

Barbespumón intentaba meter baza. En vano.

—Pues resulta que Le Chuko ya no tiene un garfio, tiene una mano de verdad que le cortó a un ladrón, so incultos. Y lo que quería decir es que...

—¡Ehh, deja de dártelas de enterado! ¿Y cómo se supone que lo venciste, si se puede saber? Venga, cuéntanoslo, me muero de curiosidad de sab...

Barbán, que estaba a punto de lanzar su dardo, no tuvo tiempo de acabar la frase. Notó como algo pasaba rozándole la cara a la altura de la sien, seguido de una ligera corriente de aire y un silbido. Frente a él, un sable aparecido de la nada cortó el aire y se clavó en pleno centro de la diana cubierta de los dardos de los tres amigos.

Paralizados de terror, Barbabieco y él no osaron darse la vuelta. Barbespumón, levemente apartado para recoger su vaso apoyado en la barra, contaba con una perspectiva que respondía a la pregunta que se estaban haciendo sus dos amigos: «¿Quién?» Una sonrisa llena de satisfacción, con un ligero toque de suficiencia, le iluminó la cara.

«MIRA POR DÓNDE.»

Una voz cavernosa, como salida de ultratumba, retumbó a sus espaldas. Enseguida le siguió una sombra gigantesca que parecía dispuesta a engullirlos de un bocado. Esa silueta, opulenta y fantasmal... Solo podía ser él.

Le Chuko en persona, acompañado de algunos de los miembros de su difunta tripulación, acababa de entrar en la sala. Un silencio de muerte inundó la taberna. Los clientes estaban petrificados, tanto que parecía una partida de un, dos, tres, al escondite inglés. Barbespumón se acercó a la diana para retirar la daga encajada. Después, se dirigió hacia Le Chuko ante la mirada atónita de todos los presentes. Le tendió el cuchillo al pirata con una sonrisilla maliciosa en la comisura del labio.

—¿Listo para la revancha, Capitán?

Después de haber sufrido el sortilegio activado accidentalmente por Moon a causa de una mísera partida de dardos de vudú, el pirata había tomado por costumbre, cada 19 de septango, echar una partida de dicho juego contra quien estuviera dispuesto. Aunque por ahora nunca había resultado victorioso en ninguna partida, incluida la que jugó contra Barbespumón, tampoco había especificado la suerte que le reservaría al futuro vencido...